Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesús entra en Jerusalén con palmasEl evangelista San Lucas, narra la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén (Lucas 19, 35-40): Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus mantos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre él. Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y gloria en las alturas”. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Y respondiendo, dijo: “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras”.

La Semana Santa se inicia con el domingo de Ramos. Jesús, que se había escondido cuando las multitudes querían proclamarlo Rey, permite ahora que le lleven triunfalmente la gente sencilla y humilde de los entornos de Jerusalén. Acepta ser proclamado públicamente como el Mesías prometido y como Rey. Cinco días después lo clavarán en su trono de la Cruz, en el Calvario.

Cristo entra triunfante en la Ciudad Santa, para sufrir y morir por la salvación de todas las almas, porque es el rey de Israel y de todas las naciones de la tierra. Jesús dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón. Y ahí está, sobre un pollino, humilde y manso, dejándose alabar por niños y ancianos.

San Buenaventura exclamaba; “¡Oh Jesús! Te contemplo en tu entrada triunfante en Jerusalén; previendo la enorme muchedumbre que había de salir a tu encuentro, te montaste sobre un jumentillo. Me confundo al verte tan humilde en medio de los aplausos del pueblo que cortaba ramas de árboles y alfombraba el camino con vestiduras. Mientras las gentes cantan himnos de alabanza, Tú, lleno de compasión, lloras sobre Jerusalén…”

Parece que, con su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús quiere decirnos con qué alegría va a sufrir por nosotros. A veces, la previsión de unos sufrimientos, nos hace abandonar el apostolado o la mortificación. Pidamos al Señor la fortaleza que necesitamos para sufrir por la salvación de las almas.

Los exegetas aducen tres causas de la entrada de Jesús en Jerusalén en la forma que lo hizo:

1ª. El cumplimiento de las profecías.

2ª. Dejarnos un ejemplo de humildad y mansedumbre.

3ª. Afirmar su realeza al modo predicho por los profetas al llegar su hora. Jesús se deja aclamar y honrar porque se trataba de la gloria de Dios, su Padre celestial, no de la suya.

Jesús dijo a sus enemigos: “Si estos callan gritarán las piedras”. Gritemos el nombre de Jesús hasta que se conmuevan los cimientos de la democracias ateas y los comunismos antiteos ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina! ¡Viva San José!

En su meditación del Rey eternal, San Ignacio dice que Cristo nos llama: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos y así entrar en la gloria del Padre”. Porque “Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (1ª Tim 2, 4).

Si vivimos en pecado mortal, somos enemigos de Dios. Por esto, lo primero que debemos hacer, es vivir siempre en gracia de Dios, reconquistarnos para Dios. Y después militar en el ejército de Cristo Rey para salvar muchas almas. La empresa no puede ser más noble y trascendental: el Reinado Social de Cristo en la tierra y la salvación eterna de las almas en el Cielo. Ha luchar contra nuestros enemigos: el mundo, el demonio y la carne.