María con Jesús en brazos bajado de la CruzA propósito de la homosexualidad del cual observa Dom Meiattini: “En la primera lectura parece tratarse de un parágrafo en el fondo inocuo. Se habla de respeto de las personas homosexuales, de iniciativas pastorales para su integración. Es claro que nadie querría discriminar a estas personas ni tampoco faltarles el respeto. Pero lo que impacta, en estas frases, no es tanto lo que se dice, sino más bien el silencio. El silencio en tomo a la doctrina común y de siempre, según la cual la inclinación homosexual representa un desorden y secundarla un pecado. El silencio, como se ve, parece haberse convertido en un método para ablandar las conciencias y las inteligencias. Al callar se abre la puerta al olvido”.

Y llegamos a la cumbre del 21-24 de febrero de 2019, de la cual desaparece del todo no sólo la noción, sino también la palabra homosexualidad. Y a quien en conferencia de prensa pregunta el por qué, el cardenal Blase Cupich y el obispo Charles Scicluna -los dos mayores pilotos del evento por mandato del Papa- responden que la “homosexualidad” no tiene nada que ver con el abuso sexual”, a pesar de que la evidencia de los hechos dice lo contrario.

Atención. La palabra homosexualidad no aparece ni siquiera allí donde debería haber sido prácticamente inevitable, si no obligatorio, pronunciarla. Hay un pasaje, en la exposición más aplaudida de las nueve pronunciadas en el aula, en la que la hermana nigeriana Verónica Openibo detalla los “otros problemas referidos a la sexualidad”, además del problema del abuso contra menores que es el objeto de la cumbre. Este es el detalle: “el abuso de poder, el dinero, el clericalismo, la discriminación de género, el rol de las mujeres y de los laicos”. Punto. La homosexualidad no existe. Ha sido sustituida por su contrario, la discriminación de género, que implica la homofobia.

Este es un silencio -advierte Dom Meiattini-, que hace que ahora en varias partes del mundo haya “sacerdotes y obispos que reconocen en la práctica la convivencia homosexual, incluso la bendicen, auspician su reglamentación civil y evitan cuidadosamente llamarla por lo que es: un desorden moral, un pecado que requiere arrepentimiento, conversión y perdón”.