Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

 PARTE QUINTA

JUAN XXIII (1)

“Admirable actividad, en verdad, doctrinal y pastoral que asegura el nombre de Pío XII en la posteridad. Aun por encima de toda declaración oficial, que sería prematura, bien conviene a la memoria bendita del Pontífice de nuestra era afortunada el triple título de DOCTOR OPTIMO, LUZ DE LA SANTA IGLESIA, AMANTE DE LA DIVINA LEY”.

(Juan XXIII, Radiomensaje navideño, 23-XII-1959).

Habíamos pensado acabar con Pío XII esta recopilación de la doctrina pontificia sobre América, pero no resistimos al deseo de publicar unos hermosos textos del Papa Juan XXIII, que vienen a corroborar magníficamente la doctrina brillante de su predecesor Pío XII sobre la Hispanidad. Juan XXIII, pocos meses después de su elevación a la Silla Romana, proclamó la grandeza del mensaje doctrinal de su predecesor. El mismo no se apartará de la ruta trazada.

Los Papas cambian; la verdad y la luz permanecen siempre en el Faro Romano. Juan XXIII, al igual que Pío XII, ha proclamado, sobre todo, “la parte decisiva que Hispanoamérica puede tener en los destinos del mundo”.

Porque el Papa sabe que el bloque hispánico se distingue por la “adhesión de sus poblaciones a la fe católica”, y que en sus tierras brilla esplendorosa la devoción eucarística, y la devoción mariana, “que parece hacer de América la tierra de María”. Fe católica que, como antorcha potente, “desde los primeros tiempos ilumina su historia», gracias a la fidelidad misionera de las dos naciones ibéricas.

Y, cual vigilante pastor, Juan XXIII advierte una vez más a esos 160 millones de americanos de abolengo ibérico—unidos por la tierra, la sangre, la lengua, la tradición y la historia— que el “factor de más íntima y profunda unidad” en la Hispanidad es el “estandarte de la Cruz”. De ahí la importancia de que Hispanoamérica pelee sus batallas “animada de un espíritu y de propósitos dictados por la Verdad, que sola hace libres a los hombres y grandes a las naciones”.

“Afectuosísimamente solícitos (por Iberoamérica) hemos dicho; con solicitud particularísima. Quisiéramos insistir sobre estos superlativos, porque ellos responden a la realidad.

No podía ser de otra manera. El puesto, en efecto, que la América Latina y sus problemas tienen en la Iglesia, no pueden dejar de ocupar también el corazón de aquel que, por mandato divino, tiene la terrible, bien que dulce, responsabilidad de la Iglesia y de su suerte.

¿Cómo no recordar, a este propósito, que en las inmensas regiones del Continente americano, al sur del Río Grande, viven hoy en día más de ciento sesenta millones de católicos—la casi total población latinoamericana—, que constituyen poco menos de la tercera parte del mundo católico; que por la continuidad geográfica de las naciones en que habitan, por la unidad o semejanza de idioma, por la comunidad de sangre, de tradiciones, de historia, parecen realmente constituir un bloque compacto, sobre el cual resplandece—signo y factor de una más íntima y profunda unidad—el estandarte de la Cruz enarbolado allí desde hace siglos por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana?

Su número siempre creciente, su dicha solidez, unida al tradicional amor a la religión de sus antepasados, hacen del catolicismo latinoamericano un elemento de grandísimo peso para la vida de la Iglesia toda y de su suerte futura.

No es necesario decir la importancia que tiene a este respecto el que en América Latina, lejos de vacilar, resplandezca con luz siempre más viva la antorcha de la fe que desde los primeros tiempos ilumina su historia; que esta noble familia de naciones, la cual con admirable desarrollo demográfico, civil, cultural y económico, va siempre engrandeciéndose y parece estar impaciente en los umbrales de los destinos del mundo para tomar en él una parte decisiva, se presenta profundamente animada de un espíritu y de propósitos dictados por la Verdad, que sola hace libres a los hombres y grandes a las naciones”.

“Debe ser para vosotros verdaderamente confortador —como lo es para la Cabeza de la Iglesia—el considerar la adhesión de vuestras poblaciones a la fe católica: adhesión que ni las penosas vicisitudes nacionales, ni las asechanzas de doctrinas y de movimientos contrarios a las enseñanzas o a los derechos de la Iglesia, ni la violencia de las luchas o de las persecuciones, han conseguido debilitar.

Llenan el ánimo de santo gozo las grandiosas manifestaciones religiosas que de continuo se repiten en una u otra parte del Continente: Congresos Eucarísticos internacionales, nacionales, diocesanos; Congresos y peregrinaciones marianas: signo de aquella filial devoción a la Santísima Virgen que parece hacer de América la tierra de María; solemnes reuniones de Acción Católica y de otros benéficos movimientos del apostolado seglar.

¿Y cómo podría no alegrarse Nuestro corazón, al admirar el continuo desarrollo de la organización eclesiástica en vuestros países, la apertura de nuevos seminarios y de escuelas católicas, el fervor de las iniciativas en los más diversos campos del apostolado?

¡Cuán lejos de la verdad aparecen—a quien considera todas estas cosas—los que se preguntan asustados o con júbilo no disimulado: “La América Latina, ¿es aún un continente católico?”.

(JUAN XXIII, discurso a la Asamblea del Episcopado latinoamericano, reunida en Roma, 15-XI-1958.)