Obra Cultural

martin-lutero_1347x2000_d252f759Un buen día alrededor de 1958, encontré a un buen amigo por las calles de Barcelona. Estos encuentros no son frecuentes en las grandes ciudades, y quizá por ello, se aprovechan para charlar: no se sabe cuándo vamos a volver a encontrar a nuestro amigo, que en ocasiones -como sucedía en este caso-, vive incluso cerca de nuestra casa. Mi amigo sacó el tema de los anticonceptivos (¡la píldora!). Entonces todavía era una novedad. Se pensaba, en general, que moralmente «estaba mal». Mi amigo afirmó: «de todos modos, si uno quiere encontrar un cura que le diga que no es pecado, siempre puede encontrarlo: es cuestión de empeñarse». Sin duda, la picaresca ha existido siempre. Pero el pícaro sabe lo que hace: busca lo que le interesa, y lo hace a sabiendas.

No hay nada más personal que la religión, puesto que la comunicación de cada hombre con Dios es algo íntimo en lo que nadie puede sustituir a otro. Pero, al mismo tiempo, la relación personal con Dios se basa en unas verdades (el conocimiento que se tiene de todo lo referente a Dios), y conduce a una moral. Si uno se equivoca sin culpa suya en su conocimiento de Dios y de la moral, puede a pesar de todo realizar acciones meritorias con la ayuda de la gracia de Dios; si la equivocación es culpable, las relaciones con Dios quedan falseadas desde su raíz.

En la actualidad, existe un cierto número de católicos cuyas creencias no se ajustan plenamente a la doctrina que enseña el Magisterio de la Iglesia. La culpa que pueden tener sólo Dios la puede juzgar: los hombres ni debemos ni podemos juzgar estas cuestiones, que están reservadas al Dios que conoce lo más íntimo de los corazones.

De la picaresca al desconcierto

Desde 1958 han pasado algunos años. La fe y la moral de la Iglesia no han cambiado. Más aún: existen muchos documentos del Magisterio de la Iglesia, que se han elaborado en estos años, sobre los temas más variados (también sobre la «píldora»), de modo que la doctrina de la Iglesia está bien clara. Sin embargo, en la práctica, muchas cosas pasan como si la doctrina no estuviera clara. No hace falta buscar, como el pícaro, un cura «atrevido» que autorice una opinión o una práctica en contra de la doctrina oficial de la Iglesia: uno encuentra con facilidad predicaciones o escritos de personas aparentemente autorizadas que sostienen esas opiniones.

¿Quién tiene razón?

El problema se hace más grave si se considera que, con cierta facilidad, las distintas posturas se atribuyen a tendencias que se etiquetan con títulos con fuerte carga emotiva. Por una parte, estarían los «conservadores» o «tradicionalistas», partidarios del orden establecido, inmovilistas, enemigos de los cambios y de las corrientes novedosas. Por otra los «progresistas», más audaces, que intentarían poner al día a la Iglesia de acuerdo con las nuevas circunstancias de la vida actual. Hasta los Papas y los Obispos (e incluso los diversos documentos de un mismo Papa y Obispo) vienen etiquetados de esta manera, con lo que el Magisterio de la Iglesia, punto seguro de referencia para la fe y la moral, parece perder ese carácter de referencia segura para los cristianos.

No puede negarse que el problema es serio. Si, ante una determinada cuestión, se argumenta en base a documentos del Magisterio de la Iglesia, uno puede encontrarse con la respuesta: «usted lo ve así, pero hay otros cristianos, otros grupos, otros sacerdotes, que lo ven de otra manera»; o bien: «sí, pero hay que interpretar esos documentos, y hay quien los interpreta de otro modo». Efectivamente, toda palabra y todo texto requiere una «interpretación», sin la cual no serían más que unos sonidos físicos o un conjunto de signos materiales. Sin embargo, parece que las interpretaciones tienen unos límites más allá de los cuales son arbitrarias.

Ser consecuentes

Es una lástima que los hombres no siempre seamos consecuentes con las buenas ideas que tenemos. No es fácil ser consecuentes hasta el final, porque suele llevar a situaciones incómodas.

Ahora bien: cuando se quiere examinar, en asuntos de religión, qué postura es la correcta, es necesario sacar las consecuencias lógicas de cada una de las posturas que se juzgan, aunque sus partidarios no lleguen de hecho a admitir todas ellas. No hay otro camino para ver quién tiene razón. Pongamos un ejemplo: un cristiano dice que, para él, no es necesario confesarse con un sacerdote: es el ya tópico «yo ya me confieso directamente con Dios, y no veo la necesidad de decir mis pecados al cura». Si se le dice que el Magisterio de la Iglesia enseña la necesidad de la confesión con el sacerdote, normalmente dirá que él no está de acuerdo. Entonces se le puede decir: si no admites el valor del Magisterio en esta cuestión, que es una verdad de fe, estás negando el valor del Magisterio de la Iglesia en general, y ya no se sabe por qué admites otras verdades de la fe: ¿por qué crees que Jesucristo está presente en la Eucaristía?, ¿por qué vas a Misa?, ¿por qué comulgas? Si fueras consecuente, tendrías que dejar de ir a Misa, de comulgar, de hacer caso al Papa o a los Obispos, de creer en lo que dice el Credo. Si esa persona contesta: «esto es exagerar, no hay que tomarse las cosas en un plan tan extremista», habría que decirle que eso no es ninguna exageración, sino simplemente ser consecuentes con su postura.

En realidad, si no se admite el valor del Magisterio de la Iglesia, o se recorta interpretándolo según las propias opiniones, se llega a consecuencias muy serias. Habría que afirmar que la Iglesia se ha equivocado muchísimas veces, en temas importantes para la salvación, en sus enseñanzas oficiales, y que se sigue equivocando: en efecto, esas enseñanzas insisten claramente, a lo largo de muchos siglos (desde los comienzos de la Iglesia hasta ahora), en que hay que aceptar con fe sobrenatural todo cuanto el Magisterio propone como revelado por Dios. Si la enseñanza oficial de la Iglesia fallara de modo tan estruendoso, la fe y la moral cristianas quedarían únicamente en manos de las interpretaciones personales de cada uno, y sólo el propio criterio permitiría afirmar algo como cierto. Al faltar un criterio objetivo, habría que admitir que el cristianismo se reduciría a un impulso religioso general, que las diversas personas interpretarían y aplicarían de formas muy diversas.

El fondo y las formas

Efectivamente, parece que esto es lo que algunos afirman. «Lo importante -viene a decir- no son las formas, las manifestaciones concretas de la vida religiosa, sino el fondo, la buena fe de actuar en conciencia ante Dios». Las «formas» serían los dogmas de fe, las normas concretas de la moral, los preceptos de la Iglesia.

Pero entonces, siendo consecuentes, habría que admitir que ya no se cree en el cristianismo tal como lo ha enseñado siempre y lo sigue enseñando la Iglesia. Quien piense así ya no conserva del cristianismo más que un cierto barniz, que puede mezclarse al mismo nivel con las cosas que se encuentran aceptables en otras religiones. Lo dicho hasta ahora puede resumirse en algo muy simple: es contradictorio que uno pretenda crearse «SU» propio cristianismo, al margen de la fe de la Iglesia, expresada solemne y repetidamente en las enseñanzas del Magisterio. Evidentemente, existen «formas» secundarias, en las que diversos cristianos pueden encontrar su camino de la forma más adecuada a su personalidad y circunstancias. Pero estas formas secundarias (modos de organizar la acción apostólica, manifestaciones concretas de la piedad, etc.), han de estar dentro de los límites de la fe y la moral de la iglesia, sin confundirse con las «formas» que afectan a lo esencial (como la necesidad de la confesión personal de los pecados mortales, o la fe en las verdades definidas como dogmas por el Magisterio).

La conciencia también depende de nosotros

Las reflexiones anteriores se centran alrededor de un tipo de conducta: la del cristiano que pretende fabricarse un cristianismo que, de un modo y otro, esté en desacuerdo con lo que enseña el Magisterio de la Iglesia. Quizás, al final, esa persona acabe apelando a su cociencia, diciendo: «yo no puedo ir contra mi conciencia; si no creo en la confesión, sería un hipócrita si me confesara» (por supuesto, en vez de la confesión, cabe poner en la frase anterior otra cosa o varias juntas). Es cierto que hay que seguir la conciencia. Pero no es menos cierto que la conciencia es algo serio, que no debe confundirse con una opinión superficial o con un estado de ánimo. Un cristiano que abandona la oración, o los sacramentos, o la preocupación por los demás, fácilmente llegará a tener una conciencia relajada (por culpa suya). Esa conciencia necesita ejercicio para ir adquiriendo nuevo vigor. Hay que ir poniendo, por obra, las virtudes cristianas, sin esperar a estar en forma de un modo perfecto: la buena forma se irá adquiriendo -con la ayuda de Dios- combatiendo el abandono. Se ha dicho que quien no actúa como piensa acaba pensando conforme él su actuación. La apelación a la conciencia puede servir como tapadera del abandono. Si uno, examinando su vida, comprueba que primero ha habido diversos abandonos, y después han venido las «teorías», tiene una señal suficientemente clara de que en su conciencia estarán mezcladas la verdadera conciencia y una oscuridad culpable que debe combatirse.

Jesucristo nos ha prometido que «la verdad os hará libres». Quien se fabrica «su» religión, a la medida de sus deseos, se aparta de la verdad, y cae preso de sus pasiones; además será incapaz de dar a otros una luz que no tiene. Quien lucha sinceramente por aceptar y vivir la doctrina de Cristo, que Él mismo confió a su Iglesia para que la transmitiera a lo largo de los siglos, habrá de renunciar a sí mismo.

Mariano ARTIGAS

«NADIE PUEDE ENTRAR EN LA GLORIA, SI NO PASA POR MARÍA, QUE ES SU PUERTA», dice San Buenaventura. Una forma de pasar por esta puerta es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS, que son estrellas de salvación eterna.