Suplica a la preciosa sangre de Cristo

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Asistimos con gran gozo y alegría a la primera Misa de Miguel Ángel. La Iglesia repleta de fieles y muchos quedaron fuera. Su madre, hermanas, sobrinos y familiares estaban radiantes de felicidad. El misacantano no podía estarlo más ¡Sacerdote de Cristo por toda la eternidad! Al besarle las manos le dije: ahora a trabajar por la salvación de las almas.

Fui uno de los que quedaron en la calle. Me aparté un poco de la puerta de entrada. Pasaron unos minutos y se me acercó un joven. Hablamos. Ya ha terminado su carrera universitaria. Me dice: “Padre puede usted confesarme”. Y confesó. Fue alumno de un profesor que fue alumno nuestro. Todos nos encontraremos en el Cielo. Por la gracia de Dios y la intercesión de la Virgen María.

Vamos a hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Después de cientos de kilómetros, paramos a las puertas de un bar, que tenía mesas y sillas en la calle. Comemos nuestros bocadillos. Pasan dos o tres minutos y sale del bar un buen hombre que muestra su asombro ante “tantos curas”. Se sienta junto a nosotros y empieza sus preguntas y sus alabanzas por vernos y poder hablar con nosotros. Es católico pero solo reza dos Padrenuestros cada día. Uno por su esposa y otro por su hijo.

Este buen hombre es camionero. Ha recorrido muchas veces Europa y el norte de África. Siempre que ve una Iglesia abierta entra y está unos minutos. El mayor disgusto de su vida fue cuando vio las cadenas que impedían entrar en una Iglesia en África.

Vuelve a casa cada quince días. Y se encuentra con su hijo que, desde la adolescencia empezó con los porros y ahora cosas peores. No quiere ir al psicólogo y vive como aislado. Por eso, reza más por él. Su santa mujer tiene mucha paciencia.

Nos dice que todo ha cambiado mucho. Antes había más alegría, más paz, más educación, más respeto. Ahora hay mucha gente mal educada, mala, que hacen muchas cosas malas, que antes no se hacían. Hay de todo. Los mejores camioneros son los polacos y son los mejores porque son católicos. Todos los camioneros los admiramos y queremos.

No reza por él mismo porque piensa que otros rezarán por él. Rezaremos por él. Y lo recordaremos, porque quiso hacerse una fotografía con nosotros.

Junto a las mesas, había distracciones para niños. Tres niñas subían y bajaban muy contentas. Las vigilaba su padre. Me acerqué y les regalé tres medallas de la Milagrosa. Muy felices, me dieron las gracias. Su padre les dijo: “Os compraré tres cadenitas para que os la pongáis en el cuello.