guerra-camposFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

  1. Fallo de los ciudadanos católicos en la nueva ordenación política. Necesidad de orientación de la Iglesia para que recuperen su capacidad de inspiración cristiana de la vida pública

Por todo lo dicho, es de lamentar que en la «transición» (año 1976 y siguientes), canalizada por unos pocos ocupantes del poder, España no haya contado en el mundo civil o en el eclesiástico con personas lúcidas y previsoras que, salvaguardando el depósito recibido y en conexión con las «aspiraciones profundas» del pueblo (Juan Pablo II), intentasen una reconstrucción de verdad y no se limitasen a poner un solar tras el derribo a disposición de cualquier proyectista, ni se aviniesen a confundir las supuestas ventajas de una cierta indeterminación política en la Constitución con el cáncer de la indeterminación moral.

Cuando el Papa vino a España en 1982, exhortó a los hijos de la Iglesia a trabajar para que las «leyes y costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida». Desde entonces, con intensidad creciente, el Papa y el Episcopado vienen denunciando la degradación moral en la sociedad española. Lo peor es el ataque sistemático que desde los Poderes y otras fuerzas de la vida pública mina los cimientos de la conciencia moral: con intromisión militante en la corrupción de criterios de la juventud y, lo que es más grave, con la privación asfixiante de estímulos ideales, fomentando el hedonismo dentro de un ateísmo social que renuncia a motivaciones trascendentes. Y no se trata sólo de actuaciones viciadas. Hay una falla en la base moral del Sistema. Este es una conjunción de leyes permisivas, en materias en que deberían ser protectoras del derecho de los indefensos, con el patrocinio de la agresión a los mismos, .y la consiguiente omisión de solicitud positiva y de la educación estimulante que reclama el Concilio.

No es extraño que se degrade cada vez más la noción misma de «conciencia moral» en la vida pública. Se llama «conciencia» por igual a lo que se siente como norma superior vinculante, que compromete la propia dignidad, y a cualquier opinión o preferencia subjetiva que, aun cuando sea legítima, es renunciable. Frivolidad en el uso de la «objeción de conciencia». Reducción de la Moral a lo que se lleva o a lo que permite la ley civil.

Lo más preocupante es la inhibición de los católicos en cuanto tales en la vida pública. Muchos lamentan los males; mas apenas intervienen de modo coherente en el ejercicio de su ciudadanía para evitarlos. En virtud de un impulso recibido hace más de quince años, muchos católicos militan en agrupaciones causantes de esos males, o las apoyan con su voto. Pues bien: ni siquiera desde dentro, con el derecho que les da su condición de socios, esos cristianos confiesan sus Principios irrenunciables o exigen de su organización que respete su conciencia cristiana, poniéndolo como condición para mantener un apoyo que, por su cuantía, aquella no podría despreciar. Silencio y complicidad. Algún Prelado con notable optimismo ha destacado el gran número de personas preparadas en asociaciones de apostolado que engrosaron los partidos «en toda la amplia gama del espectro político», comprometidos en el cambio democrático de España. Sí; pero asisten pasivos y cooperadores a la descristianización cultural, a la creación de un clima de permisivismo hedonista y disolución familiar. Son muchos los que en los años sesenta ponían como clave de renovación cristiana el cambio de las estructuras civiles, clamando contra una espiritualidad intimista: ahora postulan que las convicciones morales y religiosas se replieguen a la intimidad personal («yo no aborto, pero no tengo por qué estorbarlo a los que quieran»). Muchos los que poblaban el aire de «denuncias proféticas»: ahora callan y se acomodan «por amor a la paz». Muchos los que vivían la vibrante tensión hacia la justicia social: ahora que ésta se ha aflojado incluso en los «revolucionarios», son demasiados los que se instalan plácidamente en el disfrute del bienestar y del lujo o en la obsesión por el enriquecimiento.