marcelino menendezMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

La parte relativa a los precedentes científicos del descubrimiento nadie la ha tratado con tanto aplomo y seguridad como Humboldt, y nadie más abonado para tratarla. De su luminoso análisis resulta claro que Colón, sin ser propiamente un sabio, distó mucho de arrojarse a su empresa como un fanático temerario, ni menos como un apóstol divinamente inspirado, según Roselly sueña. Es cierto que el mismo Colón, para hacer mayor por el contraste la grandeza de su descubrimiento, se llamó en alguna parte lego marinero, non docto en letras y hombre mundanal, llegando a afirmar que para la ejecución de la empresa de las Indias no le aprovechó razón, ni matemática, ni mapamundos; pero nadie debe tomar al pie de la letra estas exaltaciones místicas, puesto que en el mismo libro de las Profecías, que es cifra y compendio de ellas, declara en términos expresos el Almirante cuáles habían sido sus estudios: «Todo lo que fasta hoy se navega lo he andado. Trato y conversación he tenido con gente sabia, eclesiásticos e seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con otros muchos de otras setas. En la marinería me fizo Nuestro Señor abundoso; de astrología me dió lo que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, y engenio en el ánima y manos para debujar esfera, y en ella las cibdades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver de todas escrituras, cosmografías, historias, corónicas y filosofía, y de otras artes, con que me abrió. Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable a que era hacedero navegar de aquí a las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecución dello» En vano es que añada que «todas las ciencias non le aprovecharon nin las autoridades dellas», porque contra esta efusión de humildad o de soberbia están los propios libros anotados de su mano, y el testimonio de su hijo y de Las Casas, y de cuantos le conocieron y manejaron los papeles en que había consignado sus conjeturas sobre la existencia de tierras nuevas. Estas conjeturas, por el orden en que Humboldt las coloca y examina, responden a una serie de tradiciones científicas no interrumpidas desde la antigüedad clásica, y son la idea de la esfericidad de la tierra; la relación entre la extensión de los mares y la de los continentes ; la supuesta vecindad de las costas de la Península Ibérica y del África a las islas del Asia tropical; un grave error en cuanto a la longitud de las costas arábigas; noticias tomadas de diversas obras antiguas, de Rogerio Bacon, visto a través de la compilación del Cardenal Pedro de Alliaco, y acaso de Marco Polo (hoy puede quitarse el acaso, puesto que ha parecido de Sevilla el ejemplar del Marco Polo italiano que el Almirante usaba y tiene notas de su mano); indicios de tierras al Occidente de las islas de Cabo Verde, de Porto y de las Azores, ya por la observación de algunos fenómenos físicos, ya por las relaciones de los marineros arrastrados por las tempestades y las corrientes. Es enorme la suma de ciencia que acumula el sabio prusiano para dar su verdadero valor a cada uno de estos motivos. Y, sin embargo, esta discusión erizada de textos y de confrontaciones, no cansa porque, como dice el mismo Humboldt, «hay vivo interés en seguir el desarrollo progresivo de un gran pensamiento y descubrir una por una las impresiones que han decidido del descubrimiento de un hemisferio entero». Sucesivamente van pasando delante de nosotros: los pasajes de Aristóteles, de Strabón, de Séneca, de Macrobio; los mitos geográficos, comenzando por el de la Atlántida; las costas y planisferios en que se consignaban islas desconocidas, como la famosa Antilia; las peregrinaciones de los budistas chinos; la exploración de las costas boreales de América por los escandinavos; todos los precursores reales o fabulosos de Colón, y con esto mil detalles de la historia de las ciencias que, aislados, significarían poco, pero que en manos de Humboldt pierden el carácter de circunstancias accidentales y, presentándose en agrupación inmensa, conducen a probar la necesidad histórica del descubrimiento en el punto y hora en que se hizo, merced a esa labor incesante y oculta que va conservando y cultivando desde la antigüedad cierto número de nociones más o menos confusas, hasta que de todas ellas resulta un como impulso irresistible que se transforma en acción. Algo puede padecer con esto la gloria personal de Colón a los ojos de los que le tienen, no ya por grande hombre, sino por un ser sobrehumano; pero la ley de solidaridad histórica suele acomodarse mal con estas leyendas, y para nosotros es más grande y consolador el aprender que el espíritu humano nada pierde ni olvida en su largo y oscuro viaje a través de los tiempos, y que no hay en la ciencia trabajo baldío ni esfuerzo estéril.