Generalísimo Francisco Franco, Mons. José Guerra Campos, Obispos y personalidades

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Los que, sin culpa, desconocen a Dios, pueden salvarse con una religiosidad más o menos inconsciente; pero los que conocemos al Señor hemos de comunicarlo para bien de todos. San Pablo, en Atenas, no se conformó con registrar el hecho de que los atenienses adoraban a un Dios desconocido: se lo dio a conocer, revelándoles su íntima presencia, y la resurrección de Cristo (14).

La oscuridad de los que caminan a tientas incluye a veces la actitud positiva del que busca y se acerca. La oscuridad de los que se desentienden de buscar es negativa. La inhibición de los creyentes, cuando omiten proponer la luz, sería una regresión, una traición al Evangelio y a nuestros hermanos.

Por tanto, según la doctrina de la Iglesia, la buena fe está necesariamente orientada hacia la fe en Cristo, que nos habla en la Iglesia.

La Iglesia, según la voluntad salvadora del Señor, invita a los no creyentes a que abran su corazón al Evangelio (15).

No emitimos juicio sobre la culpa interior de nadie, porque “sólo Dios es juez y escrutador del corazón humano” (16), y todos estamos pendientes del juicio de Dios. Cuando nos dirigimos a los no creyentes, nos desnudamos de toda orgullosa seguridad. Nos lo advierte el Concilio: “No olviden todos los hijos de La Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que si no responden, con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” (17).

Es Cristo resucitado el que ha dicho: “Predicad el Evangelio a toda criatura: el que creyere y fuere bautizado, se salvará, más el que no creyere se condenará” (18). Lo ha dicho para todos: para todos es la vocación, para todos la esperanza, para todos la responsabilidad.

(19 de junio de 1972).

Notas:

(14) Ver Act. 17, 22-31.

(15) “Consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo” (GS., 21). “La Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el pueblo de Dios” (LG., 17).

(16) GS., 28.

(17) LG., 14.

(18) Me. 16, 15-16.