Padre alba con mapaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 223, diciembre de 1997

Al terminar este año, quisiera atraer vuestra atención sobre los datos que voy a transcribir, que a mi juicio pertenecen a los signos de los tiempos.

El Papa Juan Pablo II ha entrado ya en el vigésimo año de su pontificado. Solamente ocho papas han superado la cifra de veinte años de pontificado en toda la historia de la Iglesia. Y de entre esos ocho, solamente tres, San Pedro que tuvo treinta y cuatro años de pontificado, y dos más que pasaron de los veintidós años. El cardenal Wyszynski profetizó a nuestro actual pontífice que llevaría a la Iglesia hasta el tercer milenio.

Además de sus viajes por toda Italia, a la que ha recorrido de norte a sur, ha realizado ochenta viajes misioneros fuera de Italia, con lo que ha cubierto prácticamente todas las naciones. Esto significa que el Evangelio se ha anunciado en todo el mundo. Añadamos sus doce encíclicas y los 943 santos y beatos que ha elevado al honor de los altares, hombres y mujeres de toda raza, lengua y condición. Pero todo esto lo ha realizado con un organismo que ha sufrido varias intervenciones quirúrgicas, debilitado prematuramente por los disparos mortales que recibió un 13 de mayo en plena plaza de San Pedro. Es, por lo tanto, un papa mártir que ha derramado su sangre por la fe de Cristo. Ha consagrado, además, el mundo al Corazón Inmaculado de María, y ha declarado a la patrona de las Misiones, Santa Teresita de Jesús, Doctora de la Iglesia. Es, verdaderamente, un papa extraordinario. ¿No os dice nada todo esto?

Miremos ahora al mundo. Vivimos bajo la inquietud general, bajo la amenaza de una guerra en muchos lugares. Durante todo el pontificado de Juan Pablo II se ha sucedido guerras más o menos localizadas, pero con terribles desgracias para los pueblos que las han sufrido. En ningún lugar de la tierra podemos decir que reina la paz y el orden completo, antes al contrario, las tensiones, las disputas entre regiones y pueblos son noticia constante. En el momento menos pensado, puede producirse una conflagración destructora.

Una nueva epidemia, en forma de tuberculosis resistente a los tratamientos médicos ha aparecido en Asia, Indonesia, África. La Organización Mundial de la Salud ha dado la voz de alerta, porque está ya haciendo tantos estragos como el Sida incurable.

Inundaciones, terremotos, desgracias naturales, en España, Asís, Grecia, Turquía, América, han arrasado ciudades y comarcas enteras. Incendios indomables como los de Java y Sumatra; polución atmosférica y del mar; cambio climático cada día más evidente; el recalentamiento de los océanos, las sequías prolongadas con el hambre consiguiente y pérdida de cosechas; todos los observatorios registran anomalías en las temperaturas. Pese a toda, la inmoralidad campea por sus anchas, la desobediencia a toda regla y tradición se presenta como exigencia de la modernidad, los falsos ídolos de la TV, de los cantantes, de los deportistas o personajes políticos llenan la imaginación de las multitudes con libros obscenos, publicaciones pornográficas, medios de comunicación esclavos de la mentira o de la verdad deformada. ¿Qué nos dice todo esto?

La Virgen Santísima en la Salette nos dijo: “Los malos libros abundarán y los espíritus de las tinieblas se expandirán por todas partes, creando una relajación universal… Los gobiernos tendrán todos el mismo propósito de hacer desaparecer todo principio religioso, sustituido por el ateísmo y el materialismo… Las estaciones cambiarán y la tierra sufrirá convulsiones horribles…” Todas estas señales de la Santísima Virgen se refieren a estos últimos tiempos y nos llaman a la conversión. ¿Haremos caso a nuestra Madre? Es la hora de nuestra conversión. La purificación del mundo que ha de llegar nos halle plenamente entregados a una vida de perfección cristiana, según lo exigen los últimos tiempos. Éstas son señales inequívocas de que estamos en los últimos tiempos de las naciones.