Obra Cultural

John Paul II and Fr. Ernesto Cardenal, S.J.No hay ninguna teoría, por errónea que sea, que no tenga algún elemento de verdad; no hay hombre alguno, por equivocada que sea su actitud, a quien no le mueva algún sentimiento altruista y noble. Escribo esto a propósito de aquella teología de la liberación acerca de la cual la Santa Sede ha dado una seria llamada de atención a los obispos, teólogos y fieles iberoamericanos, porque en ella se da objetivamente una penetración peligrosa del marxismo, y un vaciamiento casi total de los principios sobrenaturales cristianos.

Cristianos impacientes

Las afirmaciones anteriores las he hecho también a propósito de los autores y seguidores de dicha teología. Algunos cristianos, en efecto, motivados por la urgencia del apostolado social, y por un noble sentido de indignación ante hechos y situaciones injustas, pero débiles en la fe, impacientes y poco asentados en el amor de Dios, han sido «tentados a poner el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, de tal manera que parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y por ello no se le atribuye la importancia primaria que le es propia. La presentación que proponen de los problemas resulta así confusa y ambigua. Además, con la intención de adquirir un conocimiento más exacto de las causas de las esclavitudes que quieren suprimir, se sirven, sin suficiente precaución crítica, de instrumentos de pensamiento que es difícil, e incluso imposible, purificar de una inspiración ideológica incompatible con la fe cristiana y con las exigencias éticas que de ella derivan» (Instrucción sobre algunos aspectos de la «teología de la liberación», intr.). Sin quererlo, esos católicos se han pasado al campo contrario. La equivocación que han cometido, según Frossard, ha consistido en que de los dos mandamientos se han quedado con el segundo, el amor del prójimo, y han olvidado el primero. Ellos, de buena fe, esperaban encontrarse con Dios en el prójimo, y se han encontrado con el Partido.

La tentación marxista

Pero podría preguntarse alguno: ¿Se puede afirmar realmente que se da una penetración ideológica marxista en la llamada Teología de la liberación? ¿No será que la Instrucción de la Santa Sede no ha dado en el clavo, y que lo que se conseguirá con ello es apagar los legítimos movimientos de liberación, haciendo así más injusta y opresiva la situación de los pobres en los países iberoamericanos? Antes de contestar estas dos importantes preguntas, conviene aclarar que la teoría marxista y su praxis son inseparables, puesto que para Marx la única teoría válida es la praxis revolucionaria: la lucha de clases. El materialismo ateo de los marxistas no se detiene en tratar de demostrar que Dios no existe: prescinde totalmente de Él y se entrega a una acción febril en la que no cuenta absolutamente ningún motivo religioso.

Con relación a la primera pregunta, veamos qué es lo que dicen los autores más destacados de la teología de la liberación: Creo que bien merece la credibilidad que otorgamos, que debemos otorgar a todo hombre que quiere presentarnos su mensaje. Todos los tratadistas están de acuerdo en que el representante principal de la teología de la liberación es el peruano Gustavo Gutiérrez. A él se recurre para la participación y aún la presidencia de muchos congresos y reuniones de los grupos afines a ella. Gutiérrez ha subrayado siempre no sólo la importancia de la lucha de clases, sino su primacía. Así, por ejemplo, en el Encuentro de 1972 en El Escorial, donde se dieron cita la mayor parte de los autores de la teología de la liberación, J. Comblin, autor muy conocido, afirmó que en América Latina «en forma general, se usa el marxismo como instrumento al servicio de un movimiento nacionalista» y que «en caso de conflicto entre el sentimiento nacional y lucha de clases, el nacionalismo siempre es el más fuerte». Gustavo Gutiérrez reaccionó con energía ante esa afirmación señalando que «únicamente un análisis de clase permitiría ver lo que realmente está en juego en la oposición entre países oprimidos y pueblos dominantes» (G. Gutiérrez, Evangelio y praxis, pág. 240). Es decir, que, según él, la praxis marxista no es simplemente un instrumento más o menos importante, sino el único camino.

Una relectura del Evangelio

Tanto el hombre individual como la sociedad misma tiene ansias de liberación. La Redención que Cristo, Dios y Hombre verdadero, nos trajo supone precisamente la liberación del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna, y una reconciliación con Dios. El Mandamiento Nuevo del amor fraterno es, además, la fuerza liberadora más formidable que existe. Sólo este amor, a Dios y al prójimo en Dios, que es el distintivo del verdadero cristianismo, puede llevar a superar el egoísmo personal y colectivo, y llevar a un cambio de estructuras que asegure un orden social más acorde con la dignidad de la persona humana y sus derechos. Esa es la enseñanza básica del Evangelio: amor a todos, con una dedicación mayor a los pequeños, a los enfermos y a los pobres. Sin embargo, la llamada «opción por los pobres» que anuncia la teología de la liberación es más bien una opción de clase, una sustitución de los pobres por la «clase proletaria» que, según los postulados comunistas, es personificada y representada legítimamente por el partido comunista. Pero además se sustituye la fe y la esperanza cristianas por una fe en las predicciones y análisis de Marx que, por cierto, hasta ahora han resultado todos fallidos. Se busca un paraíso utópico aquí en la tierra, en vez de promover el Reino de Dios que, aunque no es de este mundo, se inicia ya en él. Reino que tiene una ley que asegura una convivencia de paz y justicia como ningún otro sistema puede asegurar.

Todos los errores y herejías en teología han consistido en aplicar mal, de modo distorsionado, los principios cristianos a la realidad o a las doctrinas humanas. La teología de la liberación, sin embargo, no se propone simplemente hacer una aplicación de los principios revelados cristianos, sino que pone en cuestión el mismo sentido del cristianismo, mediante una «relectura» de la Sagrada Escritura que, conservando de ella las palabras bíblicas, las cambia de significado totalmente. Así, la Iglesia deja de ser una institución divina, con una misión sobrenatural, para convertirse para ellos en un simple grupo de presión, cuya misión es esencialmente la lucha de clases. Si la Iglesia no se vuelca en ella, dando ejemplo de acción revolucionaria frente a las demás instituciones, ha de ser odiada y combatida porque «cuando la Iglesia rechaza la lucha de clases se está comportando objetivamente como una pieza más del sistema operante (opresivo)» (Gutiérrez, ibid.). Cristo mismo, cuya Encarnación es el dogma básico de nuestra fe, deja de ser Dios y se convierte simplemente para la teología de la liberación en un revolucionario. Los «Cristianos para el Socialismo», uno de los grupos partidarios y seguidores de dicha teología, hablan de Cristo como del «subversivo de Nazaret». La relectura que proponen lo presenta como un ajusticiado a causa de su agitación política, ignorando que su entrega en la Cruz fue plenamente voluntaria, para librarnos del pecado, y que nunca aceptó la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas (cfr. Mt 22,21; Me 12,17).

El mito que agrava las injusticias

En cuanto a las posibilidades de promoción humana, que la teología de la liberación se propone como objetivo a través de la praxis marxista, hay que tener en cuenta que ésta es totalmente contraria a las reformas y mejoras de los pobres; quiere, mediante la acción revolucionaria, suplantar absolutamente el orden establecido, acelerando esa subversión mediante el odio de clase. Sólo después de ella aparecerá la sociedad sin clases que, según el materialismo histórico marxista, es el último estadio de la evolución social y será una época feliz en la tierra. No sólo desconocen lo que es la naturaleza humana -una lectura de la parábola ya clásica Rebelión en la granja, de George Orwell, en este su año, les iría muy bien- sino que cierran sus ojos ante la experiencia más elocuente: «Un hecho notable de nuestra época debe ser objeto de la reflexión de todos aquellos que quieren sinceramente la verdadera liberación de sus hermanos. Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. No se puede ignorar esta vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad, se mantiene a naciones enteras en condiciones indignas del hombre. Quienes se vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan a los pobres que intentan servir» (Instrucción, nº 10). La lucha de clases es un mito que agrava las injusticias y la miseria.

Dr. Ignacio Segarra, pbro.

«MARÍA, MI MADRE, AL PIE DE LA CRUZ, Y YO QUIERO ESTAR JUNTO A ELLA. ¿PUEDO VIVIR DE ESPALDAS A LA CRUZ? CON EL EJEMPLO DE ELLA, ¿PUEDO DEJAR DE AMAR MI CRUZ?», escribía la insigne educadora Josefa Segovia. En la vida siempre hay penas y dificultades, pero con María se soportan. Recemos cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.