padre canoPadre Martínez Cano, m.C.R.

Hace meses, estaba en la sala de espera del médico, una niña de cuatro o cinco años está sola, pintando sobre una mesa. Me acerqué y le di un librito “con ojos de niño”. El joven padre me preguntó: ¿qué le ha dado a mi hija?

Hoy, que también estoy esperando mi turno para la visita, veo a tres niñas. Dos con sus jóvenes padres y otra mayorcita, con su abuelo. Pregunto al primero ¿me permite que le de este librito a su hija? ¡Encantado! A la  mayorcita le di el rosario ilustrado en inglés. Se puso muy contenta. Y el abuelo también. La más pequeñita hablaba en árabe con su padre. Le ofrecí otro libro y lo acepto.

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Me acerco a un placica que hay detrás de la iglesia. Siete niños juegan con una pelota. Les pregunto cómo se llaman, qué curso hacen… Les doy medallitas milagrosas de la Virgen. Pasan unos segundos y, un niño, me la devuelve: Soy marroquí, me dice. Otros marroquíes y musulmanes las han aceptado.

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Íbamos camino de Santiago de Compostela. El padre Alba se adelantó con la camioneta de “víveres” para prepararnos la comida. Al vernos llegar saltaba de alegría y decía: ¡ya no hay infierno! Se lo había dicho el párroco del pueblo. San Juan Pablo II había declarado que el infierno más que un lugar es un estado. Y algunos feligreses creyeron que no hay infierno. Pues sí, el infierno es un estado. Un estado de sufrimiento eterno. En las revelaciones privadas aparecen también como un lugar.