P.Alba, SJ

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 227, abril de 1998

En abril tenemos la tanda de Ejercicios más numerosa y la que forma en los hombres como el alma de la Asociación.

Sabéis que al resultar muy difícil poder destinar un mes entero para Ejercicios, como concebía San Ignacio, la repetición anual de ellos compensa sobradamente después de unos cuantos años seguidos la intención primera ignaciana.

La repetición reiterada de los misterios de la vida, pasión muerte y resurrección del Señor, las verdades eternas repetidas hasta familiarizarse del todo con su contenido, las pláticas alrededor de los temas del libro de los Ejercicios, los directores bien preparados y que conocen el espíritu ignaciano, todo ello permite al ejercitante que repite cada año los Ejercicios obtener el fruto espiritual, vinculado a la gracia de los Ejercicios de mes.

Ahora bien, muchas veces me pregunto: En la vida de la quinta semana, en la vida ordinaria tras los ejercicios anuales, ¿se nota una vida de oración seria, una lucha seria en el vencimiento de las afecciones desordenadas, un amor práctico a la pobreza, al apostolado, a las ilusiones de la Unión Seglar

Me sorprenden muchas veces las posturas conservadoras y comodonas. El ir tirando como los mundanos, sí, pero un poco menos. Me sorprende que tantos sigan sujetos a la TV., que debería estar ausente de los hogares cristianos y españoles; a los entusiasmos febriles por el fútbol; al descuido en el rosario bien rezado, y a la meditación apostólica y a la vida eucarística.

Todo el ello me señala que no se ha penetrado hondamente en la vida que me propone el libro de los Ejercicios. Nuestros grandes enemigos, no son la impiedad ambiente y el materialismo que nos devora. Nuestros grandes enemigos son la mediocridad en la vida cristiana. El compaginar flojedad y frecuencia de sacramentos. Hace más daño a nuestra colectividad una vida tibia que la malicia que combate nuestra fe.

Hagamos Ejercicios, sí, pero para que de una vez y sin marcha atrás cambiemos nuestra vida con los impulsos del Espíritu Santo y la consagración de todo nuestro ser a la Santísima Virgen.