Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (6)

Felipe II, Rey de EspañaBendigamos a Dios por todo esto, pues en su gran misericordia ha querido, por nuevas maneras, llamar a los hombres, también en estos últimos tiempos, para que dejen de ser hijos de ira y así puedan ser conducidos a la esperanza viva y al conocimiento de su Hijo Jesucristo, Señor Nuestro.

Hemos conocido, además, por las conversaciones con el dicho Alfonso, los trabajos y afanes que Vos y los demás os tomasteis para erigir iglesias, amplificar el culto divino, educar a los indígenas, instituir escuelas, formar en la práctica de la virtud, designar magistrados, defender a los misioneros, proteger a los neófitos, y, finalmente, para estabilizar todas aquellas repúblicas, constituidas como si dijéramos por la unión de miembros y elementos del Nuevo y del Viejo Mundo.

De todo esto se colige, Venerable Hermano, Obispo de Manila, la utilidad de los trabajos que asumiste por la dignidad de la Iglesia; por ello se conoce, noble y excelente gobernador, tu piedad, manifestada por los egregios monumentos de las obras de tu prudente solicitud; por ello se prueba, clero y varones religiosos, amadísimos de Dios y míos, vuestras santas y celosas obras en la administración evangélica; por ello es alabada, insigne Senado y Magistrados, vuestra próvida vigilancia; por ello se encomia, nobles varones, la prestancia de vuestra virtud; por ello, egregios capitanes, se juzgan vuestros trabajos en la defensa de esta nueva Iglesia, dignos de toda alabanza; por ello, finalmente, hombres filipinos, que formáis ya una nueva prole tan grata a Dios, resplandece vuestra propensión para abrazar y reverenciar la verdadera fe

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 “Para terminar, os encomendamos vivamente en el Señor fidelidad y obediencia a nuestro carísimo hijo en Cristo Felipe, el Católico Rey de las Españas y de las Indias, vuestro Príncipe, a quien la Sede Apostólica entregó el cargo de su potestad y de su misión a fin de que procurara la salvación de esas naciones. La Iglesia sola, en efecto, si el Rey y sus ministros no hubieran tomado a su cargo tales trabajos, no lo habría podido realizar tan fácilmente. A ellos, al Rey y a los mencionados ministros, vosotros debéis mucho, y es de esperar que cada día les deberéis más, pues lo que el Rey Felipe procura ante todo alejar de todas esas regiones son los errores de la impía superstición que miserablemente las oscurecían, para que vosotros dirijáis vuestras obras y sirváis a Jesucristo Dios, a Quien él mismo sirve, y a Quien servir es reinar”.

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“El Dios bendito favorezca benignamente las pías obras que habéis comenzado para conseguir la salvación de las almas y la constitución del Estado, y a vosotros os conceda en esta vida copiosos bienes, y en la eterna la perpetua recompensa de los bienes celestiales.

Entre tanto, os impartimos la bendición apostólica, y pedimos al Señor para vosotros toda clase de prosperidades.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el 21 de marzo de 1592, primero de nuestro Pontificado”.

Clemente VIII, Papa