Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (9)

Hispanoamérica - Cortes y Moctezuma“Las misiones españolas, cuyos beneficios han sido a menudo demasiado celebrados, no eran tampoco tiernas para con estos pueblos”.

(Cita a Pablo Marcoy): “Los catecúmenos (de las misiones peruanas), sobrecargados, mal alimentados y azotados con rigor, morían como moscas. Para compensar este déficit y tener siempre completa la nómina de su población cristiana, los Reverendos Padres de Jesús enviaban, en una embarcación, armada como para la guerra, a religiosos y soldados a pillar -la palabra es violenta, pero perfectamente adecuada- las orillas del Amazonas y las misiones fundadas por sus correligionarios y rivales del Brasil… Terminada la campaña, la expedición naval regresaba entonando cánticos, y los prisioneros, capturados en nombre de Cristo, eran repartidos entre los despoblados villorrios”.

(Hablando de las Reducciones): “En el fondo, para los Padres se trataba más bien de ganar dinero que de salvar almas. Su negocio era ilícito a más no poder, y, so color de religión, traficaban sagazmente con el trabajo de millares de criaturas, sistemáticamente mantenidas en la ignorancia, en la miseria, y, además, odiosamente fanatizadas… Gracias a este sistema de producción, particularmente económico, estos piadosos industriales eran capaces de expender las cosechas a precios bajísimos; así, mataban a su alrededor todo comercio, y los pueblos vecinos, impotentes para mantener la competencia, abandonaban los cultivos y los trabajos, sufrían y se exasperaban”.

(Cita a Famin): “Los jesuitas, que en sus memoriales a la Corte de España, así como en los libros impresos, hablaban con entusiasmo de la salvación de las almas de aquellos pobres indios, y de la felicidad de ganar para la civilización aquella raza salvaje, en realidad no se movían sino por intereses puramente terrestres; y, por lo que toca a la educación que pretendían dar a sus neófitos, ésta se limitaba a capacitarlos para trabajar en provecho de la Orden. Así, después de ciento cincuenta años de cultura, la familia de los guaraníes se encontró más o menos en el mismo grado de barbarie que antes”.

En resumen, la opresión, la violencia, el espíritu rapaz eran la ley común en las colonias españolas; y no solamente fueron los indios los que encontraron demasiado duro el yugo; los mestizos eran tan desgraciados como ellos, y aun entre los españoles de pura raza, sólo eran bien considerados los de alguna categoría social, y las personas de Iglesia. Aplastar a los colonos con impuestos, oprimirlos con humillaciones y mantenerlos en la ignorancia, tal fue la política de España. “No conviene -se decía- enseñar a los criollos más que la doctrina cristiana, a fin de que permanezcan sometidos”.

“Antes de juzgar severamente a estas naciones tan turbulentas (Hispanoamérica), y aún inexpertas en su mayoría, hay que darse cuenta del estado de ignorancia en el cual España había mantenido a sus tributarios, de los apuros financieros que les habían legado, de los gérmenes de fanatismo que sus inquisidores depositaron en el pueblo, de la turbación de espíritus, rebajados por una tan larga opresión o poco hechos aún al ejercicio pacífico de la libertad.

Con la llegada de los conquistadores comienza para los americanos la serie de matanzas y persecuciones: exterminio de tribus, explotación implacable de los vencidos, destrucción de civilizaciones indígenas, oscurantismo clerical, despotismo administrativo, aislamiento económico: he ahí las únicas palabras que pueden caracterizar la civilización europea importada por los españoles y portugueses.

En total, que los americanos han sabido sustraerse a las diferentes tiranías que les habían sido impuestas por sus amos a partir siglo XVI, y se han transformado en estados modernos bajo la forma de repúblicas, siguiendo las indicaciones políticas que se desprendían a sus ojos de la historia de los Estados Unidos y de las doctrinas políticas liberales profesadas en ese país, como en Inglaterra y en Francia”.

San Juan Pablo II: “Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica”. (Zaragoza 10-10-1984)