Carlos González Flórez

Sagrada Familia - NavidadRecientemente leí algo sobre “Evangelio de la ternura” y lo primero que se me ocurrió al leer esa frase es que hay quienes se ponen tiernos con la muerte de un animal, pero son incapaces de amar a su prójimo. Por otra parte, hay mucha gente buena que sufre profundamente ante la pobreza material y el dolor ajeno, llegando a veces a sufrir un síndrome de extrema ternura que les hace confundir la verdad con sus sentimientos. En mi opinión, el Evangelio no se debe apellidar con palabras que puedan significar un aditivo más o menos dulce.

Para algunos, hablar de un Evangelio de la Ternura es como si el Evangelio fuese interpretable de forma exclusivamente sentimental. Nada más lejos de la verdad.

No digo que el Evangelio no implique ternura, pues de hecho Jesús nos enseñó a rezar llamando Padre a Dios, pero también nos enseñó a llamar a otras cosas por su nombre, por ejemplo “sepulcros blanqueados” a los fariseos que olvidaban el precepto fundamental o “ladrones” a quienes utilizaban el templo para sus negocios. No hizo caricias a los mercaderes ni lisonjeó a los fariseos. Hablar de un Evangelio de ternura es algo que puede inducir a interpretaciones buenistas y eso no es bueno.

Buenistas son los que se niegan a ver un crimen en el aborto, o los que ven misericordia en ese descarte de ancianos y enfermos que es la eutanasia, o los que no reconocen los ataques a la infancia y a la familia desde la engañosa ideología de género, o los que llaman queridos hermanos masones a los que quieren cambiar la Doctrina de la Iglesia.

Amor es compartir lo mejor de nuestra vida. Amor es contribuir a la evangelización y a la cristianización de la sociedad, ayudando a los más necesitados a que superen situaciones de pobreza espiritual y material. Amor es, sobre todo, imitar a Cristo y eso es mucho más que ternura o cualquier otro sentimiento.

(El Pan de los Pobres)