img_5609Maria Lourdes Vila Morera

“ Dichosos vosotros cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias; alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11)

Primer domingo de Adviento; ya está cerca la venida de Dios niño, hecho hombre, en un pobre portal por nuestro amor. Dios nos ha preparado unos acontecimientos en nuestra vida para demostrarnos en ellos todo su amor. El martes de esta primera semana de Adviento, nos levantamos por la mañana y nos dimos cuenta que nos habían pintado la fachada de la casa con esta frase “Yo no pongo mi ignorancia en un altar y le llamo Dios”.

En estos últimos años es más frecuente encontrar a personas que no tienen Fe, y que experimentan sentimientos de odio y rechazo hacia todo lo que les recuerde a Dios, esto es porque estas personas aún no han experimentado el amor de Dios. En casa tenemos en el balcón una bandera de España con el Sagrado Corazón de Jesús, y en la puerta de la entrada a la vivienda está la imagen del Sagrado Corazón, y desde hace un tiempo pusimos en el buzón el símbolo de los nazarenos, la letra “Nun”, del alfabeto Árabe y nuestros hijos dicen que se  sienten orgullosos que se nos tache de cristianos como nuestros hermanos perseguidos.

No es raro encontrarse a  gente que no respeten a nada ni a nadie, ni siquiera a Dios. Yo al ver las pintadas, me lo tomé con mucha calma, como si ya hiciera tiempo que lo esperara. Mi marido Antonio, reaccionó más tarde escribiendo a un amigo: «En un primer momento te enfadas  y sientes brotar la ira en tu corazón, pero el Señor, que es misericordioso, derrama el bálsamo de su amor sobre tu alma y enseguida te brota una extraña alegría por haber sido digno -inmerecidamente- de sufrir algo por su Amor. Y eso es para mi familia y para mí motivo de orgullo. Por ser atacado por causa de nuestro Dios. No puedo más que darle gracias por haber sido hallado digno. “Mi casa y mi familia serviremos al Señor”».

Frente a una sociedad muy preocupada por el qué dirán, o muy asustada por las consecuencias que te puede traer el hacer profesión explícita y pública de lo que crees, no debemos ocultar nuestra Fe y vivir cristianamente. No presumir de ello, pero tampoco ocultarlo. Cuando el ser cristiano no está de moda, es justamente cuando más urge serlo.

Aunque hoy en día no haya la ocasión de derramar nuestra sangre, como lo hicieron y siguen haciendo nuestros mártires, tenemos igualmente el gran reto de promover aquellos valores humanos y cristianos que ellos defienden, el amor ardiente a la Eucaristía y a la Virgen María, el amor a la Iglesia y al Santo Padre,  la caridad con los pobres, tratar a los demás con cariño y con alegría, la paciencia en los quehaceres cotidianos de nuestra vida. A nuestros hijos debemos  enardecerlos con el ejemplo de tantos mártires que en nuestros días sellan con su sangre la fidelidad a Cristo. De ellos debemos aprender a perdonar a nuestros enemigos y rezar por ellos.

Quizá Dios no nos conceda la palma del martirio cruento, pero a ninguno de los cristianos nos está permitido no ser santo; que el fuego del amor a Cristo nos encienda a tal grado que nada le neguemos a Dios. Que él nos encuentre al final de nuestra vida contentos por no haberle negado nada, que podamos decir: ¡Señor estoy contento, estoy en paz!

A nuestra Madre  Inmaculada, a esta Virgen que recibió en su alma y en su cuerpo el Verbo de Dios y nos entregó a Jesús niño, le rezo yo en esta Navidad: Santa María, haz posible en nuestras vidas y en nuestro mundo el milagro del nacimiento del Hijo de Dios en el corazón de cada hombre. Feliz Navidad a todos.