Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

 Guerra Campos2. Este vacío en la raíz oscurece el segundo elemento de la «línea»: la predicación moral sobre el orden político, en uso de la libertad que a la Iglesia compete dentro del pluralismo social.

Durante años los católicos se desorientan por un déficit de predicación. Ante la agresión pública a valores morales hay un silencio de la «denuncia profética», tan urgida antes. Algunos teólogos postulan que la Iglesia suscriba, como valor supremo de la convivencia cívica, la ética del liberalismo permisivo, renunciando al monopolio de una predicación moral para todos (20). El mismo lenguaje episcopal está hecho a veces de hipótesis permisivas, como en el divorcio.

La desorientación crece con reiteradas incongruencias entre el juicio sobre el Sistema predicado en las declaraciones generales y el juicio implícito en las aplicaciones concretas. En aquéllas el Sistema se declara «conforme a la voluntad de Dios»; la clase política entiende que se acepta su idea del pluralismo, es decir, que la Iglesia estima moralmente lícita cualquier Ley dada según las reglas de la Constitución, aunque recuerde a los católicos que deben vivir según su propia moral. Pero en una serie de casos (aborto, educación, derechos matrimoniales, etc.), los Obispos rechazan de modo absoluto por razones morales ciertas Leyes, aun siendo conformes al sistema constitucional. El rechazo, pues, afecta al sistema. Sin embargo, no se enseña lo que en éste necesita reforma.

Se van multiplicando las denuncias de leyes y actos de gobierno, de la utilización de medios públicos como ariete contra la sociedad cristiana; se habla de una agresión sistemática tendente a demoler la tradición católica de España, se acusa a los partidos políticos de absorber la vida social estatalizándola. Con todo, se insiste en tratar todas las denuncias como «puntos aislados», diluyéndolas en generalizaciones complacientes y esperanzadas. Resultado: desorientación y sorpresa escandalizada en unos y otros, a) En los políticos y los apologistas del sistema permisivo, satisfechos con las generalizaciones, reacción violenta y descalificadora ante cada una de las denuncias particulares, como si la Jerarquía traicionase un compromiso. Chantaje: la Iglesia retrocede a los bandos, a la apetencia de poder, perjudica a la democracia, b) En los ciudadanos a quienes interesa el criterio católico, gran confusión, Muchos piensan que se repudian los efectos y se avalan las causas, y se preguntan si, mientras se bendice una simple abstracción, no se dejan indefensos en la realidad valores irrenunciables. Católicos sin número, en el trance de votar por un partido, no logran entender qué significa el consejo de «decidir en conciencia» (¿reflejo de una norma católica? ¿Mera autonomía subjetiva?) o qué tipo de «cooperación al mal» debe ser excluido absolutamente. Y ven cómo con votos cristianos se fabrican los pilares de una sociedad anticristiana.

Notas

  1. Cf. Alvarez Bolado, prólogo al libro de R. Díaz Salazar, Iglesia, Dictadura y Democracia, 1981; Matías García, Moral política en una sociedad pluralista, 1983, etc.