marcelino menendezMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

  1. b) El descubridor.

Fue Colón el primer historiador de sus viajes, y ¡ojalá se hubiese conservado cuanto escribió sobre ellos! Pero la fatalidad que parece haber perseguido los primitivos monumentos de la historia americana, nos ha privado de la mayor parte de ellos, y así ni poseemos más que en extracto, hecho por Fr. Bartolomé de Las Casas, el inestimable diario de su primera navegación; ni parece la carta que sobre ella escribió a Toscanelli, y que, por la condición del sujeto, debía ser más extensa que las dirigidas a Santángel y al Tesorero Rafael Sánchez, ni queda relación suya del segundo viaje, aunque Las Casas parece haberla tenido en su poder, y, finalmente, ha perecido, y esto es más doloroso que todo, aquella «escritura en forma de los comentarios de  Julio César», en que el Almirante había ido consignando día por día las ocurrencias de sus tres primeros viajes, según se infiere de carta suya al Papa en febrero de 1502, libro que aún existía en 1554, puesto que entonces se dió privilegio para imprimirle a su nieto, D. Luis Colón, el famoso polígamo, que, más cuidadoso de mujeres que de libros, no volvió a acordarse de tal privilegio y dejó perecer en el olvido aquel monumento de la gloria de su abuelo, contentándose con llevar a Italia y vender o facilitar a Alonso de Ulloa el manuscrito de las Historias de su tío D. Fernando.

Quedan reducidas, pues, las obras de «colón, prescindiendo de cartas familiares, memoriales y otros escritos breves de índole no literaria, a las, tres relaciones del primer viaje (que en rigor se reducen a dos) y a las del tercero y cuarto, con más el libro de Las profecías, que, en la parte que pertenece a Colón, nos inicia más que otro alguno en las intimidades de su alma. De los escritos puramente cosmográficos en que había recogido los indicios de tierras nuevas y las conjeturas que dedujo de la lección de los antiguos, queda algún rastro en los primeros capítulos de la biografía que escribió su hijo. Con tales materiales reconstruyó Humboldt lo que pudiéramos decir la historia literaria del Almirante, no menos que la historia de sus ideas científicas, trabajo apenas retocado después y que ocupa buena parte del Examen crítico de la Geografía del Nuevo Continente. Nadie como Humboldt ha acertado a encarecer el encanto poético de algunas páginas de Colón, el profundo sentimiento de la majestad de la naturaleza que animaba al gran navegante, la nobleza y sencillez de expresión con que describe aquel «viaje nuevo al nuevo cielo y mundo que fasta entonces estaba en occulto». Pondera Humboldt, y no se harta de ponderar, así en el libro citado como en el Cosmos, la energía y la gracia con que la vieja lengua castellana se presta a estas inauditas descripciones de  la fisonomía característica de las plantas, de la espesura impenetrable de los bosques, de las «arboledas y frescuras, y el agua clarísima, y las aves y amenidad, que le parecía no quisiera salir de allí». «La hermosura de las tierras que vieron, ninguna comparación tienen con la campiña de Córdoba: estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta, y las hierbas todas floridas  y muy altas; los aires eran como en abril en Castilla; cantaba el ruiseñor como en España, que era la mayor dulzura del mundo… árboles de inmensa elevación, con hojas tan reverdecidas y brillantes cual suelen estar en España en el mes de Mayo.» Y al lado de estos cuadros de naturaleza idílica, tan llenos de frescuras y de primaveral encanto, ¡qué vigor de colorido en el  cuadro de la tempestad, sembrado de reminiscencias bíblicas, que se contiene en la admirable carta sobre el cuarto viaje, escrita desde Jamaica en 7 de julio de 1503! «Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma… allí me detenía en aquella mar fecha sangre, herviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fue visto tan espantoso: un día con la noche ardió como forno, y así echaba la llama con los rayos, que todos creíamos que se habían de fundir los navíos…»