Madre Rafaela - 23Llegó el día en que le tuve que decir a mi madre que quería entrar en el convento, ella me dijo que no tenía salud para ser monja, además no quería hablar de ese tema, que se lo dijera a mi padre, yo recé muchísimo antes de decírselo a mi padre para que el Señor me ayudara a mí y mi padre me diera permiso para irme a vivir al convento. Por fin llegó el día de decírselo a papá. ¡Qué bueno era! Me dijo con mucho cariño, que si Jesús me llamaba él no podía decir que no. Que le dijera qué día quería entrar para acompañarme. ¡Uf…! Con un nudo en la garganta le dije que el día 15 de Mayo, y dejando a mi padre muy triste me fui de su cuarto, con lágrimas en los ojos porque me costaba mucho separarme de mis padres y hermanos a los que tanto quería.

YA EN EL CONVENTO

¡Qué alegría entregarme a Jesús para siempre! El 15 de Mayo me vestí muy elegante, con el mejor traje y todo lo mejor que tenía. Ahora todo me parecía poco, pues venía para preparar mi boda con Jesús. Cuando llegué al convento se abrió la puerta gigante que hay para entrar, abracé a mis padres y hermanos, todos lloraban. Me arrodillé delante de papá y le pedí la bendición, o sea, le pedí que con la señal de la cruz me deseara todas las gracias que necesitaba para ser muy feliz en mi nueva casa, el convento, con mis nuevas hermanas, las monjas. Después me levanté y sin mirar hacia atrás entré al Convento. ¿Sabes lo que repetía constantemente?: “Madre mía, tú los quieres más que yo”. Y diciéndole a la Virgen que cuidara de ellos comencé mi vida como Monja de Clausura.

Ahora piensa qué es lo que más te ha llamado la atención de todo lo que te he contado, y cuéntame algo bueno que hayas hecho en alguna ocasión, porque así Jesús se pondrá muy contento contigo.