Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Espíritu Santo y MaríaDios nos ama desde la eternidad. Y porque nos ama nos dió la existencia temporal, la vida natural. Al bautizarnos nos dió la vida sobrenatural para que participemos de su eterna felicidad en el Cielo. Dios nos ha creado de la nada para ser felices eternamente.

Cuando nuestros primeros padres cometieron el pecado original. Dios, que los había creado por amor, quiso salvarnos con un acto de amor más grande. En el misterio de la Encarnación del Verbo. Dios se hizo niño en las purísimas entrañas de la Niña Hermosa de Nazaret. Así manifiesta el amor infinito de Dios. “En esto se manifestó el amor de Dios hacia nosotros: en que Dios envío al mundo a su Hijo unigénito, para que en Él tuviéramos vida”. Amor con amor se paga. Amemos a Dios con todas las fuerzas de nuestros corazones.

Dios es amor eterno y quiere que sus hijos participen de su amor eternamente. Por el pecado de nuestros primeros padres las puertas del Cielo quedaron cerradas. El género humano ya no podían gozar eternamente. Sí, Dios puede perdonarlo todo pero Su Santidad e infinita justicia exigían una satisfacción. No le podían satisfacer las obras de los hombres. Y la infinita misericordia de Dios hizo lo que nosotros no podíamos hacer. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hace hombre para reparar por todos los hombres.

En una pequeña aldea de Galilea, Nazaret, vivía una Niña llena de Gracia, Inmaculada. Es la elegida por Dios. Él se hace carne en sus purísimas entrañas. Fue la elegida para ser la Madre de Jesús, Dios y hombre verdadero. Toda la Santísima Trinidad obra la Encarnación. El Verbo de Dios se une a una naturaleza humana para redimir a toda la humanidad. La misericordia de Dios llega a su límite.

¡Dios mío qué grande eres! El Creador de todo el Universo se hace niño para que el hombre sea semejante a Dios. Santa Ángela de Foligno exclamaba: “Tú Señor, que me has dado a conocer la obra de la Encarnación ¡Qué gloria es para mí el saber esto y el ver que has nacido para mí! ¡Oh Dios maravilloso, que admirable son las cosas que por nosotros has hecho! Hazme digna, oh Dios increado, de conocer lo profundo de tu amor y el abismo de tu ardentísima caridad, la cual nos has comunicado al mostrarnos a Jesús en la Encarnación”.

Dios, la Santísima Trinidad es una sola naturaleza y tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Hijo tiene las mismas propiedades divinas que el Padre y el Espíritu Santo. Es eterno, omnipotente, infinito en sus perfecciones. El Hijo, el Verbo Encarnado, obra las mismas acciones divinas que el Padre y el Espíritu Santo que constituye la misma vida íntima de la Santísima Trinidad. “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba cabe Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1, 1). El Hijo de la Niña Hermosa de Nazaret Jesús, es Dios.

¡Bendita y alabada sea siempre María Santísima Madre de Dios!