Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

Guerra-Campos.5Es constante, hasta la muerte, el reconocimiento del fervor cristiano y de la ejemplaridad en la vida privada, de los que informaba secretamente a Roma, desde el principio, el Cardenal Gomá (5). Poco a poco se conocerán prácticas muy significativas, por ser reservadas: misa diaria, gran piedad eucarística, retiros espirituales (6). En una Europa secularizada a Franco se le veía como gobernante católico por excelencia. Identificado con la fe del pueblo, muy diferente de los hombres públicos del «despotismo ilustrado», que halagan al pueblo despreciando su fe (7).

Sobre este fondo continuo se destacan tres modalidades: 1) La Santa Sede, como los Cardenales Gomá y Pía, reafirma siempre su confianza en la fidelidad de Franco, aun en los momentos de preocupación, por ejemplo, ante la presión ideológica nazi sobre algunos sectores políticos, o de forcejeo diplomático, por ejemplo, en torno a la continuidad del viejo Concordato de la Monarquía (8). 2) La acogida a las indicaciones jerárquicas. Ya, en 1937, Pío XI agradece sus pruebas de filial devoción y, particularmente, la rápida y completa acogida al llamamiento del Papa respecto a la rendición de los vascos (9). Un Obispo revelará en 1975: «Cuando los Obispos teníamos alguna dificultad con la Administración, acudíamos a él, que la resolvía siempre a favor de la Iglesia» (10). Los Superiores de las Órdenes Religiosas, españoles o extranjeros, tenían al Pardo como uno de los lugares de confiada peregrinación (11). 3) Abogó siempre con benevolencia y discreción por la concordia en las relaciones Iglesia-Estado. Es significativo, entre otros, el incidente gubernamental con el Obispo Añoveros, en 1974: el Cardenal Tarancón atribuirá a Franco («a quien sinceramente queríamos y admirábamos») la solución pacífica del caso (12). El mismo Añoveros, pocos meses antes, al surgir una situación conflictiva en torno a unos sacerdotes complicados en la violencia, había propuesto a la Conferencia Episcopal una gestión ante el Jefe del Estado, manifestando que tenía «gran confianza en su genialidad, serenidad, eficacia aun ahora, y ponderación» (13).

En los últimos quince años del período, permaneciendo intacto el juicio de la Jerarquía, algunos sectores eclesiásticos, promotores de cambio político, envolvieron a la persona de Franco en silencios o veladuras. La actitud de Franco no varió: «Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso ni siquiera el agradecimiento» (diciembre 1972) (14).

Notas:

  1. Ver homilía en «Boletín Oficial del Obispado de Cuenca», 1976, págs. 360 y sigs., y las mencionadas en nota 18. Es conocida la devota participación y la confesión de fe en unión con el pueblo, ante la Eucaristía, la Virgen María, el Apóstol Santiago… (Sobre el Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, 1952, Suárez, Franco, V, pág. 93.)

Hay testimonios e intervenciones ante la Santa Sede, avalando la confianza en Franco y en la orientación católica del Gobierno, del Cardenal Gomá (incluso cuando en 193940 aumentaba el recelo por la amenaza de penetración nazi, y algunas formas de censura afectaron a una Pastoral suya); del Cardenal Pía y Deniel, sucesor en Toledo; del Nuncio Apostólico. El mismo Vaticano no oculta, durante las discusiones en torno al viejo Concordato (año 1940), su confianza en la catolicidad fiel de Franco, aumentada porque, mientras Alemania arrollaba a Polonia y a Francia, él demostró que no era pescador de río revuelto, sino fautor de paz. Cf. Suárez, Franco, III, págs. 75 y sigs., 87, 269; IV, 428. Y cf. Antonio Marquina Barrio, La diplomacia vaticana y la España de Franco (19361945), Instituto Enrique Flórez, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1983.

  1. En lo internacional, la Santa Sede contó siempre con el apoyo de España para las causas que aquélla patrocinaba, por ejemplo, la internacionalización de’Tos Santos Lugares de Palestina. Franco protegió a innumerables judíos perseguidos en territorios ocupados por Alemania, en los años 1942 y siguientes, y salvó numerosas vidas dándoles acogida provisional y libre paso por España. Fue España la única nación que emprendió una operación de salvamento de judíos, que benefició a no menos de 46.000, lo cual impresionó justamente a la opinión católica norteamericana. Cf. Suárez, Franco, III, págs. 380385, 535 y sigs. Hay que registrar también los indultos especiales concedidos por complacer al Papa o a petición de éste (ibídem, IV, pág. 429, para el Año Santo 1950, y otras ocasiones.)
  2. «Boletín Oficial del Obispado de Vitoria», diciembre de 1975, páginas 482483. Consideraba con especial atención las peticiones de Obispos que tuviesen intención social (Suárez, Franco, IV, págs. 304305). Velaba por el buen nombre de la Iglesia. No dejó airear situaciones o conductas, aunque le pudiesen servir como arma política (casos notables, documentados en Suárez, Franco).
  3. Suárez, Franco, III, págs. 8790, y los boletines de las Ordenes y Congregaciones. Solicitud por los monasterios de clausura, ibid., IV, pág. 430.
  4. Así lo ha manifestado, más de una vez, en Televisión. Elogio del amor de Franco a Dios y a España, y afirmación «a quien sinceramente queríamos y admirábamos», homilía del Cardenal Tarancón corpore praesente en El Pardo, 20 de noviembre de 1975 («Boletín Oficial de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá», 1 y 15 de diciembre de 1975, págs. 801802).
  5. Palabras dichas el 30 de noviembre de 1973 en la Asamblea Plenaria del Episcopado, según apunte autógrafo tomado por el autor.
  6. Palabras de Franco en el Mensaje de fin de año de 1972. A las transcritas precedieron las siguientes: «Nuestro Gobierno, acorde con los sentimientos católicos de la casi totalidad de los espafiol.es, ha mantenido invariablemente a lo largo de más de siete lustros su actitud de respeto y cooperación hacia la Iglesia. Todo cuanto…», etc.