Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Los cristianos tenemos una patria celestial, donde viviremos eternamente felices. También tenemos una patria terrenal, regida y gobernada por el Estado. Somos ciudadanos de este mundo y del Cielo; súbditos de la Iglesia y del Estado.

La Iglesia y el Estado deben proceder armónicamente en sus respectivas actuaciones para el bien integral de los súbditos, especialmente en asuntos de competencia mixta eclesiástico-civil: educación de la juventud, legislación sobre el matrimonio, etc…

El Estado debe respetar la libertad y los derechos de la Iglesia como institución divina que es. También debe ayudarla con los medios propios del Estado, ya que la labor de la Iglesia es altamente beneficiosa para los ciudadanos y para el mismo Estado.

Todos los Estados tienen su ideología. Si no se basa en la doctrina de la verdad, será una doctrina del error. Es preciso que la Verdad que es Cristo, reine sobre los Estados, poniendo en práctica la Doctrina social de la Iglesia.

“En toda forma de gobierno los jefes de Estado deben poner totalmente la mirada en Dios, Supremo Gobernador del universo, y tomarlo como modelo y norma en el gobierno del Estado”. “El Poder ha de ejercitarse en provecho de los ciudadanos, porque la única razón legitimadora del Poder es, precisamente, averiguar el bienestar común”. “Tanto la Iglesia como el Estado son sociedades soberanas (perfectas) cada uno en su género, y el Papa establece la necesidad de que entre ambas exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre cuerpo y alma” (León XIII).

“El Estado moderno ha sido el más eficaz agente de descristianización y apostasía que se ha dado a lo largo de todos los siglos de la historia del mundo cristiano” (Eugenio Vegas).

“El republicanismo francés, un régimen caracterizado en 1881 cómo en 1793 por la guerra a Dios, al cristianismo y la Iglesia” (Monseñor Freppel).

“Los racionalistas, forjadores de un Estado político fundado en los que ellos pretendían principios puros de la razón, han introducido y perpetuado durante más de un siglo el desorden en los pueblos”. “En lugar de acudir a la experiencia del presente y del pasado, se apela a un idealismo desprovisto de toda realidad” (Eugenio Vegas).

“Estado católico, lo que incluye la doctrina del origen del poder que procede de Dios, el concepto cristiano de la libertad y de la igualdad, el principio del bien común, la sujeción de la política a la moral católica y en general la sumisión de la sociedad y del Estado a la Ley de Dios” (Estanislao Cantero).

“España es un pueblo de teólogos que proyecta su amplio y profundo saber en la cultura del mundo entero. Concebimos la vida, en buen sentido teológico, como una lucha permanente, sin mitigación ni asueto alguno” (Gabriel de Armas).

“… No se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la devolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo” (San Pío X, Carta sobre Le Sillon “Notre charge apostolique” I, 11).

“… El aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentativa de querer reconstruir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamento en que puede sostenerse… Sin embargo, la experiencia cotidiana, en medio de los desengaños más amargos y aun a veces entre formas sangrientas, sigue atestiguando lo que afirma el Libro inspirado: Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los que la edifican” (San Juan XXIII, Encíclica Mater Magistra 217; 15-V-61).