Padre Manuel Martínez Cano mCR.

descargaParticipamos en la Solemne Vigilia Extraordinaria de Cristo Rey, en el Templo Nacional Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús, del Tibidabo. Santa Misa presidida por el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, y unos veinte sacerdotes. Durante una hora, estuve oyendo confesiones.

La Iglesia estaba repleta de fieles. Muchos jóvenes y bastantes niños. Algunos de ellos, sentados en el suelo y apoyados en una columna, dormían plácidamente. Delante del confesionario, una joven madre, improvisó una cama con dos sillas para su hija. Jóvenes, mayores y niños despiertos, participaban con mucho fervor en la Santa Misa.

Terminadas las confesiones y, desde el confesionario di a dos niñas estampas del Niño Jesús. La más pequeña, de dos años, volvió, diez o doce veces al confesionario. Echaba su parlamento y se marchaba. En una ocasión puso en mi mano una medallita milagrosa, pero la cogió inmediatamente, con una pícara sonrisa.

A varios grupos de chicas, les pregunté: ¿Qué pasa esta noche en el Tibidabo que os habéis juntado las chicas más guapas de España? Sonreían. Y es verdad. Sus rostros reflejaban la pureza de sus almas. En los jóvenes y mayores se veía su serenidad, su piedad, su bondad. Los niños, angelicos del Cielo.

El señor cardenal, bajo palio con Cristo Eucaristía, salió a la explanada, desde donde bendijo a la ciudad de Barcelona. Volvimos al templo y un joven me dijo: “Padre, pase que vamos a cerrar la puerta”. Le pregunté si era hijo de tal matrimonio. Me dijo que sí. Sus padres me acogieron caritativamente en su casa hace unos cincuenta años.

En la Adoración Perpetua del Tibidabo, hay línea directa con el Cielo. Cristo está siempre acompañado por sus adoradores. De santos lugares como éste, salen muchas gracias para la conversión de los pecadores, sacar almas del purgatorio y gracias especiales ¡Viva Jesús Sacramentado! ¡Viva y de todos sea amado!

Volvimos a casa a las dos de la noche. A las siete de la mañana, tocan la campana para levantarnos. Hoy tenemos Cenáculo de oración y convivencia. Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

He cambiado de opinión. En lugar de explicar cómo se desarrolló nuestro Cenáculo, recordando las palabras del Obispo Don José Guerra Campos, os ofrezco unas citas de los Santos Padres. Nuestro obispo, decía que no se enseñaba, que no se predicaba la doctrina Social y Política de la Iglesia. Que había mucha ignorancia hasta en los eclesiásticos.

León XIII enseña que Cristo es “Rey y Señor de todo el Universo”.

Con las siguientes palabras que hacemos nuestras: “El poder de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que, por haber recibido el bautismo, pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga esclavizados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de tal manera que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano”.

San Pío X, en el documento que condena el movimiento “Le sillón”, abanderado de la democracia moderna, dice: “No se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos, no; la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo” (Notre charge apostolique, 11).

El Papa Pío XI comienza la encíclica “Quas Primas” haciendo: “dos claras afirmaciones: El mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque la inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y su santísima Ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado; y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador. Por esto, advertimos entonces que la paz de Cristo hay que buscarla en el reino de Cristo” (Quas Primas, nº 2).

Pío XII, al iniciar su pontificado, declaró: “Aprovechando de buena gana esta oportunidad, Nos queremos que el culto debido al Rey de reyes y al Señor de los señores sea como la plegaria introductoria a nuestro pontificado, cumpliendo así los deseos de mi predecesor” (Summi Pontificatus, 2).

La doctrina de la realeza de Cristo está muy presente en los documentos del Concilio Vaticano II: “La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo a Cristo” (Apostolicam actuositantem, 2).

“… el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentativa de querer reconstruir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamento en que puede sostenerse”… “Sin embargo, la experiencia cotidiana, en medio de los desengaños más amargos y aun a veces entre formas sangrientas, sigue atestiguando lo que afirma el Libro inspirado: “Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los que la edifican” San Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra (217; 15-V-61).

En su primera homilía como Papa, San Juan Pablo II dijo: “Hermanos y hermanas, no tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad, ayudad al Papa y a todos los que quieran servir a Cristo. En nuestro conocimiento y, con la potestad de Cristo, servid al hombre y a la humanidad entera. No temáis. Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, tanto los sistemas económicos como los políticos, los campos extensos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. No temáis”.