guerra camposFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

Es indudable que por muchos años ha faltado o ha sido insuficiente la orientación moral de la Jerarquía. El mismo magisterio de la Iglesia Universal sobre Moral Política es desconocido en la mayoría de los agentes de la pastoral cercanos al pueblo. Los criterios se rebajan acomodándolos a los estereotipos de la propaganda política.

Al ponerse en marcha la transición política después de Franco, la «línea pastoral» dominante empujó a los católicos a integrarse para la acción política en cualesquiera agrupaciones, menos en agrupaciones propias; y se proclamó que la intervención de la Iglesia seria sólo la Predicación. Pero fue ésta la que entró en déficit. No se enseñó cuál es la misión específica del Poder en lo moral y religioso, además de respetar la libertad de la Iglesia. No se inculcaron eficazmente las exigencias morales del orden constitucional. No se recordó -como lo ha hecho el Papa- que la democracia no es verdadera si puede atentar contra «valores absolutos que no dependen del orden jurídico o del consenso popular». Se fue extendiendo entre católicos una «concepción cristiana» identificada con el liberalismo permisivista. La aconfesionalidad se convirtió en neutralidad moral. La clase política entendió que la Iglesia aceptaba como moralmente licita en la vida pública cualquier ley que se declare conforme a las regias de la Constitución, aunque la misma Iglesia predique otras pautas para la vida personal de los creyentes. De ahí, el clamoreo «escandalizado» siempre que los Obispos denuncian como inmorales ciertas leyes. Sin duda hay ahí una incongruencia: si las leyes son aplicación de un Sistema, ¿por qué se repudian aquéllas, mientras se avala éste y no se propugna su rectificación?

La confusión ha ido en aumento. Se recomienda «votar en conciencia»: los ciudadanos no distinguen bien si eso es referencia a una norma superior o es libre ejercicio de la autonomía subjetiva. Y si distinguen, oyen decir: podéis apoyar con el voto a fuerzas promotoras de males, por razón de otros aspectos positivos, ya que ningún partido es perfecto. Y no se deja claro si hay elementos negativos que, por su radicalidad, excluyen la colaboración.

El Papa Juan Pablo II ha exhortado a los católicos españoles, por medio de los Obispos, a que hagan valer su participación democrática con «unidad de orientación y de actuación». La unidad suprapartidista de los cristianos para defender valores fundamentales es un postulado de la Iglesia desde el siglo pasado. Aunque estén adscritos a partidos diferentes. En este momento tal convergencia desde el pluralismo «neutro» al uso no funciona. La alternativa de una o varias agrupaciones confesionales, aparte de tropezar con la animadversión y las descalificaciones (no siempre legitimas) de no pocos pastores, por ahora tampoco funciona. Crece la abstención.

En los últimos años de la década de los ochenta el Episcopado intensifica sus llamamientos para el saneamiento moral de la sociedad, y recomienda a los ciudadanos católicos que actúen en conformidad con su conciencia cristiana. Pero aún falta mucho para alcanzar entre los católicos suficiente claridad de criterios y suficiente capacidad de abrir cauces de acción política. Tarea pendiente entre los Pastores es alcanzar unidad de predicación y capacidad de dar orientaciones verdaderamente realistas y coherentes.

Franco respondió en su tiempo a las orientaciones de la Iglesia Católica. Los modos de hacerlo podrán cambiar; pero un cambio en los modos no puede consistir en suprimir las orientaciones o en desentenderse de ellas. Es urgente colmar ese vacío. Por eso la evocación de la historia de Franco es de una actualidad ejemplar. La Iglesia en España, puesta a reflexionar, se encuentra con ese legado. Para la Iglesia, no menos que la evangelización de América, es parte de su propio legado.

José Guerra Campos
Obispo de Cuenca