Stefano Fontana

San Juan Pablo II - BendiciendoEn nuestro Informe resaltamos cómo hubo un momento en la historia de la Unión Europea en el que este esquema pudo ser puesto en discusión. Nos referimos a 1989 y a 1991, es decir, a la caída del comunismo en Europa del Este. Esto, como es bien sabido, fue interpretado como la necesidad de proceder hacia la unión política con el tratado de Maastricht (1992), pero también podía ser interpretado de otra manera, como pedía insistentemente Juan Pablo II.

La petición de incluir en la Constitución europea la referencia a Dios no era una petición integrista, sino que pretendía reconducir las reflexiones sobre Europa a sus fuentes auténticas para que pudiera encontrar de nuevo el propio camino. La Unión se alejaba de Europa y lo que Juan Pablo II quería, en cambio, era que el proceso de unificación estuviera al servicio de Europa, desde el Atlántico hasta los Urales. Para hacerlo, debía reconectarse con sus orígenes cristianos, pero el camino emprendido fue otro y las continuas intervenciones de Juan Pablo II fueron desatendidas.

La Unión Europea encontraba en la historia de Europa dos modelos sobre los que basarse: el modelo del imperio y el modelo del estado moderno.

El modelo del imperio era un sabio equilibrio sedimentado en la historia entre centro y periferia, entre reductio ad unum y coexistentia membrorum, entre identidad y pluralidad. Las naciones y los pueblos eran valorizados y, al mismo tiempo, unificados por la religión común y la función imperial. La época de los imperios terminó con la conclusión de la Primera Guerra Mundial y con ellos desapareció de Europa también la función pública de la religión.