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La Iglesia tiene un gran tesoro: las indulgencias. El Concilio Vaticano II las ha revalorizado al publicar en 29 de junio de 1968 una nueva recopilación de las indulgencias tal como están establecidas actualmente.

Pablo VI, como sus predecesores, concedió indulgencia plenaria «Urbi et Orbi» a la ciudad y a todo el mundo, cada año por Navidad y por Pascua, así como a los peregrinos del Año Santo en 1975. Juan Pablo I y Juan Pablo II la concedieron igualmente en la tarde de su elección y al domingo siguiente, en la ceremonia de su entronización. Están pues de plena actualidad. Y es un deber de todo católico profundizar en sus conocimientos y saber cuáles son las riquezas que nos ofrece la Iglesia.

Las indulgencias, imagen de la indulgencia de Cristo

La Iglesia concede, mediante el cumplimiento de ciertas condiciones, las indulgencias. ¿Por qué y con qué derecho?, podemos preguntarnos. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, continúa en la tierra la obra de su divino Fundador y en ella se prolongan sus cualidades divinas y humanas. Y hay una que en Cristo irradia de una manera particularísima: la misericordia, la indulgencia. Como hombre Jesús sabía -sabe- cuáles son nuestras limitaciones, la necesidad que tenemos del socorro divino de toda la benevolencia divina que nos tienda una y otra vez su mano en nuestro paso por los caminos cenagosos de la vida. Y por eso precisamente nos ha dejado su Iglesia, sus sacramentos, para que vivamos en gracia santificante. En todo el Evangelio resplandece la indulgencia de Jesús. Repasemos el capítulo 6 de San Lucas: la bondad, la indulgencia de Nuestro Señor surgen en cada versículo: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque seréis consolados»… «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen»… «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso»… y más adelante vemos la emocionante escena de Jesús con la pecadora: «Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Luc. 7, 48-50). Y San Juan nos sumerge en un abismo de reflexión, de meditación sobre nosotros mismos, cuando nos relata la escena de la mujer adúltera: «Yo tampoco te condeno, vete y no peques más» (Jn. 8, 11). ¿Cabe mayor indulgencia? Sabemos que la gracia santificante nos hace hijos adoptivos de Dios hermanos de Cristo, habita el Espíritu Santo en nuestra alma. Y sabemos cuán fácilmente podemos perder este incomparable Don de Dios por el pecado. Pero vemos también enseguida los brazos del Padre abiertos de par en par para recibir al hijo pródigo, al pecador arrepentido en el sacramento de la Penitencia. No obstante, todo pecado perdonado lleva consigo una pena temporal que es preciso cumplir para satisfacer a la justicia divina, ya en la tierra o después en el purgatorio. Es sobre esta pena merecida, que la Iglesia, investida de la misión que Dios le ha encomendado, se muestra indulgente a imagen de Cristo.

¿Qué es la indulgencia?

La indulgencia que la Iglesia nos ofrece es la remisión ente Dios de la pena temporal debida por nuestros pecados, estando la falta ya borrada; remisión que el fiel bien dispuesto obtiene cumpliendo ciertas condiciones determinadas por la Iglesia, dispensadora de la Redención, que distribuye y aplica por su autoridad el tesoro de reparaciones de Cristo y los santos. La indulgencia es plenaria o parcial, según libere entera o parcialmente de la pena temporal merecida hasta aquel momento por el fiel. Puede ser aplicada a los difuntos a manera de sufragios, para liberar sus almas del purgatorio. Pero no puede ser aplicada por otra persona viva. No se puede ganar más que una indulgencia plenaria por día, salvo una segunda vez cuando está en peligro de muerte. Las indulgencias parciales pueden ganarse varias veces al día y doblan el valor que el acto tendría en sí.

Aprovechemos este caudal de riqueza que la Iglesia pone a nuestra disposición y ofrezcamos por nuestros difuntos, por todas las almas del purgatorio este acto de caridad que repercutirá en nuestro propio bien, según el dogma de la Comunión de los Santos: ese fluir maravilloso de la savia vivificante de la gracia por todo el Cuerpo Místico de Cristo, que constituye la Iglesia militante, purgante y triunfante. Puede ser que las condiciones que impone la Iglesia parezcan a primera vista formalistas, pero no olvidemos que somos de carné y hueso y que tenemos necesidad de signos. Y ahí está la Iglesia para ser nuestra guía. Esta es la misión que Pedro recibió de Cristo: » Yo te daré las llaves del Reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos… (Mt. 16, 19).

Condiciones para ganar indulgencias.

Para ganar indulgencias es necesario haber recibido el sacramento del Bautismo, no estar excomulgado, estar en gracia de Dios a lo menos al final de las obras prescritas, y estar bajo la jurisdicción de la autoridad que concede las indulgencia. Es también preciso tener intención, a lo menos habitual de ganarlas y que las acciones sean cumplidas en el tiempo y la forma establecidos para su concesión. Para ganar indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra prescrita y la realización de tres condiciones: la confesión sacramental, la comunión eucarística y una plegaria por las intenciones del Sumo Pontífice, por ejemplo un Padrenuestro, Avemaría y Gloria; condiciones que pueden ser cumplidas algunos días antes o después de la ejecución de la obra pero se recomienda que la comunión y la plegaria por las intenciones del Sumo Pontífice sean en el mismo día. Varias indulgencias plenarias pueden ser ganadas por una sola confesión sacramental, pero cada una requiere una  comunión y oración por el Santo Padre.

Elenco de las principales concesiones

  1. INDULGENCIA PLENARIA.
  2. a) Diarias:Adoración al Santísimo Sacramento, a lo menos por espacio de media hora -Parcial, si se hace la adoración por un espacio menor de tiempo- . • Rezo del Rosario en una iglesia, en familia, en Comunidad o en una piadosa Asociación. •Lectura de la Sagrada Escritura por espacio de media hora. • Ejercicio del Vía Crucis.
  3. b) En ocasiones determinadas:Visitando el cementerio del 1 al 8 de noviembre -los demás días se gana indulgencia parcial-. •Asistiendo a la Acción Litúrgica del Viernes Santo y besando devota mente la cruz. • Los viernes de Cuaresma y Pasión rezando ante Cristo Crucificado «Miradme, oh buen Jesús… -los demás días parcial-. •Practicando Ejercicios Espirituales a lo menos durante tres días. •El día del Sagrado Corazón asistiendo al rezo, en público, del acto de desagravios prescritos -los demás días, rezando dicha oración, indulgencia parcial-. • El día de Cristo Rey asistiendo al rezo, en público, del acto de consagración -los demás días, parcial- .«In articulo mortis» a quien habitualmente ha rezado alguna oración. •El día 29 de junio, a quien usa devotamente algún objeto piadoso bendecido por el Sumo Pontífice o algún obispo, si reza la profesión de fe. •Al niño que recibe la primera comunión y a los fieles que asisten al acto. •El Jueves Santo y el día de Corpus asistiendo al canto solemne del «Tantum ergo… con su oración correspondiente -parcial los demás días-. El día 31 de diciembre participando en el rezo público del «Te Deum» -parcial las demás oraciones-. •El día 1 de enero y el domingo de Pentecostés participando en el rezo público del himno «Veni, Creator» -parcial, las otras oraciones-. •Visitando una iglesia u oratorio público -y el semipúblico aquellos en favor de los cuales está erigido- el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos. •Renovando las promesas del Bautismo en la celebración de la Vigilia Pascual y en el aniversario del propio bautismo -parcial, los demás días.
  4. INDULGENCIAS PARCIALES.
  5. a) Concesiones más generales:
  • A quienes, en el cumplimiento de sus deberes y en el sufrimiento de las penas de la vida, levantan su corazón hacia Dios con humilde confianza añadiendo -aunque sólo sea mentalmente- alguna invocación piadosa. •A quienes, llevados del espíritu de fe, ayudan con prestaciones personales, o con sus bienes, a sus hermanos que padecen necesidad. • A quienes, movidos del espíritu de penitencia, se privan voluntariamente de alguna cosa lícita.
  1. b) Otros actos:Haciendo el acto de fe, esperanza, caridad o contrición. •Invocación al Espíritu Santo. •Oración a San José. •Invocación al Ángel de la Guarda. •«Angelus» o «Regina coeli». •«Anima Christi». •Rezo del Credo. •Comunión espiritual. •A los que enseñan o aprenden la Doctrina. •Rezando las Letanías del Nombre de Jesús, del Sagrado Corazón, de la Preciosa Sangre, de la Virgen, de San José o de los Santos. •Rezo del «Magnificat», «Acordaos», «Salve Regina» y otras plegarias a la Virgen. •Rezo del «Miserere». •Orando por las vocaciones sacerdotales o religiosas. •Haciendo algún rato de oración mental. •Orando por el Sumo Pontífice. •Escuchando la predicación sagrada. •Orando por la unidad de la Iglesia. •Practicando el retiro espiritual.

«LA DEVOCIÓN A MARÍA PUEDE LLAMARSE LA LLAVE DEL PARAÍSO», dice San Efrén. Y a María hay que invocarla de corazón para que nos lleve a Dios. Recordemos las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche.