P. Alba

Alma de Cristo, santifícame. / Cuerpo de Cristo, sálvame. / Sangre de Cristo, embriágame. / Agua del costado de Cristo, purifícame. / Pasión de Cristo, confórtame. / ¡Oh buen Jesús! óyeme. / Dentro de tus llagas, escóndeme. / No permitas que me aparte de Ti. / Del maligno enemigo defiéndeme. / En la hora de mi muerte, llámame. / Y mándame ir a Ti, / para que con tus Santos te alabe, / por los siglos de los siglos. Amén.

Oración de
san Ignacio de Loyola

Tomad, Señor y recibid toda mi li­bertad, mi memoria, mi entendi­miento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos Señor, lo torno; todo es vues­tro: disponed a toda vuestra volun­tad. Dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta.

Oración a Cristo crucificado

Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado ante vuestra santí­sima presencia; os ruego con el ma­yor fervor imprimáis en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y propósito firmísimo de enmendarme, mientras que yo, con todo el amor y con toda la compa­sión de mi alma, voy considerando vuestras cinco llagas, teniendo pre­sente aquello que dijo de Vos, ¡oh buen Jesús! el Santo Profeta Da­vid:”Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos”.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria por las intenciones del Sumo Pontífice.

Oración a Cristo Rey

¡Oh Cristo Jesús! , yo os reco­nozco por Rey universal. Todo cuanto ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos. Renuevo mis promesas del Bautismo, renun­ciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y particularmente me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia. Corazón divino de Jesús, os ofrezco mis po­bres acciones para obtener que todos los corazones reconozcan vuestra sagrada realeza, y así se establezca en todo el universo el reino de vuestra paz. Así sea.

Oración a la
Santísima Virgen Ma­ría

Ma­ría, Virgen y Madre santísima, he recibido a tu Hijo, Jesucristo, a quien concebiste en tu seno inma­culado, diste a luz, alimentaste y arrullaste en tu regazo. Ahora vengo ante ti, con Él en mi Corazón, para pedirte humildemente que me en­señes a amarlo como tú lo amas y para que sepa ofrecerlo, como tú, al Padre eterno, por mis necesida­des y las de todo el mundo. Inter­cede por mí Madre llena de amor, para que obtenga yo el perdón de todos mis pecados, la gracia de servir a Cristo con mayor fidelidad, de ahora en adelante, y el don de la perseverancia final, para que pueda alabarlo en tu compañía, por los siglos de los siglos. Amén.

Aceptación de la muerte

Oh Señor Dios mío, acepto desde ahora, con toda mi voluntad, cual­quier género de muerte que Vos os dignéis enviarme, con todos los do­lores, penas y congojas que la acompañen.

Himno de los tres jóvenes

Para días más señalados

Bendecid al Señor, cantad su gloria / todas las obras de su mano excelsa / alabad su virtud, cantad su nombre / en la presente edad y en las eter­nas.

Alabad al Señor, ángeles santos, / que a su trono asistís con reveren­cia. / Bendecid al Señor, cielos hermosos, / con todo lo que abraza vuestra esfera.

Bendecid al Señor, todas las aguas, / que tenéis sobre el cielo residencia; / virtudes del Señor, bendecid todas / su soberana e invencible fuerza.

Bendecid al Señor, el sol y la luna / con brillantes destellos e influencia. / Bendecidle también con vuestras luces / brillantes y magníficas estrellas.

Bendecid al Señor, blancos rocí­os, / bendecidle también las lluvias fres­cas. / Bendecid al Señor todos los vientos, / que sois ministros de su Omnipoten­cia.

Bendecid al Señor, fuego y ca­lores, / que en el verano desecáis la tierra; / bendecid al Señor, fríos terribles / que el agua cuajan y la nieve hie­lan.

Bendecid al Señor, nieblas y es­carchas, / que de los montes coro­náis las cres­tas. / Bendecid al Señor, días y noches, / ya turbadas estéis o ya serenas.

Bendecid al Señor, en todos tiempos, / a todas horas, luces y tinieblas. / Bendecid al Señor, nubes opacas, / que al relámpago dais su luz fu­nesta.

Bendíganle, la tierra y sus espa­cios, / del Señor alabando sus grandezas, / y exaltando su nombre soberano / a todo lo que el hombre alcanzar pueda.

Bendecid al Señor, montes so­berbios / con los amenos cerros y florestas, / y todo lo que crece y se produce / como las flores, plantas y las hier­bas.

Bendecid al Señor, fuentes so­noras, / que nacéis entre flores y entre are­nas. / Bendecid al Señor, mares y ríos, / cuyas aguas las naves atraviesan.

Bendecid al Señor, cuanto en las aguas / vive, desde la ostra a la ballena. / Bendecid al Señor, todas las aves, / que voláis por los aires, tan ligeras.

Bendecid al Señor, todos los bru­tos, todos los animales y las fieras. / Bendecid al Señor, todos los hom­bres, / y alabad todos su bondad eterna.

Que a su Dios, Israel, tierno ben­diga, / cante su gloria, alabe su grandeza, / más allá de los siglos de los siglos / Y cuantos siglos no haya ni haber pueda.

Bendecid al Señor, sus sacerdo­tes, / bendecidle sus siervos con terneza; / bendecidle también, almas virtuo­sas / y los que humildes, con amor le ruegan.

Bendecidle, Ananías, Azarías / y Misael, que a todos los liberta. / Alabad todos y cantad su gloria / desde ahora a la vida sempiterna.

Bendigamos al Padre con el Hijo, / y al Amor de Ambos, Trinidad su­prema. / Celebremos la gloria del Dios solo, / Trino en persona, único en esencia.

Bendito eres, Señor, en lo más alto / de la sublime y celestial esfera. / Que sobre todo seas siempre amado / y que ensalzado por los siglos seas.

Oremos.

Oh Dios, que a los tres jóvenes mi­tigaste las llamas del fuego; con­cede propicio que no abrase a tus siervos la llama de los vicios.

Te suplicamos, Señor, que con santas inspiraciones prevengas nuestras acciones, y con tus auxilios las continúes, para que todas nues­tras oraciones y nuestras obras por Ti empiecen, y en Ti terminen.

Haz, Señor, que se apaguen en­teramente en nosotros las llamas de los vicios, Tú, que diste al bienaven­turado San Lorenzo fuerzas para hacerse superior al incendio de las llamas de su suplicio. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.