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Pocos, entre los humanos, habrán dejado de sentir el zarpazo del dolor. De otras cosas se tiene un conocimiento especulativo. De éste se tiene una ciencia experimental. La geografía mundial, la historia entera, todas las clases sociales, todas las edades sienten el estremecimiento del dolor. Una de las estadísticas de Cáritas Española señala en España unos tres millones de enfermos. Una luz para contrarrestar ese horror: la fe. El dolor impregnado de sentido religioso pierde tenebrosidad. La fe cristiana tiene una explicación iluminadora del dolor. Jesús, Hijo de Dios, dijo desde un montículo: «Bienaventurados los que lloran».

Eres un número

En los hospitales encuentras asepsia y blancura redundantes, personal sanitario solícito, laborioso y en su mayoría amable. Camas y camas, enfermos y más enfermos. Tú eres, no Francisco Pérez García, sino el 345, al que corresponde una habitación del mismo número, que está en la tercera planta. Un número. A lo mejor te irrita esa anulación de tu personalidad. No te turbes. Es una simplificación necesaria para el mejor servicio de esa persona humana que padece. Pero para Dios no eres un número. Primero, que Dios no usa números. Los números son signos. Dios conoce directamente. Para Dios no eres el número 345. Para Dios ere el uno. Y te conoce por tu nombre. Y tu cuerpo y tu espíritu con clarividencia  total, mejor que tú mismo. Sabe una cosa que tú rabias por saber: el día que dejarás la cama. Conoce las posibilidades de curarte y las de no curarte. Aprende ya, no a pedir la salud, sino que se cumpla en ti siempre la voluntad de Dios. Una cosa muy confortante: como Dios, no te quiere nadie. Tú sigues urgiendo con lógica enojosa: ¿Y por qué un Dios tan bueno me tiene a mí así? Porque el dolor es purificante y salvador. Tú a tu niño pequeño lo llevas a la clínica donde van a operarle. Ayudas al médico a sujetar al niño para que lo intervenga. No te parece  que el chiquillo podría hacerte la misma pregunta: ¿Por qué me lleva papá a la clínica y me sujeta para que el médico me saje? Lo que respondes tú al niño responde Dios: Hijo, todo esto es porque te quiero. El niño no entiende la respuesta y tú tampoco entiendes la respuesta de Dios. El dolor es  santo, es expiatorio, es tonificante. El dolor con toda su hosquedad… es bueno. Aunque es un misterio.

¿Qué eres un inútil?

Piensas que al estar enfermo eres un inútil y eso te aflige, te acompleja. A veces te irrita. Tus familiares y amigos, subiendo y bajando con su fardo de preocupaciones y de trabajos al hombro… Y tú ahí tirado; indolente, envuelto en mantas, sin producir más que molestias y gasto. Eso te saca de quicio. ¿Que eres un inútil? A lo mejor tu oficio actual de doliente es más eficaz que la actividad de un hombre de Estado, de un investigador, de un conferenciante, de un obrero especializado. En esa economía de Dios, tú eres un tipo interesante, valioso. Tú, uniendo tus dolores a los de Cristo doliente que se ofrece al Padre, eres una fuerza que mueve la nave de la Iglesia hacia su puerto, aceleras la lluvia de la gracia sobre el mundo, extiendes el reino de Dios en tierras de infieles. Por ti, que sufres cristianamente, Dios perdona los pecados a la humanidad. No te ha tratado peor que a su Hijo, pues le conocieron por el Varón de Dolores… Vamos, ¿tú inútil?

¿Qué tienes miedo?

No te asustes porque tengas miedo. Es una de tantas debilidades de nuestra naturaleza pobre y limitada. El miedo no es más que un estado emocional en el que nos adelantamos a los acontecimientos futuros. ¿Que los razonamientos que te hacen no te serenan? Tú piensas que te ocultan algo, tu imaginación se desborda y piensas cada cosa… Jesús, en la víspera de su pasión, también tuvo miedo. Y muy grande. Mortal. Y pedía insistentemente que se alejara la causa de su miedo, y temblaba, Y se le encogió el corazón.  Y le pasó una cosa que pasa pocas veces. De miedo, sudó sangre. Coge a Cristo del brazo y camina con Él. Vais los dos temblando, pero temblar con Cristo parece que no es tan temible.

Pesado

Te lo dicen familiares y amigos. Y tienen razón. Eres pesadito. Tienes siempre los mismos temores, las mismas manías. Cuentas las mismas historias. Pides mil veces lo que no te conviene. Ellos tienen que tener caridad, pero tú, enfermo y  todo, no estás dispensado de esta ley. Piensa en los demás. Hay muchos, muchísimos que están peor que tú. Y que llevan su mal con más paz y resignación que tú. Y se conforman y no dicen eso que tú dices. No te aferres a tu salud. Tú no eres amo. Tú no mandas. Dios del cielo es el que reparte fuerzas y vida. Y hay que decirle siempre: Lo que Tú digas, Señor.

El fin

Que te llega, que nos llega, que cada día está más cerca. ¿A qué se refiere usted? -A la muerte. -No hable usted de eso. ¿A quién se le ocurre?- Yo que escribo y tú que lees daremos este paso. Pensar en el fin es una de las cosas más prudentes. Ponerse en paz con Dios, arreglar negocios pendientes, disponer el destiño que se ha de dar a tus bienes, todo esto es un acto de caridad para contigo mismo y para con tus familiares a quienes evitas divisiones y enconos. Y aceptar la muerte. Con tiempo. Morir es algo forzoso, ineludible; pero aceptándolo lo hacemos voluntario. Y se convierte en un homenaje a Dios, en una oblación. Me diste la vida y ahora me la vas a quitar. Bueno, pues yo me adelanto y te la dono, tómala. Y para hacer este brindis no hay que esperar el momento supremo. Ahora mismo puede hacerse, cuando eres dueño de- órganos y sistemas.

Tú le dices a Dios que cuando Él quiera, donde Él quiera, como Él quiera. Y ya está.

Luces en la enfermedad

Dios te quiere

Pero te cuesta creerlo. Haz un acto de fe: Dios me quiere, y me quiere a pesar de mis miserias no ya físicas sino morales. Y te quiere como nadie Ha habido un decreto divino para que aparecieras en la existencia. Y un Cristo que se ha desangrado y muerto por ti. Y con pena, con tasa y con medida te ha puesto sobre los hombros la cruz de la enfermedad. Jesús tiene dicho que el que quiera ser su discípulo tiene que tomar su cruz cada día… Tu cruz ahora es tu enfermedad. Cógela, abrázate con ella. Hasta que Él quiera. No hay mejor medio para quitar peso a la cruz que cargártela con amor.

La gracia

Si no sabes lo que es la gracia desconoces un mundo de misterios y de dichas. Tú eres hijo de Dios por la gracia. Y eres hermano de Jesús por la gracia. Y hay una localidad para ti en el cielo si tiene en tus manos, a la muerte, el billete de la gracia. Que tienes la pierna fracturada, o los pulmones que no soplan, o lo que sea, y después de todo puedes decir: pero estoy en gracia, tú eres el ser más feliz del mundo, porque todo lo demás y entre otras cosas, la salud es una birria comparado con la gracia. Y la gracia se aumenta: 1º Con oración. 2º Con los sacramentos utilizables a menudo como son confesión y comunión, sin excluir los que se reciben más raras veces. 3º Haciendo obras buenas, trabajando, descansando, jugando, lo que sea, menos pecar; y eso para servir a Dios. 4º Con el sufrimiento bien llevado. La Virgen tuvo gracia por arrobas. Se llamaba la llena de gracia

Piedad

Es sentirse hijo de Dios en todo momento y portarse como tal, ahorrándole todo disgusto y ofreciéndole el mayor contento posible. Dios es siempre tu padre, con todos los derechos anejos a su condición de padre. No puedes, de ninguna manera, sin atropellar esos derechos, hacer cosas que se opongan al querer de tu padre. Y tienes la apretada obligación de secundar sus gustos, de plegarte a su voluntad manifestada por las circunstancias de la vida, como es la reclusión en este sanatorio o en la alcoba de tu casa. Esto, practicado con esmero, delicadeza, constancia, esto es piedad. Las prácticas de piedad no son la piedad, como la leña no es el fuego, pero no es posible tener fuego sin combustible que lo sustente. O sea que, si quieres tener piedad, no tienes más remedio que servirte de las prácticas de piedad: oración espontánea, de nuestra propia cosecha, eso es oración mental, oración vocal, con fórmulas consagradas como las usas para encabezar o terminar tus cartas; Rosario, sarta de alabanzas a la Virgen María.

Paciencia

Un enfermo tiene que llevar a la cama pocas cosas. Pero tiene que poner muy cerca un carro de paciencia. Tiene que aprender por activa y por pasiva el arte de esperar. Fuera de un momento de urgencia por un agravamiento inesperado, calma. Tu impaciencia es un achaque de tu enfermedad. Esa inmovilidad, y esa ansia de que pase pronto el tiempo… Jesús esperó. Sin desazonarse, pero esperó. A la samaritana, a los apóstoles, en sus sufrimientos en el huerto… Esperó el consuelo de Dios, que al fin le vino por el misterio de un ángel. Cristo ahora espera. Sí, en el sagrario.

Dice San Alfonso María de Ligorio: «¡CUÁNTOS SE HABRÍAN CONDENADO PARA SIEMPRE SI LA BONDADOSÍSIMA VIRGEN NO HUBIERA ROGADO POR ELLOS A SU HIJO!».¿Quieres salvarte? Invoca a María. A lo menos rezando de verdad y con constancia las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche.