padre canoP. Manuel Martínez Cano mCR.

Me ha dicho un niño, que Jesús no existió. He querido entender que el niño decía que Dios no existe. En fin, un gran apologético y teólogo. Adultos de más talla, “intelectuales”, dicen que Jesús fue un impostor perverso, un iluminado enfermizo. Los fariseos llegaron a tal aberración que decían que Jesús hacía los milagros en nombre de los demonios: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios” (Mateo 9, 34).

Los sabiondos materialistas y ateos, afirman que Jesús fue un demente, un paranoico, un enfermizo morbosamente obsesionado por su propia imagen. Enterados hay que dicen que Cristo era un alucinado, un fanático. Liberales y modernistas pontifican diciendo que debemos distinguir el Cristo de la historia y el Cristo de la fe y que el histórico se equivocó en creer que estaba próximo el día de la parusía. Y siguen tocando el violón. Melones que han evolucionado del todo y no dan para más.

Jesús, en su vida, muerte y resurrección se nos presenta como un dechado de santidad. No busca otra cosa que la gloria de su Padre celestial y la salvación de las almas. Ni sus más encarnizados enemigos pudieron refutarle sus afirmaciones.

Cristo estuvo bien constituido psicológicamente, con un talento y sabiduría extraordinaria. No hay nada en su doctrina que sea contradictorio. Nada en sus afectos que sea desordenado. Con su doctrina, se ha formado un sistema filosófico – teológico del todo armónico; ponía al alcance de la gente más sencilla los misterios más profundos y sublimes.

Con su sabiduría extraordinaria, nos enseña que uso debemos de hacer con las cosas temporales para ganarnos la felicidad eterna. Su sabiduría supera las ciencias filosóficas de los paganos y perfecciona la doctrina del Antiguo Testamento. Sus enemigos Saduceos y Fariseos no sabían que decir a la respuesta de nuestro Señor Jesucristo: “Y ninguno pudo responderle nada ni se atrevió nadie en adelante plantearle más cuestiones” (Mateo 22, 46). “Y no pudieron acusarlo ante el pueblo de nada de lo que decía; y se quedaron mudos, admirados de su respuesta” (Lucas 20, 26).

A los doce años, Jesús deja admirados a los doctores de la fe y sacerdotes en el templo: “Cuantos les oían, se maravillaban de su inteligencia y de su respuesta” (Lucas 2, 17). Vengan niños manipulados, vengan intelectuales de salón y periódicos. Lean el Evangelio de Cristo. Constatarán que Jesús no es un demente, ni un alucinado, ni un fanático. Jesús es el Hijo de Dios, hecho hombre, que nació de la Virgen María en Belén.