En este año sacerdotal convocado por S.S. Benedicto XVI, continuamos publicando algunos testimonios en los que queda de manifiesto el profundo amor de la M. María Félix por los sacerdotes.

“Gran amor por el sacerdocio”

Durante varios años he frecuentado la casa de la Compañía del Salvador en Aravaca, Madrid. En ese período de tiempo me encontré en varias ocasiones con la M. María Félix por los pasillos del “Rosalar” y siempre me transmitió una gran paz con sus palabras de ánimo en mi misión de ayuda a la Congregación Mariana. Su saludo siempre comenzaba con una sonrisa y un gesto de reverencia que denotaba su gran amor por el sacerdocio. De hecho, expresó en varias ocasiones esta veneración hablándome de la necesidad de pedir mucho por la santidad de los sacerdotes.

Nunca tuve la oportunidad de hablar con ella en una conversación prolongada. Sí recuerdo vivamente la formidable impresión que me dejaba su presencia en algunas Eucaristías. Vivía la Celebración con especial intensidad. Se notaba en su mirada y en sus gestos que permanecía muy atenta a cada palabra del ritual. Parecía en comunión con el Señor, ajena a cualquier distracción.

Siempre tuve la impresión de mi indignidad ante su figura que irradiaba una gran vida interior. Para mí fue un testimonio continuo de aceptación de la voluntad de Dios por las limitaciones de su salud y de amor profundo a Jesucristo manifestado en su trato exquisito.

No recuerdo datos concretos de las conversaciones esporádicas con ella. Me queda la impresión, que es más una certeza, de su vicia santa y de su entrega alegre a su misión. Después de su fallecimiento me he acordado en numerosas ocasiones de ella y su recuerdo ha sido fuente de ánimo y de esperanza. Incluso en vida, muchas veces pensé que ella hacía sencilla la santidad.

José Ramón Velasco Franco, 20 de junio de 2006

“No recuerdo haber  visto tanta fe en el sacerdocio de Jesucristo”

Las veces que visité el Rosalar, la Madre Félix salía a nuestro encuentro para saludarnos con una humildad admirable. Tomaba la mano de los sacerdotes, y con un respeto lleno de veneración mostraba interés por las ocupaciones apostólicas de estos sacerdotes, sin detenerse a contar sus propias ocupaciones y preocupaciones. Este primer aspecto de su personalidad me llamó poderosamente la atención: era una religiosa a la que el Señor había hecho pequeña y humilde. Era delicadísima en el trato y sumamente discreta: no llegaba la primera, ni tampoco necesariamente la última, aparecía por un pasillo, saludaba con modestia y afecto cordial, no se prodigaba en largas despedidas, y tenía siempre una sonrisa para tocios.

(…) Después de mi ordenación sacerdotal, fui un día a celebrar la Santa Misa al Rosalar. Tenía mucho que agradecerle a Dios, y quería también darles las gracias a las Madres de la Compañía por sus oraciones y atenciones en los años de Seminario. Aquella vez fui vestido con sotana. Aunque me daba mucha vergüenza aparecer así, ¡estaba tan ilusionado! Era el día de San Estanislao de Kostka. Como en ocasiones anteriores, la Madre Félix vino a saludarnos al salón del Rosalar. Nos vio, y creo recordar que se emocionó visiblemente… Aunque llevara sotana y hubiera sido ordenado, yo era el mismo jovenzuelo de unas semanas antes (eso pensaba yo). Pero ella tomó mis manos, y las besó con un cariño y una fe que saltaban a la vista de todos. Aquello me conmovió: no recuerdo haber visto tanta fe en el sacerdocio de Jesucristo como la de la Madre Félix. Aunque me he sentido muy querido por ella (no sé explicar muy bien por qué) aquel gesto no fue sólo de afecto personal: aquello era amor a la Iglesia y a sus ministros, era reconocer con humildad a Cristo sacerdote bajo aquella pobre apariencia (…). Ella siguió asintiendo con la cabeza, profundamente emocionada, como reafirmando certezas serenas que han forjado el ideal de su vida: El mundo necesita a Jesucristo, nuestra vida es para dar a conocer a Cristo, el sacerdote es alter Christus…

Manuel Vargas Cano de Santayana , 14 julio de 2006