Cruz Eucarística

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

El apostolado activo para la salvación de las almas es absolutamente necesario en la iglesia. Jesús mandó a los Apóstoles por todo el mundo a predicar su doctrina. Y les dijo: “Quien creyere se salvará y el que no creyere se condenará”. El Señor ha querido que unamos nuestros esfuerzos para salvar a las almas en todo el mundo. Todos somos necesarios en el plan divino de la salvación de la humanidad.

Los seglares deben abrazar con toda generosidad una vida de santidad en los lugares donde viven. Cristo ha dicho: “Yo me santifico por ellos, para que ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17, 19). Ese es el camino a seguir de todos los bautizados, incluidos los monjes y las monjas: “Cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho (la salvación de las almas), pensad que no hacéis ni cumplís el fin para os juntó el Señor” (Santa Teresa de Jesús).

Cuanta más santa es un alma, más influjo sobrenatural ejerce en la Iglesia. La santidad está en hacer siempre la voluntad de Dios, en estar unidos a Dios. Nuestro Señor Jesucristo ejerció el apostolado exterior durante tres años. Siempre unido con la voluntad de su Padre celestial. Nosotros debemos imitarle en nuestro apostolado, siempre unidos a Dios. Sí, el alma de todo apostolado es la oración. Sólo quién vive íntimamente unido a Dios se convierte en un canal divino por el que se transite la gracia santificante.

La unión con Dios hecho hombre, nuestro Señor Jesucristo, es indispensable para cualquier apostolado. Por medio de la gracia santificante de los sacramentos, participamos de la vida divina que debemos transmitir a los hermanos. Sin vida interior el cristiano se condena al fracaso, a la infecundidad. Cristo nos dices: “Sin Mí no podéis hacer nada”. Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

Nuestro Señor Jesucristo culminó su vida con el sacrificio supremo de la Cruz. Para que nuestro apostolado de la salvación eterna de las almas sea fecundo es necesaria nuestra inmolación, nuestros sacrificios. Un corazón generoso es un corazón sacrificado por a amar a las almas. La vida del apóstol se ha de convertir en un continuo anhelo de la mayor gloria de Dios. Matar nuestro amor propio para amar a Dios sobre todas las cosas. Si el grano de trigo no muere no da fruto pero si muere, dará mucho fruto. A luchar pues, para destruir nuestras pasiones desordenadas, para tener un corazón grande que abarque toda la Iglesia. Humidad de corazón, caridad auténtica, entrega total.

¡Nos espera una vida de eterna felicidad!