Milagro cojo de Calanda

Por intercesión de Nuestra Señora del Pilar se le restituyó a Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda, una pierna que hacía dos años y cinco meses que se la habían cortado y enterrado en el cementerio del Hospital. Sucedió este portentoso milagro en dicha Villa, la noche del 29 de Marzo del año 1640.

Se trataba de la pierna de un joven labrador en la plenitud de sus 20 años (1.617-1.637). La fecha y lugar de la operación quirúrgica fue en el mes de Octubre, y concretamente en el suntuoso hospital de Nuestra Señora de Gracia, ubicado en lo que es ahora la plaza de España de la ciudad de Zaragoza. El lugar de la recuperación de la pierna amputada fue la pobre casita de los padres de Miguel Pellicer, sita en la ladera del castillo de Calanda, a 118 kilómetros de Zaragoza. Por otro lado es admirable la precisión con que conocemos la recuperación del miembro perdido (entre las diez y las once de la noche del 29 al 30 de Marzo de 1.640).

Virgen del Pilar con mantoProvisto el pobre mutilado, a su salida del hospital, de una tosca “pata de palo” y de una muleta, alternaba algunos trabajos fáciles con su asidua asistencia al Templo del Pilar, (primer Templo mariano del mundo), donde Miguel pedía habitualmente limosna y se encomendaba con fervor a Nuestra Señora del Pilar, ungiendo el muñón de su pierna con aceite que contenían las lámparas que ardían en honor de la Virgen.

Dos años y algunos meses después de la amputación en la segunda semana de Cuaresma de 1.640, realizó Miguel Juan su deseo de volver a la casa de sus padres, y para no agravar su pobreza salió varias veces a pedir limosna por los lugares circunvecinos; lo cual le sirvió para comer, pero también para que se divulgase más su enfermedad y hubiese más testigos oculares de la amputación de su pierna derecha. Testigos que con el tiempo confirmarían la realidad del milagro.

Efectivamente, el mencionado Jueves, 29 de marzo, lo pasó el buen mozo, ayudado por una hermana, en trasladar estiércol desde una era al corral de su casa. Pero al llegar la noche, Miguel se encuentra muy cansado. Se reúne junto a la lumbre con sus padres y unos vecinos. Allí se quita delante de ellos la pierna de palo, y los paños que lleva para acomodar sobre ellos la rodilla, y se retira a descansar al aposento de sus padres donde tenía su cama, un pobre camastro al pie de la cama matrimonial, por haber reservado su verdadera cama a un soldado que tenían alojado en su habitación.

Cuando se encontraba en el cuarto, y siendo entre las diez y once de la noche, entró también la madre a preparar su descanso y viendo que por debajo de la cubierta asomaban dos piernas salió desconcertada del dormitorio y fue a buscar a su marido…

Notó el padre al entrar un olor nuevo, no acostumbrado en aquel lugar, pero “¿Quién sino su hijo puede ser aquel joven profundamente dormido?”. Ningún desorden en la habitación, ni siquiera la ropa del camastro; pero fuera de la capa que hace de cubierta sobresalen los dos pies. Más de dos Credos costaron a los padres, entre gritos y meneos, despertar al durmiente.

Al fin, se inicia la reacción de Miguel Juan, el cual se da cuenta de la recuperación de su pierna. Pero no sabe cómo ha sido eso. Tan sólo recuerda que estaba soñando que se ungía el muñón de su herida en la capilla de la Virgen de Zaragoza. Ruega a sus padres que comprueben si se conservan en dicha pierna las antiguas cicatrices producidas por el mordisco de un perro; así es. Observan también, que la pierna está fría, parece más flaca y corta que la otra… No hay duda, se trata de la misma pierna que le cortaron en el hospital… Pero, ¿cómo se ha conservado, sin acabar de corromperse, la pierna que se enterró ya gangrenosa?; ¿De qué manera ha sido traída, desde más de cien kilómetros de distancia…?; ¿Cómo se ha verificado la implantación en el breve tiempo que ha durado el sueño del paciente?; ¿Cómo éste conserva normales sus funciones vitales en medio de mutaciones tan profundas…?.

…Una contestación bien sencilla aflora en las mentes de los padres y del hijo… y encuentra su expresión en muy pocas palabras, que surgen como un suspiro de inmensa e inmediata gratitud “!MILAGRO DE LA VIRGEN…!”. Tanto él como sus padres tuvieron por verdad que la Virgen Santísima del Pilar rogó a su Hijo Santísimo y Redentor nuestro, que por las oraciones que el mancebo hizo, le alcanzase de Dios nuestro Señor la misma pierna que estaba enterrada en el cementerio del hospital desde hacía dos años y cinco meses exactamente.

FUENTES TESTIMONIALES

Surge de esta manera inmediata la transmisión oral y popular del Milagro, que se ha conservado vivo hasta nuestros días y que cristalizó además en la construcción del Templo de Calanda, dedicado a la Virgen del Pilar y edificado, con el generoso trabajo del pueblo, sobre la pobre casa de los Pellicer.

La distancia de tres siglos y medio que nos separa del acontecimiento, ha servido para confirmar su solidez y grandeza e incluso para profundizar en la doctrina teológica del milagro: cuya importancia y dignidad no se han de medir tanto por lo maravilloso de su manifestación externa e inmediata, cuanto por su influjo sobrenatural y permanente: significativo de la voluntad salvadora de Dios y de su Amor a los hombres.

De todos los hechos se conocen datos y testimonios que verifican el milagro. Conocemos los datos esenciales relativos a la operación quirúrgica en Zaragoza, decidida y ejecutada por el famoso cirujano Dr. Juan Estanga, de cuya vida y defunción han quedado preciosos documentos. Asistieron también en la operación el Dr. Diego Millaruelo (cirujano perfectamente conocido) y el practicante D. Juan Lorenzo García, quién con otro compañero dio sepultura a la pierna (cortada “cuatro dedos” por debajo de la rodilla), en el cementerio del establecimiento.

Después del milagro se iniciaron las pruebas documentales escritas. Primero ante las autoridades de la villa y consignado en un acto público por el notario del pueblo de Mazaleón, documento que se conserva en una vitrina del despacho del Alcalde de Zaragoza. Pues aunque estos milagros normalmente no trascienden fuera de un reducido número de personas, en el milagro de Calanda quedó constancia del hecho irresistible para cualquier investigador. Se trata del llamado protocolo de Mazaleón, escrito a mano por el notario de esta localidad. D. Miguel Andreu, y en el que quedó reflejada toda la actividad de dicho año de 1640. De esta forma y entre una serie de asuntos diversos, aparece entre los folios 66 al 73, la reseña del milagro con todos los testigos registrados por el notario.

El cinco de Junio de 1.640, a instancias del Ayuntamiento de Zaragoza, se inició el proceso ante el Arzobispo D. Pedro Apaolaza, quien asesorado por teólogos y juristas, dictó sentencia el 27 de Abril, “Pronunciamos y declaramos que a M.J. Pellicer le ha sido restituida milagrosamente su pierna que antes le habían cortado”.

Por último aparecen una tercera serie de testimonios: Las declaraciones de los testigos. Y así en Junio de 1.640 se inicia un proceso que vuelve a corroborar el milagro y del que queda constancia en avisos y escritos. Concretamente el Jefe de la diplomacia española, Gaspar de Bracamonte, Conde de Peñaranda, hizo el siguiente juramento el 9 de Mayo de 1.648: “Juro santa y religiosamente haber visto con mis ojos al mencionado joven, haberle dado limosna, haber tocado su pierna y haber venerado en la potencia y misericordia de Dios. Fdo.: Gaspar de Bracamonte. Conde de Peñaranda”.

Nadie podrá negar la realidad sobrenatural del prodigio obrado por mediación de Nuestra Señora del Pilar en el joven Miguel Juan Pellicer.

Se conoce al cirujano que le amputó la pierna; a los padres del muchacho, y a otros muchos testigos que afirmaron haberle conocido sin pierna y que después se la vieron otra vez colocada y renacida en su cuerpo. Ya que durante dos años y cinco meses, después del accidente estuvo el joven Miguel a la puerta del Pilar donde fue visto por un número incalculable de personas que acuden diariamente a la Basílica y todos ellos pudieron testificar después, para la posteridad, haberle visto con las dos piernas.

En definitiva, se trata de un milagro realmente portentoso, perfectamente definido, deslindado de todo lo que pudiera dejar en la penumbra cualquier aspecto, que indujere a dudar de su realidad. Es, sin duda, una auténtica resurrección de la carne, que puede ser probada de modo incontrovertible hasta los más pequeños detalles.

Bendigamos a nuestra Madre del Cielo que desde su primera venida en carne mortal a Zaragoza, viene prodigando sus gracias y favores en todos los rincones de la tierra buscando la salvación de todos sus hijos.

¡Sea Dios por siempre bendito y alabado! Amén.