Virgen de Fátima y Sor Lucia(…). En noviembre de 1943, Sor Lucía recibió de Mons. Da Silva la orden que ella esperaba de redactar el tercer Secreto, es decir, una orden formal.

Sin embargo, como ella temía todavía desobedecer a Nuestra Señora escribiéndolo, el obispo le recordó la apremiante recomendación que esta le había dado cuando marchó de Fátima en 1921, a saber, la de “seguir el camino indicado por su obispo”. Él le decía también: “Nuestra Señora no se enfadará. Si ella se apena, será por mi causa. Por lo que se refiere a Ud., bendecirá su humildad y su obediencia”.

(…). Durante el mes de diciembre, tomó la pluma cinco veces para redactarlo, sin llegar a hacerlo.

(…). (El día 19 escribió) a Mons. Da Silva: “¿Quién sabe si no es el demonio que quiere impedirme este acto de obediencia?”.

(…). No había Sor Lucía recibido respuesta de Mons. Da Silva, cuando la misma Virgen vino a darle la luz y la fuerza para escribir el Secreto, como ella misma lo ha contado en Mi Camino (autobiografía empezada el 13-1-1944 y que se convertirá después en su diario):

“Mientras esperaba la respuesta, el 3 de enero de 1944, me arrodillé cerca de mi cama que, a veces, me sirve de mesa para escribir, e hice una nueva tentativa, sin conseguirlo; lo que más me impresionaba era que, al mismo tiempo, podía escribir sin dificultad cualquier otra cosa. Pedía entonces a Nuestra Señora que me diera a conocer cuál era la Voluntad de Dios. Me dirigí entonces a la capilla; eran las 4 de la tarde, hora en la cual tenía la costumbre de visitar al Santísimo Sacramento, pues es la hora en que ordinariamente está más solo y, no sé por qué, prefiero encontrarme sola con Jesús en Tabernáculo.

Me arrodillé en el centro, cerca de la grada del comulgatorio y pedía a Jesús que me diera a conocer cuál era su voluntad. Habituada como estaba a creer que las órdenes de los superiores son expresión cierta de la voluntad de Dios, no podía creer que esta no lo fuera. Y perpleja, medio absorta, bajo el peso de una nube que parecía planear sobre mí, mi cara entre las manos, esperaba, sin saber cómo, una respuesta. Sentí entonces una mano amiga, tierna y maternal, que tocaba el hombro; alcé los ojos y vi a mi querida Madre del Cielo.

“No temas, Dios ha querido probar tu obediencia; quédate en paz y escribe lo que te piden, pero no lo que Él te ha dado a entender de su significado. Después de haberlo escrito, mételo en un sobre, ciérralo y lácralo, y escribe en su exterior que sólo podrá ser abierto en 1960, por el cardenal patriarca de Lisboa o por Mons. El obispo de Leiria”.

“Y sentí mi espíritu inundado por una misteriosa luz que es Dios, y en Él vi y entendí -la punta de una lanza como una llama que se desprende, toca el eje de la tierra- esta tiembla: montañas, ciudades, villas y pueblos con sus habitantes son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordan e inundan y arrastrando en un torbellino casas y gentes en número incalculable; es la purificación del mundo por el pecado en el cual está inmerso. ¡El odio, la ambición provocan la guerra destructora! Luego sentí, entre los latidos acelerados de mi corazón y mi espíritu, el eco de una voz suave que decía: “En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, santa, católica, apostólica. En la eternidad, ¡el Cielo!”. Esta palabra Cielo llenó mi alma de paz y de felicidad, de tal manera que casi sin darme cuenta, me quedé repitiendo durante largo tiempo: “¡El Cielo! ¡El Cielo!” Apenas se desvaneció la gran fuerza de lo sobrenatural, fui a escribir y lo hice sin dificultad, “el 3 de enero de 1944, de rodillas, apoyada sobre mi cama, que me servía de mesa”.

(Fr. François de Marie des Anges, Sœur Lucie, Saint-Parres-lès-Vaudes 2014, 287-289)

(Traducido del francés por Ramón Olmos Miró m.C.R.)