Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (1)
Desde que las tres carabelas de Colón desembarcaron en la isla de San Salvador hasta que América se independizó de la Madre Patria, por un espacio de más de tres siglos España misionera fue evangelizando y colonizando, con ímprobo esfuerzo, los inmensos territorios trasmarinos que Dios en su providencia quiso hacer depender de su Corona.
Se trataba de sacar de la incultura y de la barbarie a millones de seres humanos, sumergidos en atávicos vicios. Había que regenerar a todo un mundo, inyectando en sus venas -si se puede decir así- la religión revelada, única verdadera, y la pura cultura y civilización de la Europa cristiana del siglo XVI, que entonces brillaba en España con peculiar esplendor. Proceso larguísimo, descomunal empresa, cuya arduidad sólo adivinamos al examinar el paso difícil y lento con que avanzan las modernas misiones, a pesar de las facilidades que les proporciona el adelanto técnico de hoy día.
Varios siglos se han necesitado para que el conjunto de los pueblos nativos americanos haya llegado a la altura religiosa e intelectual propia de pueblos civilizados, y aun hoy día se continúa la obra de asimilación de las últimas tribus indígenas de América a la fe y a la cultura. La obra estaba todavía más incompleta cuando las ramas americanas se desgajaron del trono hispánico. Aquellas naciones habían alcanzado, es verdad, un grado relativamente elevado de civilización, pero desgraciadamente no poseían la estabilidad espiritual e intelectual que les permitiera vivir de vida propia y hacer frente al combate doctrinal que les aguardaba.
Si el estado cultural y social de América era todavía imperfecto cuando España retiró su influencia vital del Nuevo Mundo, se puede suponer que cuanto más retrocedamos en la historia de la colonización, los frutos ya maduros serán menos numerosos y, sobre todo, menos perceptibles. La titánica tarea de cimentar, consolidar y extender la civilización cristiana en aquellas playas de vida primitiva -obra que callada y abnegadamente realizaron misioneros y colonos- era difícil de ser captada con suficiente claridad mientras duraba el largo proceso de su desarrollo. Sólo después, cuando se ha visto todo un continente ganado definitivamente al cristianismo y a la civilización, y en esperanzadoras vías de progreso y de cultura, ha aparecido en toda su grandeza el sentido de la obra cristiana de España en América.
*La dulzura espiritual viene siempre por la Virgen.
Por fin las mujeres y los hombres podían dar rienda suelta a sus impulsos sin pensar en las consecuencias. El resultado directo ha sido que la mujer haya perdido el conocimiento y el control sobre su fertilidad, convirtiéndose así en un mero objeto de deseo para los hombres con el consiguiente aumento en el maltrato sufrido por mujeres. La Iglesia, que es madre, ya advertía del peligro que suponía el uso de la anticoncepción en la encíclica Humanae vitae. Allí Pablo VI advertía de que por el camino de la anticoncepción se acabaría perdiendo el respeto a la mujer, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegando a considerarla como un simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada.
*Los santos y los ángeles contempla el espectáculo del mundo. Nos están viendo, nos están protegiendo, interceden por nosotros.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 53-54). Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la Eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la Eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte.