Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (4)

 Clemente VIII

Papa Clemente III - Bendiciendo monjas carmelitasPero entre los documentos de estas centurias merece especial mención la expresiva Bula de Clemente VIII Excelsa divinae potentiae.

Desde 1565, fecha en que un grupo de misioneros y una colonia de españoles se establecieron en las islas Filipinas -última etapa de la gran epopeya del siglo XVI-, hasta 1592, en que Clemente VIII escribe la Carta Apostólica que nos ocupa, dirigida al clero y pueblo de Filipinas, ha transcurrido algo más de un cuarto de siglo. En este corto espacio de tiempo la nueva cristiandad ha prosperado de un modo extraordinario, rayano con el milagro. Los misioneros llegan, después de un viaje de años, en ininterrumpidas expediciones de doce, veinte, cuarenta, sesenta y alguna vez hasta ochenta frailes. Cuatro órdenes religiosas han fundado ya no pocas casas y abundantes centros de evangelización. Algunas de esas casas, visto el crecido número de religiosos, han podido establecerse como provincia independiente. Existe el Obispado de Manila, y tres años más tarde el mismo Clemente VIII habrá de decretar la erección de tres diócesis sufragáneas. Los indígenas convertidos a la fe se acercaron a los 800.000. Un soplo de gracia parece acariciar a las islas.

En 1581 habían llegado los primeros jesuitas a Filipinas. Diez años más tarde, en 1591, el famoso Padre Alonso Sánchez regresaba a Europa, delegado por la naciente Iglesia y aun por los poderes públicos de las islas, para dar cuenta al Rey y al Papa de los progresos de la misión.

Fue entonces cuando Clemente VIII, enterado por el misionero jesuita de las maravillas que Dios obraba en aquel extremo del Pacífico, extendió la Bula que transcribimos en su integridad. El Papa da en ella gracias al Señor por los magníficos frutos cosechados, y alaba el celo apostólico de todas las personas civiles y eclesiásticas que han colaborado en la empresa. Encomia, en particular, las puras intenciones de Su Católica Majestad y de sus ministros, en la conquista espiritual del archipiélago. Sin su ayuda -confiesa el Papa- la Iglesia “no habría podido realizar tan fácilmente” esta rápida evangelización de Filipinas.

Bula de Clemente VIII “Excelsa divinae Potentiúe”, dirigida al Obispo de Manila y al clero y pueblo de Filipinas (140).

(140) El primer Obispo de Manila fue fray Domingo de Solazar, O. P. Consagrado en España en 1579, salió para su diócesis acompañado de veinte religiosos de su Orden. La enfermedad y la muerte harían, sin embargo, que sólo un compañero llegara con el prelado a su destino.