Obra Cultural

Fageda.jpgLa segunda mitad del siglo XX ha visto el despertar de un interés arrollador por la postura del hombre ante la Naturaleza. Las expresiones medio ambiente, conservación, preservación, protección, ecología, contaminación, con otras de nuevo cuño o nuevo contenido, ha dado título y llenado millares de páginas de libros y artículos de carácter científico o político.

A partir de este aluvión literario se ha generalizado la opinión de que la actitud del hombre ante la Naturaleza no es correcta y, de hecho, en la legislación de muchos países han aparecido disposiciones encaminadas a regular las actividades humanas en cuanto inciden en la Naturaleza.

Para unos, las incorrecciones vienen de lejos y se recuerda que el hombre antiguo disponía ya de una herramienta poderosa de destrucción, el fuego, que utilizó profusamente. La cuenca del Mediterráneo, sede de antiquísimas culturas, sería el mejor ejemplo de esta acción del hombre, que parece justificar la conocida aseveración de Humboldt: la civilización conduce a la aridez.

El Conservadurismo sesgado

Para otros, la actitud del hombre ha dejado de ser correcta desde hace uno o dos siglos y sobre todo en los últimos treinta o cuarenta años, con la poderosa multiplicación de su capacidad de acción. Se insiste en que nuestros antepasados vivieron un equilibrio mucho más delicado con la Naturaleza, como ponen de relieve las ingeniosas prácticas que las civilizaciones primitivas idearon para conservar durante siglos la fertilidad de sus tierras de cultivo, o la protección otorgada a animales y plantas.

A la preocupación por la Naturaleza en sí misma, se suma después una corriente más claramente pragmática, cuya bandera; la escasez de recursos -la finitud del planeta- recoge una parte de las aspiraciones conservacionistas. También aquí actúan como detonante algunos libros y documentos que alcanzaron gran difusión.

El más conocido es uno de los informes del Club de Roma, LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO, publicado en 1972. Ante las diversas interpretaciones que sufrió, el propio Club de Roma lo califica años más tarde, en 1985, como una señal de alerta y rechaza que en él se propusiera concretamente el crecimiento cero, que es precisamente la lectura que algunos, particularmente ciertos organismos internacionales, se esforzaron en divulgar.

La falacia de un error

Para éstos, el informe pedía que se detuviese el crecimiento de la población humana e incluso la inversión de capital, aduciendo que el ritmo de crecimiento alcanzado durante el siglo XX, sobre todo tras la segunda guerra mundial, no sólo no podría sostenerse sino que daría lugar indefectiblemente al estancamiento económico.

La contestación a este informe, desde diversos ángulos científicos -UNIVERSIDAD DE SUSSEX, ALFRED SAUVY y de la opinión pública -THE ECONOMIST no se hizo esperar. La Conferencia Mundial de Población, Bucarest 1974, a iniciativa de los países del Tercer Mundo, vino además a presentar un punto de referencia olvidado en los últimos años: que el mayor recurso de un país es su población.

La ecología y la política

Las temáticas llamadas al retorno a la Naturaleza no tardaron mucho en crisparse y el inofensivo preservacionismo inicial acabó poniendo sobre la mesa de los organismos internacionales el pretendido dilema Desarro-Naturaleza. No mucho más tardó en ponerse de manifiesto el poder de agitación y radicalización que el ecologismo lleva consigo. La simpática defensa de las especies en peligro de extinción y los movimientos más o menos razonados en pro del control de la contaminación, dieron paso a la «lucha más radical y concreta que exigen los tiempos modernos, y de ahí los fines políticos y sociales».

De este modo, hoy el ecologismo, como escribe Rafael de los Rios, «se ha convertido en un cajón de sastre donde se cobijan no sólo los defensores de la Naturaleza, sino también grupos de feministas, libertarios, pacifistas, partidarios de la izquierda, sin que falten algunos trasvases del centro y de la derecha. Esta mescolanza de grupos ideológicos, con una conveniente dosis de utopía, produce la alternativa verde.

El ecologismo radical asocia inseparablemente la destrucción del medio ambiente a los sistemas capitalistas. La consecuencia es clara, es preciso cambiar, destruir tales sistemas.

Sin embargo, Marx y Engels estaban de acuerdo con la táctica capitalista de sojuzgar la Naturaleza para satisfacer las necesidades humanas, y compartían la actitud de los industriales y comerciantes contemporáneos y de los millares de emigrantes a nuevas tierras, que creían la frontera; las áreas inexploradas, como un obstáculo a superar y como una fuente de riqueza a transformar con su trabajo. En consecuencia, criticaban a los socialistas utópicos que proponían la retirada a una existencia bucólica en la Naturaleza.

El Ecologismo soviético

 El punto de vista oficial, según señala B.-Kamarov es que: «La crisis ecológica se ahonda constantemente en países capitalistas, mientras que en la URSS no hay signos de ella; y esto simplemente porque el socialismo por su misma esencia, ga­rantiza la armonía entre el hombre soviético y la Naturaleza.»

La realidad, en cambio, es muy distinta. Como señala J. Jones «aunque la industrialización en Rusia empezó tarde y en algunos puntos no ha ido tan lejos como en Occidente, la situación ecológica no es mejor, sino peor.»

Mientras que en los países occidentales se publican, casi incesantemente, estadísticas sobre sus problemas de contaminación, para la Unión Soviética tales datos constituyen información estratégica e inaccesible, por lo tanto, al público.

Es especialmente significativa la cuestión nuclear, uno de los puntos críticos del ecologismo. Kamarov señala que en Rusia la construcción de centrales nucleares es vista como la solución a los problemas energéticos.

Críticas parciales

Si los riesgos derivados del empleo de una central atómica son los mismos para una central construida en Pensylvania que para otra situada en los Urales, queda bastante clara la parcialidad política de los alegatos y manifestaciones ecologistas, que se producen sólo en Occidente. La parcialidad es tan palmaria que se ha pasado a dar razones, pretendidas razones, para propugnar medidas sin pararse a contemplar si los otros dan el mismo paso.

El momento actual

La consideración del medio natural, con sus potencialidades y limitaciones en el planteamiento de las acciones humanas es un factor positivo: es claro que las decisiones se toman teniendo en cuenta todos los factores que inciden sobre una cierta cuestión, ponderándolos y tratando de alcanzar así una solución integrada, serán mejores que si sólo se consideran los factores económicos, o sólo los biofísicos.

Este modo de pensar ha calado hondo en el mundo académico y está presente también en la fijación de objetivos de desarrollo, particularmente en los organismos internacionales. Y esto no se entiende como compromiso entre Desarrollo y Conservación, sino como una base racional y constructiva sobre la que se puede edificar.

Lo que descalifica al ecologismo -no a la ecología- son sus extremismos y sus compañeros de viaje: de un lado la deificación panteísta de la Naturaleza y de otro la identificación con opciones políticas radicales.

Ángel RAMOS
Catedrático de Planificación en la
Universidad Politéctica de Madrid

«SI ESTOY BAJO VUESTRA PROTECCIÓN NADA DEBO TEMER», dice S. Antonio de Padua. Tendrá siempre a María, QUIEN rece cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.