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ovni

De unos años a esta parte se ha hecho frecuente la publicación de noticias, reportajes, e incluso libros, acerca de curiosos fenómenos -efectivos unos, y cabe suponer que sólo imaginarios otros- con un elemento común: la carencia de una explicación religiosa, científicamente hablando, que dé cumplida satisfacción a los interrogantes que parecen plantear. A este género pertenecerían asuntos tan heterogéneos como pueden ser, por ejemplo, los objetos voladores no identificados, las fuerzas de percepción extra-sensoriales, o los poderes de actuación paranormal de que aseguran estar dotados algunos sujetos. Fenómenos, reales o supuestos, que dan pie a conferencias, demostraciones públicas, cursillos, constitución de clubs o asociaciones, etc.; y que, en determinados casos, llegan a provocar inquietudes de tipo, digamos, «religioso» en algunas personas.

Semejantes inquietudes ofrecen modalidades de signo muy variado: desde quienes dicen experimentar dudas de fe vinculadas, por ejemplo, a la eventual existencia de seres racionales extraterrestres, hasta quienes considerarían encontrar -en las mismas hipótesis- una certificación experimental para determinados pasajes bíblicos (proféticos o apocalípticos, sobre todo).

Conviene advertir que a casi todo el mundo, como es lógico, la mayor o menor verosimilitud de tales cuestiones no les supone ninguna conmoción en sus creencias. Pero tampoco parece por completo impertinente formular algunas observaciones al respecto. Su tratamiento requiere ciertas cautelas, por dos motivos; uno subjetivo, y objetivo el otro.

Connotaciones religiosas

En primer lugar está el dato, justificado o no, de aquellas connotaciones religiosas que algunas personas atribuyen a las noticias y comentarios de este tipo. De hecho ha solido, ser, históricamente, habitual que las gentes refieran al orden sobrenatural los fenómenos, por ejemplo astronómicos, para los que no poseían una explicación plausible; explicación que quizá más tarde, con el progreso científico, se ha encontrado en las leyes normales de la naturaleza. Y no cabe ignorar esa propensión también en nuestros días.

Más aún, la creencia -muy extendida- de que las ciencias actuales dan razón de todo cuanto sucede en el mundo, proporciona un cierto hastío a la existencia humana. Parece no haber lugar para lo imprevisible. Y ese mismo aburrimiento hace a no pocos contemporáneos asirse con esperanza a cualquier pretexto que les saque de la monótona cotidianidad intramundana, y les abra -con fundamento más o menos sólido- un camino hacia la trascendencia: aún cuando el pretexto sea tan trivial como los platillos volantes, o las experiencias parapsicológicas. Por otro lado, y objetivamente hablando, algunos de esos asuntos, si su realidad llegara a confirmarse, podrían plantear, en efecto, interrogantes de naturaleza teológica: solidaridad en el pecado original de las criaturas materiales dotadas de alma espiritual, universalidad de su redención en Cristo, etc. Todo lo cual induce a tomar algunas precauciones al encarar aquel tipo de fenómenos; reales o imaginarios.

Verificar los datos

Como es lógico, la primera de estas cautelas consiste en verificar la autenticidad de los supuestos hechos. Si en el ámbito mismo de la investigación propiamente científica, por ejemplo histórica, arqueológica o demográfica, un desaprensivo apasionamiento ha llevado a veces a falsificaciones de documentos o datos, mucho más estricto debe ser el discernimiento cuando se trata de sucesos o impresiones acaecidos en condiciones bastante alejadas del rigor exigido para una experiencia científica medianamente aceptable.

No está demasiado lejano, en algunos países, el recuerdo de un hábil prestidigitador que, ante millones de espectadores televisivos, efectuaba demostraciones de unos poderes aparentemente prodigiosos. Y resultan bastante habituales los reportajes periodísticos sobre presuntas experiencias insólitas relaciones con extraterrestres, prodigiosas clarividencias, sorprendentes intervenciones semiquirúrgicas, etc. -, que terminan por declararse, si no caen antes en el olvido, simples patrañas o frutos de imaginaciones enfermizas.

Si ya la admisión de los «hechos» requiere una dosis razonable de espíritu crítico, mayor circunspección todavía se precisa cuando se trata de interpretar esos datos. A este propósito resulta imprescindible atenerse a los criterios «económicos» exigidos en cualquier argumentación medianamente seria. Hay que evitar que las conclusiones vayan más allá de  lo  que permiten los hechos de que se parte, y, por lo menos, no presentar como exclusiva, una de las muchas posibles explicaciones (sobre todo si la explicación elegida recurre a ámbitos digamos «sobrenaturales». Parece ejemplar la modestia de casi todos los que han tratado de investigar rigurosamente asuntos como los objetos voladores no identificados o los fenómenos llamados parapsicológicos.

Interpretación comedida

Al cabo de veintiocho años de establecerse -en enero de 1948- en las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos el Proyecto Sign para investigar los casos detectados de extrañas imágenes voladoras, y tras analizar miles de ellos, el informe UF0-1976 indicaba en sus conclusiones: «…2. No hay ninguna evidencia de que los ovnis representen desarrollos de la técnica y principios más avanzados que nuestro conocimiento científico del momento. 3. No hay evidencia de que ningún ovni sea un vehículo extraterrestre» (Steiger, B. Proyecto de libro azul, Madrid, 1978, pág. 16). Semejantes conclusiones se muestran razonables: si un objeto volador no ha sido identificado, constituiría un sencillo sofisma atribuirle un origen o naturaleza, por ejemplo, extraterrestres. Y los objetos cuya índole se ha identificado -simples fenómenos ópticos, globos sonda, etc. -, para nada alimentan fantasías extranormales.

Algo parecido hay que decir de los hechos parapsicológicos estudiados por especialistas honrados. Salvo casos de afán crematístico o patológicamente publicitario, las personas que han prestado sana atención a esos fenómenos han solido limitar sus conclusiones a esa clasificación:

  1. Fraudes más o menos hábilmente enmascarados.
  2. Hechos perfectamente explicables dentro del actual desarrollo de las ciencias de la naturaleza (casos de faquirismo, sofrología, etc.).
  3. Hechos, también naturales, cuyo mecanismo operativo aún no ha sido suficientemente determinado. (Conviene subrayar la expresión «mecanismo operativo» porque a menudo es eso, y casi nada más, lo que se sabe acerca de fenómenos científicamente bien conocidos: la formulación matemática de unas leyes de comportamiento eléctrico no supone haber definido la naturaleza de la electricidad).

Si en algo suelen insistir los «parapsicólogos» sensatos es, precisamente, en el carácter natural de los temas que les ocupan: se trata -advierten- de procesos con un funcionamiento más o menos ignorado, hasta el punto de que no resulta Ordinariamente factible provocarlos a voluntad, sino tan sólo observarlos cuando sobrevienen. Pero esto expresa tan sólo una carencia de conocimiento; no una «sobrenaturalidad» de los hechos (lo que sí sucedería con un fenómeno que suspendiera leyes riaturales irrefutablemente asentadas: es el caso de los milagros).

Ningún «desafío»

Como es lógico no cabe aceptar que semejantes fenómenos se esgriman, de ningún modo, como una especie de objeción o desafío para la fe del católico. Según se ha indicado, antes de plantearse interrogantes teológicos, habría que establecer la realidad incontestable de unos hechos; y, sobre todo, la inequívoca interpretación de los mismos. Sólo desde ahí tendría sentido buscarles solución teológica. Pero, como queda señalado, esos fenómenos se caracterizan cabalmente por lo incierto de su realidad y, principalmente, de su interpretación.

Siendo como es absolutamente verdadero el contenido de la Revelación cristiana, no hay temor de que tales o cuales datos, proporcionados por ciencia alguna -en el pasado, presente o futuro-, vayan a contradecir ningún artículo de la fe. Por eso la Iglesia Católica no experimenta recelos ante las conclusiones verdaderas de las ciencias humanas, sino que fomenta positivamente el estudio serio de la naturaleza, sus leyes, etc. Sabe perfectamente que dichas conclusiones serán siempre perfectamente integrables dentro del cuadro de las verdades reveladas. Más aún, la fe no constituye un simple límite cuya transgresión deba evitar la investigación humana, sino que proporciona una luz positiva para la comprensión de toda la realidad, también natural.

Si en algún momento histórico ha podido parecer que determinadas conclusiones científicas se oponían a la fe, ha bastado un poco de tiempo y un análisis concienzudo de la cuestión para comprobar una de dos situaciones: o bien se trataba de afirmaciones erróneamente sostenidas como verdades científicas -que la propia ciencia se ha encargado de desmentir-, o bien la aparente dificultad obedecía a una precipitada interpretación por parte de este o aquel teólogo que no supieron calibrar el alcance del dato científico, o que aplicaron -como si fueran principios de fe- lo que no eran más que discutibles opiniones teológicas.

Augusto CONDE

«¿TEMES A DIOS? ARRÓJATE EN LOS BRAZOS DE MARÍA», dice San Bernardo. Y una manera segura de estar en los brazos de María es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS pidiendo la propia salvación eterna.