Padre Federico Highton

Padre Federico HightonSoñaba de niño con ser misionero y hoy lo es un recóndito rincón del Himalaya: nuevo Asalto al Cielo.

Los locos existen. El Padre Federico Highton, misionero en lo más recóndito e inaccesible del Himalaya, dedica su vida a anunciar allí a Jesucristo, movido únicamente por un ideal: su amor loco a Jesucristo y a aquellos que allí no conocen el amor de Dios y su salvación. Contará su impresionante testimonio en Asalto al Cielo el próximo 16 de junio.

Misionero de 36 años, argentino, perteneciente a la congregación “San Elías”, un pequeño instituto religioso que tiene por carisma anunciar la Buena Nueva en las más recónditas periferias, en aquellos pueblos remotos en los que no existe aún ningún católico, en zonas lejanas, remotas y difícilmente accesibles en donde jamás han oído hablar de Jesucristo Salvador. Realiza su misión en el Extremo Oriente, en el lado indio de la Meseta Tibetana, en el Norte de Sikkim, en el borde del Tíbet chino, Nepal y Bhutan.

Fascinado desde niño con ir a anunciar el Evangelio a tierras lejanas. Cuando a la edad de nueve años se preparaba para recibir su Primera Comunión, quedó deslumbrado por el ideal de anunciar el Evangelio en tierras lejanas, allí donde jamás se ha oído hablar de Jesucristo Salvador… Ese era y es el anhelo profundo que llena su vida y la colma de sentido.

Poco a poco fue creciendo, olvidando ese ideal misionero y orientando su vida lejos de aquel ideal. Muchos años más tarde aquel ideal renació en su alma con una vivísima fuerza sobrenatural. ¿Qué sucedió? ¿Cómo renació este ideal en su alma?

Estaba estudiando Derecho cuando se empezó a plantear qué iba a hacer de su vida. Se le presentaban diversas opciones, todas muy valiosas desde el punto de vista humano. Tenía una familia de profundas raíces cristianas, muchos y buenos amigos, una hermosa novia, jugaba al rugby, trabajaba, viajaba bastante, estudiaba algo que le gustaba. Tenía todo lo que se puede desear para ser feliz… pero en su interior latía una aspiración hacia algo mucho más alto, hacia un gran ideal de heroísmo. Pero desconocía el heroísmo al que Dios le invitaba.

Llamado al heroísmo misionero. Reflexionó mucho sobre ello hasta que descubrió con claridad cuál era el heroísmo que Dios había pensado para él desde toda la Eternidad: ¡la épica misionera! Quería vivir una existencia heroica para Dios y para bien de los demás.

Antes de discernir su vocación misionera, llevado de su ideal heroico, se alistó a los Bomberos Voluntarios. Lo rechazaron porque vivía muy lejos del cuartel. Poco tiempo después, pensó en casarse y formar una familia santa de muchísimos hijos. Quería tener 15 hijos. Se lo dijo a la que era su novia. ¡Y le dijo que sí!… Esa era una obra grande… Pero aquello seguía sin llenar su corazón: “Mi alma quería más… Algo más… Dios me sacudió y me convocó a santificarme en las lides apostólicas del esfuerzo misional”.

Desde muy joven soñaba con convertir al mundo pagano. Desde joven le horrorizaba la posibilidad de vivir una vida acomodada y para el mundo: “me agobiaba la sola idea de vivir una vida gris, mercantil o acomodada. No quería dedicarme a buscar las recompensas del mundo sino entregarme por entero a convertir al mundo “con la locura de la predicación”. Quería ser un instrumento de Dios para llevar su salvación allí donde no había llegado aún: “Si bien soy un pecador, mi sueño era, y es, ser instrumento de Dios en una epopeya evangelizadora en los dominios del mundo pagano”. Se sentía poderosamente atraído por Cristo y por su vida, en palabras del salmista, “siempre en peligro”.

Sabía que todo buen cristiano, tenga el oficio que tenga, coopera a la salvación de los demás y, al mismo tiempo, se daba cuenta de que el supremo heroísmo es dedicarse por entero a llevar al Paraíso, al Cielo, a los demás:

“Descubrí que el mayor servicio que le podemos hacer al prójimo es ayudarlo a conocer a Cristo para que vaya un día al Cielo y pueda gozar eternamente de la visión de Dios. Lo que más necesitan los demás, mucho más que ayudas materiales, corporales o sanitarias, es conocer y amar a Cristo para poder salvar eternamente sus almas y gozar para siempre de la inconmensurable felicidad del Cielo, donde los Ángeles todos se extasían de dicha al contemplar al buen Dios, cuyo amor no conoce límites”.

“¡Dios me llamaba al heroísmo misionero! El ideal es fascinante en extremo: ¡ser Misionero! ¡Y serlo para toda la vida!”. Entra en el Seminario. Allí van creciendo sus fervientes deseos de ir a la Misión. Fue enviado a estudiar a Roma y el 1 de diciembre de 2012 fue ordenado sacerdote.

Pide a sus Superiores ir como misionero a algún país donde jamás se halla anunciado a Cristo, para ir a ganarlos para la Iglesia y para Dios, y así conducirlos al Paraíso. “Pedí ir al Tíbet o a La Meca. Me enviaron a Taiwán (antaño llamada China Nacionalista) donde estuve casi dos años misionando y aprendiendo el chino mandarín. Me encontraba muy feliz en Taiwán, pero en la oración, desde el Sagrario y el Altar, Dios me invitó a ir lo más cerca posible del Tíbet a plantar la Cruz y proclamar bien en alto que no hay otro nombre bajo el cual podemos ser salvados que nuestro Señor Jesucristo”.

Anunciando a Jesucristo en el corazón mismo del Himalaya. Descubre el antiguo Reino Budista de Sikkim, convertido en 1975 en el vigésimo segundo Estado de la India, un enclave ignoto en el medio de la Cordillera del Himalaya, donde habita la tribu Rong y la tribu Buthia, a la vez que algunos Pariahs e Indio-nepalíes. Desde entonces, misiona en el Norte de Sikkim. Es el único sacerdote que vive en el distrito Norte de Sikkim.

“Estoy feliz de misionar en el Extremo Oriente pues la misión es esencialmente adoración a Dios y caridad apostólica para con los más pobres de los más pobres, los que aún están privados del conocimiento y de la gracia de Quien es “la Verdad, el Camino y la Vida”, nuestro Señor Jesucristo”.

Allí entrega su vida para librar a aquellos pueblos del paganismo idolátrico y supersticioso.

Llamado a los jóvenes. Con su testimonio, el Padre Federico invita particularmente a los jóvenes a desear ser grandes héroes en la conquista espiritual de los pueblos para Dios y para la Virgen. Les recuerda aquello que escribió el poeta Paul Claudel: “la juventud no está hecha para el placer, sino para el heroísmo”, invitándoles a no olvidar las palabras de Cristo: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). “No se olviden que un solo misionero puede ser instrumento de Dios para llevar millones de almas al Cielo. Pero, lamentablemente, hay muy pocos jóvenes que abracen la vocación misionera, la cual es una vocación a una aventura apasionante: la aventura de la salvación de las almas.”