Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (10)

Hispanoamérica - Catedral de Santo DomingoLos textos aducidos a lo largo de este capítulo son bastante significativos por sí solos. Hubiera sido fácil citar otros muchos de parecido contenido e igual desapasionamiento y objetividad. Basten esos sencillos fragmentos, que nos han ofrecido ya “una imagen caricaturesca” de toda una hazaña misionera y civilizadora.

¡Qué razón tenía el sabio Pontífice León XIII cuando exclamaba: “El arte de la Historia en estos tiempos no parece ser sino la conjura de los hombres contra la verdad”!

Pero lo más lamentable es que la calumnia no se ha parado en los libros. Como suele suceder en estos casos, el largo estudio de la obra científica ha sido adaptado al público por la revista, y divulgado por el periódico callejero. Si preguntamos a la masa de ciertos países qué opinión tienen de la conquista y colonización de América, el fondo de su respuesta coincidiría muy a menudo con los locos ditirambos de Fray Bartolomé de las Casas o de la señora Clemencia Jacquinet; o con los refinados sofismas de Lastarria o Samper, caso de tratarse de personas algo cultivadas.

No lo dudemos, la Leyenda Negra forma, aún hoy día, el fondo ideológico de la opinión pública en grandes sectores de Europa y América. La masa amorfa, siempre falta de crítica personal, engulle sin inmutarse las mentiras más inverosímiles sobre la sin par obra de colonización cristiana.

Pero causa de mayor lástima es que, en general, los intelectuales no reaccionan lo suficiente -ni siquiera en el campo católico- contra este parto de la falsa ciencia.

No pocos autores católicos -y aun algunos de ellos sacerdotes-, sin atreverse a desfigurar abiertamente los hechos, acuden al argumento del silencio, liquidando en tres o cuatro líneas insulsas una gesta misionera, única en la Iglesia Católica, que merecería ser celebrada con grandes elogios. Estos autores, en lugar de sacar partido de esta gloriosa epopeya católica, para enaltecer -como buenos hijos- a su propia Madre, la Iglesia, optan por omitir tamaña conquista apostólica.

Circulan por esos mundos -y más de una ha caído en nuestras manos- historias eclesiásticas en que, al tratar de las misiones católicas, no se habla en absoluto de este singular capítulo de la conversión de América. De esta manera, dejan en un pasmoso y hasta ridículo incógnito el origen católico de los numerosos pueblos que habitan desde Texas y California hasta la Tierra del Fuego.