Nuestra Señora de las Angustias

La imagen de Nuestra Señora de las Angustias, de María que abraza el cuerpo sin vida de Jesús, es un icono de la compasión. El cuerpo de Cristo, el cuerpo nacido de María, vuelve, después de la Cruz, al seno de su Madre. Nadie como Ella ha estado asociada de igual manera a la obra de la Redención; nadie como Ella ha contemplado con tanta profundidad la inmensidad del amor de Dios al hombre; un amor que llega hasta la muerte “y muerte de Cruz”.

En la Cruz del Señor se hace visible el “amor hasta el extremo”. Jesucristo nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida: “vivo de la fe en el Hijo de Dios – escribía san Pablo –, que me amó hasta entregarse por mí” (Gal 2, 20). Sí. Hasta entregarse por mí. El Señor no hace entrega de su vida por la humanidad en abstracto, sino por cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, con nuestra propia historia personal, con nuestros defectos y nuestras virtudes. El regazo de María, la Virgen de las Angustias, nos abraza también a cada uno, pues contiene el amor infinito de Dios por nosotros.

Esta ofrenda de sí mismo por amor, la realizó por anticipado Jesús durante la última cena: “Éste es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros”, “esta es mi sangre de la alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados”.

Profundizar en el misterio de la compasión de María, profundizar en el misterio del amor entregado de Jesucristo es profundizar en la Eucaristía, memorial de su sacrificio: “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1ª Cor 15, 28)”, explicaba el Papa Benedicto en Colonia, en el extraordinario encuentro que se celebró allí con los jóvenes del mundo.

La dinámica de la Eucaristía, del amor entregado de Jesucristo, es una dinámica de transformaciones. Son muchas las ideologías, los proyectos sociales, los planes políticos que han pretendido a lo largo de la historia, con mayor o menor fortuna, transformar al mundo y al hombre. Pero el verdadero cambio, la auténtica transformación, sólo será buena para el hombre y la sociedad si se inserta en este movimiento del amor de Cristo.

El Evangelio nos da la clave correcta: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. No es el egoísmo, no es la afirmación propia a costa del otro, el camino de la felicidad. El camino de la vida, de la auténtica realización, pasa por la entrega, por una entrega similar a la de Jesucristo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?”.

La Eucaristía nos capacita para vivir este seguimiento radical del Señor: Sólo abriéndonos al misterio de Dios y dejándonos transformar por Él, podremos convertir nuestra existencia en una ofrenda en favor de nuestros hermanos: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable”, nos dice san Pablo.

En la Eucaristía se realiza esta ofrenda. Unidos a Cristo, que es nuestra Cabeza, también nosotros nos convertimos en hostia viva, agradable a Dios. Nos unimos a la intercesión de Cristo ante el Padre en favor de todos los hombres. Gracias a la Eucaristía, nuestra vida, nuestras alabanzas, nuestros sufrimientos, nuestras oraciones y nuestros trabajos, se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo, un valor de redención.

“No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.

La transformación de la realidad que se realiza en la Eucaristía abarca la renovación de nuestra mente. No podemos aceptar cualquier cosa que se nos presenta. Vivir el seguimiento de Cristo exige discernir, para adaptar nuestros criterios a la voluntad de Dios.

Sin la participación en la Misa dominical, sin la escucha de la Palabra de Dios, sin la oración, este discernimiento resulta imposible. Hoy vemos como hay personas que se llaman cristianas y que, sin embargo, hacen alarde de concepciones de la vida, del matrimonio, de la familia, del trabajo que son abiertamente contrarias a la voluntad de Dios. No podemos pensar, simplemente, como piensan todos; no podemos hacer simplemente lo que hacen todos; no podemos guiarnos, simplemente, por los estilos de vida que se difunden a través de la televisión o de otros medios. No. Nuestro criterio es Jesucristo, porque Él cumple perfectamente la voluntad del Padre.

En la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Jesucristo, sacramento de nuestra fe, se nos da como alimento Aquel que es el Amor de los Amores, Cristo Redentor. A la ofrenda de Cristo se une María. Nuestra Señora de las Angustias nos acoge a cada uno de nosotros, uniéndonos a Jesús, para que también nuestros sufrimientos y nuestras preocupaciones se transformen en el gozo y la esperanza que brotan del amor compasivo de Dios, reflejado en su Santísima Madre.