Jorge Soley Climent

Sagrada FamiliaLa llegada al poder de Jordi Pujol en 1980 supuso para este magma de “Cristianos por el nacionalismo” el inicio de una nueva etapa en la que se alinearon sin fisuras con la orientación que Pujol fue imponiendo, lentamente pero sin descanso, sobre la sociedad catalana. Fue Pujol quien regó con abundancia de honores y subvenciones a los clérigos nacionalistas, quien presionó hábilmente, escudándose en su catolicismo, para que éstos fuesen acaparando los puestos de mayor responsabilidad en la Iglesia, en lo que bien podríamos calificar como “neogalicanismo” a la catalana. Todo eran ventajas para quienes se alineaban con el poder nacionalista en Cataluña y colaboraban con sus planes para someter a la sociedad a su reingeniería social, y muchos clérigos -hay que reconocerlo- , aceptaron con agrado esta dinámica. A cambio, sólo se les exigía “hacer país”, un hallazgo semántico para designar la priorización de la “Catalanización” sobre la evangelización. El resultado previsible, el abandono de muchos fieles y el vaciamiento de las iglesias, no afectó mucho a la mayoría de sus responsables, que ya habían puesto a la nación en el centro de su corazón y que compensaban su fracaso en el plano religioso con el calor agradecido que el nacionalismo en el poder les suministraba en abundancia.