marcelino menendezMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

El notable descubrimiento de las variaciones magnéticas, unido a ciertas consideraciones generales, de que apenas hay otro ejemplo entonces, sobre la física del Globo, ya en lo relativo a la inflexión de las líneas isotermas, ya sobre la distribución del calor según la influencia de la longitud, ya sobre la acumulación de plantas marinas, ya sobre la dirección de las corrientes y sobre la especial configuración geológica de las Antillas, le hizo entrever la ley de conexión de ciertos fenómenos por él observados, con una lucidez todavía más digna de admiración si eran tan endebles sus conocimientos matemáticos como da a entender Humboldt, y no podía aplicar a los resultados de la observación el poderoso elemento del cálculo, que, por otra parte, estaba en la infancia. Sólo así se explica, aun teniendo en cuenta el influjo de su imaginación aventurera y de la erudición pedantesca de su tiempo, que mezclase con intuiciones de tanto precio, hipótesis tan extravagantes como la de la situación del Paraíso terrenal en la costa de Paria y la de la figura de la tierra como teta de mujer y una pelota redonda. Nada de esto es obstáculo para que Humboldt le conceda el mérito de haber sentado algunas de las bases de la Física terrestre, así como reconoce en nuestro P. Acosta la gloria de haberla constituido y organizado en forma de ciencia.

Por todas razones, pues, por el interés científico, por el interés literario, por el interés moral, las cartas de Colón son su primera y su mejor historia, aunque, naturalmente, nada nos digan de su vida anterior a los descubrimientos, ni siquiera los abarquen en su integridad. La falta se suple, aunque sólo en parte, con otros documentos análogos, pero de distinta pluma, entre los cuales hasta recordar la relación del segundo viaje, enviada a la ciudad de Sevilla por el médico y alquimista Diego Álvarez Chanca, y la cabeza del testamento del heroico y fidelísimo Diego Méndez, que en una canoa llevó de la Jamaica a la Española la relación del cuarto viaje, y que en servicio de su señor Almirante gastó todo su haber, lo cual no le impidió fundar un mayorazgo con los diez únicos libros que poseía, es a saber: una Ética de Aristóteles; un Josefo; una Electra de Sófocles, traducida por Hernán Pérez de Oliva; un opúsculo de Eneas Silvio, y cinco tratados de Erasmo. ¡Extraña Biblioteca para un marinero de tal temple!…