Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Institución de la EucaristiaEn la cena pascual, la Última Cena del Señor, cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los Apóstoles con él y les dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”. Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. (Lc. 22, 14-20).

Jesús instituye el sacramento del amor, la Eucaristía, para quedarse siempre con nosotros. Para alimentar nuestras almas y divinizarlas con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. La Cena del Señor, la Cruz del Calvario y la Santa Misa son un mismo Sacrificio. El sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre, para la salvación de todos los hombres.

Jesús dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. Nuestro amor le hacía desear que llegará la hora de su pasión. Y, en momento tan solemne, los Apóstoles disputaban sobre quién de ellos era el más importante. Al darse cuenta, Jesús les dice: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores” (Lc. 22, 25). Y Judas Iscariote le Traicionó.

San Pedro no quería que Jesús le lavará los pies. “entonces no serás amigo mío”, le dice el Señor. “Maestro, no solo los pies también las manos y la cabeza”. La obediencia de San Pedro, fortaleció la amistad con Jesús. Cristo, al instituir la Eucaristía, dice a los Apóstoles: “haced esto en memoria mía”.

Y en la Eucaristía quedó Jesús para siempre; ya había dicho: “Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tendréis parte conmigo”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Comamos la carne y bebamos la sangre de Cristo diariamente. Ya sabemos que no nos lo merecemos, con San Agustín digamos a Cristo “¡Oh señor, Señor! La casa de mi alma es pequeña y estrecha, para que tú vengas a ella; ensánchala Tú. Está en ruinas; levántala Tú. Hay en ella cosas que ofenden a tus ojos: yo lo sé y lo confieso. Pero ¿Quién podrá limpiarla? ¿A quién si no a ti podré decir: límpiame, Señor, de los pecados ocultos?”.

“Con la Misa se tributa a Dios más honor, que el que pueden tributarle todos los Ángeles y Santos en el Cielo. Puesto que el de éstos, es un honor de criaturas, más en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un Honor Infinito” (San Alfonso Mª. de Ligorio).

Con razón decía San Bernardo: “Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios, que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres”.

“Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito” (El Santo Cura de Ars).

Santa Teresa suplicaba un día al Señor, le indicara cómo podría pagarle todas las mercedes que le había dispensado y le contestó “OYENDO UNA MISA”.