canoPadre Martínez Cano, m.C.R.

Las cosas de Dios son así. Dios tiene su hora. Llegó a su nuevo colegio a los diecisiete años, para hacer el curso de segundo de bachillerato. Encontró un ambiente alegre, simpático, religioso. Transcurridos dos meses, empezó a decirles a sus compañeros de clase que quería bautizarse.

Ya está bautizada. Y muy contenta y feliz. Los Papas nos han dicho que un ambiente social sano, ayuda a la conversión de las almas. ¡Ven pronto, Señor! Ayúdanos a establecer en este mundo el Reinado Social de tu Divino Corazón.

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Son las diez y media de la noche. Salimos de la parroquia, de nuestra reunión semanal. Dos mujeres jóvenes piden a uno de los nuestros fuego para encender sus cigarros.

Me acerco y les digo: está prohibido robar tabaco. Una, me contesta: Padre, usted no fuma. No. Nunca he fumado y tengo una enfermedad crónica en los pulmones. Vamos a arreglar el robo. Y le doy una medalla milagrosa a cada una. La más cercana a mí, exclama: ¡Qué bonito hoy es mi primer día de viaje de casada! Deme otra para mí marido. Su amiga me pidió otra. Les di doce para repartirlas a la familia.

La recién casada, mallorquina ella, me dice: ¿puedo darle un beso? ¡Espere! No vaya a ser que haya fotógrafos escondidos. Y plasmó su mejilla en la mía. Siguieron su camino muy contentas.

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Salen los niños del colegio. Una parvulita viene hacia mí. Tienes ganas de hablar. Y hablamos de lo más variopinto. Me mira y me dice: eres viejo, y seguidamente dice: no se puede decir mentiras.

Tiene toda la razón del mundo Santa Teresa de Calcuta, cuando dice que los mejores profesores son los niños. Enseñan la verdad monda y lironda. Y moralmente están muy bien formados. ¡Que no sé puede mentir!  Coetanos míos. Los niños lo saben. Muchísimos adultos se olvidan.