Venerable Madre Teresa de la CruzTeresa Candamo Álvarez Calderón, nació en Lima el 19 de agosto de 1875. Era la segunda de los seis hijos de Manuel Candamo, Presidente de la República del Perú (1903-1904) y de Teresa Álvarez Calderón, padres profundamente católicos.

Fue bautizada en la “Parroquia del Sagrario” de Lima, a los ocho días de nacida; y fue confirmada siendo aún muy pequeña.

En su más tierna edad, ya daba indicios de un corazón muy sensible y compasivo, con tendencia a la piedad, cultivada cuidadosamente por su madre.

Poseía además, de una inteligencia brillante, habilidades para el teatro, el bordado, el dibujo y la pintura. Cultivó el canto y la música. Escribió también hermosas poesías, todas dedicadas al Señor y a la Santísima Virgen. Demostró gran afición por la lectura y por el estudio.

Recibió su primera educación con maestros particulares, ingresando posteriormente al Colegio de las Religiosas del “Sagrado Corazón” destacando por su buena conducta y sobresaliendo en los estudios. Se formó en esa piedad sólida y seria, sintetizada en la máxima favorita de Santa Magdalena Sofía Barat: “El deber ante todo, el deber siempre”. Tuvo especial devoción a la Santísima Virgen y se consagró como Hija de María. Dejó el colegio al final del año 1892, llegando a obtener “la Cruz de la Sabiduría”, premio que ofrecían las Hermanas religiosas a las alumnas sobresalientes.

Tras la muerte de su padre, la familia viaja a Europa. En ese ambiente, la joven Teresa, fue descubriendo la llamada divina, ella misma nos dirá: “Un año después de la muerte de mi padre llegamos a París. Todas las mañanas íbamos a Misa…, allí, delante del Tabernáculo, y no sé si después de comulgar, tuve por primera vez el conocimiento absolutamente claro de que el Señor me pedía mi amor para Él”. Así, a través de claros signos de la intervención divina, ella fue aclarando la idea de la vocación religiosa en su alma hasta que, como ella nos cuenta: “Era Alassio un pueblecito muy pequeño, pero tenía una iglesia y un convento de P.P. Capuchinos donde íbamos todas las tardes al rezo del Rosario, y una Catedral en cuyo altar principal lucía sólo un gran Crucifijo. Un día que entré allí, al mirarlo comprendí que me decía: Si buscas Ideal; aquí tienes; si quieres Amor, aquí tienes; si quieres Modelo, aquí tienes”. De esta profunda experiencia de encuentro con Cristo Crucificado, comprendió que allí estaba simbolizada su verdadera vocación.

Esta experiencia de la llamada divina, la compartía con su hermana María, quien también había recibido la invitación a consagrar su vida al servicio de Dios, renunciando a sus bienes y a todos los beneficios de que gozaban al pertenecer a la alta clase social de Lima.

Regresan al Perú, con esta verdad en sus almas; Teresa intensifica su vida contemplativa y, al mismo tiempo comienza a dedicarse con gran celo a las obras de apostolado, sobre todo en la Catequesis, labor que empieza a desarrollar, juntamente con su hermana María, en la Parroquia del Sagrario, de Lima. Allí, va descubriendo las necesidades espirituales de su país y poco a poco, con la presencia de nuevas jóvenes que comparten sus mismas inquietudes y anhelos de servicio, en una vida de entrega a Jesucristo, ella va comprendiendo que el Señor le pide la fundación de una Obra al servicio de la Iglesia y de los más necesitados. Junto con esta verdad que el Señor le da a conocer, surge también el periodo de sufrimiento, persecución y constantes humillaciones, con el cual Nuestro Señor iba a coronar su Obra, nacida de la Cruz. Así, después de innumerables dificultades, humillaciones y persecuciones y después de doce años de espera, nace en Lima, el 14 de setiembre de 1919, la Congregación Canonesas de la Cruz, Instituto Religioso dedicado al servicio de Dios, de la Iglesia y sus Pastores, y especialmente de los hermanos más pobres, en los trabajos de Catequesis y Liturgia, preferentemente en las Parroquias más necesitadas. En 1931, la Venerable Madre Teresa de la Cruz, funda también la “Asociación de la Cruz”, asociación de fieles laicos que participan de nuestro carisma, para alcanzar su santificación y para ayudar en la pastoral de la Congregación.

Caminamos ya hacia el centenario de nuestra Fundación y la Obra que nuestra Madre Fundadora inició, bajo la sombra de la Cruz de Cristo, sigue empeñada en la misión de llevar el mensaje del Evangelio, del Cristo Crucificado que libera y salva al hombre y lo llena de esperanza al descubrir que Él, que surge victorioso de la muerte, nos ofrece la vida nueva de la Salvación.

Tras una vida de generosa entrega a Dios, a sus hijas religiosas y a los más necesitados, los pobres, y dejando innumerables ejemplos de Caridad, de servicio desinteresado, de amor a Dios y a sus hermanos en Cristo, Teresa de la Cruz, “la confidente de los pobres”, como así la llamaban, entrega su alma a Dios el 24 de agosto de 1953, a la edad de 78 años. En su lecho de muerte y al aumentar sus dolores, pronunció claramente, en presencia de los sacerdotes que la rodeaban, estas palabras: “Por las almas, por mi Congregación, por los Párrocos del Perú y de todo el mundo”, haciendo así la última ofrenda de su vida. Por su fama de santidad, atestiguada por sus hijas y por tantos que tuvieron la alegría de conocerla y de palpar la obra que Dios había hecho en su alma, en 1980 se introdujo, en Roma, la Causa de Beatificación.