Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (32)

Falanges de misioneros heroicos realizaron el ideal de la conquista, atrayendo a la luz de nuestra fe a millones de paganos

“La fe elevó—sobre los vestigios de la civilización precolombina—el espíritu misionero que—regenerándolos romanamente—transformó aquellos pueblos idólatras en devotos hijos de la Esposa de Cristo”.

(Pío XII, 27-X-1940.)

“La palabra cálida de los misioneros, su celo encendido y sus trazas divinas, su amor inexhausto a los pobres indios fueron, con la gracia, los que arrancaron al alma india de sus supersticiones horribles y la pusieron a los pies del Dios Crucificado”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

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Los Reyes CatólicosEn decenas de miles han sido calculados los apóstoles que durante más de trescientos años salieron constantemente de la península para llevar la luz de la fe al otro lado de los mares (216).

(216) Los Reyes Católicos tomaron pronto bajo su real cuidado el envío de misioneros al Nuevo Mundo, como muestran las instrucciones que dan a Colón antes de su tercer viaje: “Ítem, se debe procurar que vayan a las dichas Indita algunos religiosos y clérigos, buenas personas, para que allá administren los Santos Sacramentos a los que allá estarán y procuren de convertir a nuestra santa fe católica a los dichos indios naturales de las dichas Indias, y lleven para ello los aparejos y cosas que se requieran para el culto divino y para la administración de los sacramentos” (Carta al Almirante, Medina del Campo, 15 de junio de 1496. Raccolta colombina, parte II, vol. II, página 41).

Puede dar una idea de la magnitud de los contingentes de misioneros que cruzaron el Atlántico el dato que trae Montalbán: En sólo cuarenta y siete años, de 1535 a 1592, salieron de España con dirección a Indias más de 3.000 misioneros. Sólo a Filipinas fueron enviados, desde 1575 hasta 1897, es decir, en trescientos veinte años, 4.037 franciscanos. Cifras enormes que únicamente la España de entonces, profundamente cristiana y fecundísima en vocaciones, podía alcanzar.

Ya era sabido que, por término medio, sólo dos terceras partes de los valientes apóstoles llegaban a la meta de su peligroso y largo viaje. El resto se perdía en el camino. Naufragios, enfermedades contagiosas y otros percances truncaban en flor sus ansias misioneras.

Los que llegaban a la misión tenían que habérselas con penalidades y dificultades como las de cualquier misionero de hoy en tierras incultas y salvajes, pero triplicadas por la carencia de las apreciables facilidades técnicas que en nuestros días presta la civilización moderna a los obreros evangélicos. Casi sin libros, sin dinero, sin contacto con el resto del mundo; y, frente a ellos, todo un continente, poblado por mil razas diversas, dividido en diez mil tribus, de lenguas y costumbres multiformes. “Pacífico y heroico ejército de misioneros”; éste es el encomio que tributa el Vicario de Cristo a aquellos valientes apóstoles.

“Para Nos tendrá siempre la Nación que vuestra excelencia dignamente representa, el inolvidable rango de haber sido durante mucho tiempo como el cuartel general de un pacífico y heroico ejército de misioneros, que, en nombre de la Iglesia, mandaba a América la Madre España para dar al Nuevo Mundo descubierto, lo mejor y más divino que el viejo poseía: el mensaje de paz y de amor de Nuestro Redentor Jesucristo”.

(Discurso al nuevo ministro de Panamá ante la Santa Sede, 12-XI-1947.)