Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Nacimiento del Niño Jesús y pastorContempla a María en compañía de José caminando hacia Belén. El César ha mandado que cada uno se empadrone en el lugar de su nacimiento. Y la Virgen que está a punto de dar a luz, con el corazón herido, acepta la Divina Voluntad y confía en el Señor. El viaje es largo, unos cinco días; y duro. Acompaña a la Virgen Hermosa, mírala abrigada con ropas pobres. San José no le quita el ojo de encima, contempla el rostro de su esposa toda pureza, toda modestia; va recogida en su belleza y hermosura celestial. Los ángeles acompañan y protegen a los padres del Rey y Señor del Cielo y Tierra. Cinco días de camino, llegan a la ciudad de David, Belén.
“Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
 Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al Cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado”.
Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho”. (Lucas 2, 6-20).
La Virgen María, con inmensa alegría, admiración respetuosa y amor encendido, arrulla a Jesús en sus brazos, lo estrecha contra su pecho, le adora con profundo respeto, le besa con cariño infinito, ¡Hijo mío y Dios mío! Exclama. Le envuelve en los pobres pañales que tenía preparado. Pobres pero limpios. Misterio profundo: Dios hecho un niño; la omnipotencia reducida a suma impotencia; el dueño de Cielos y Tierra sin cuna donde ser colocado ¡un establo es el palacio del Hijo de Dios! ¡un pesebre, el trono del Hijo de Dios! Allí concelebramos la Santa Misa el padre Turú y yo.
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Hace frío, pero Jesús no siente el frío de la noche; lo primero que ha visto sus ojos al abrirlos a la luz de este mundo, ha sido el rostro de su Madre tan pura, tan guapa, tan hermosa… Madre e Hijo no se hartan de contemplarse mutuamente. La mirada de la Virgen es consuelo y alegría para Jesús y la mirada de Jesús es aumento de alegría y santidad para María.
En el portal de Belén, Jesús reunió dos cosas que el mundo democratista tiene por irreconocibles: ¡pobreza y felicidad! Miremos la cueva ¡cuánta pobreza! Miremos a Jesús, María y José ¡cuánta felicidad! El desasimiento del corazón de todas las cosas de la tierra, esta es la gran asignaturas para alcanzar la felicidad. San Ignacio de Loyola dice: “Que el relajamiento de las órdenes religiosas vino por las riquezas”. Santa Clara decía a sus hijas: “Por amor del Santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado en un pesebre, y de su Santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles”. Hermanas religiosas, no seáis mundanas. La moda es un ídolo.
Compañera inseparable de la pobreza es la humildad. El Verbo divino, Dios omnipotente, reducido a la impotencia de un pobre Niño. ¡Qué difícil es la humildad! El anonadamiento, sobre todo cuando se tiene conciencia de las razones y del valer propio. Tenemos que aprender de Jesús a sacrificarlo todo por amor a quien primero se humilló por nosotros. ¡Qué felicidad hubiera sido estar presente en la cueva de Belén! Besar los pies del Niño recién nacido. ¡Si viviéramos nuestras comuniones, la Santa Misa, la visita al Santísimo! Nosotros recibimos a Dios, a Jesús sacramentado, cada vez que comulgamos. La Santísima Trinidad vive en nuestras almas.
Y los ángeles cantan ¡Gloria a Dios! Jesús viene al mundo a reparar la gloria de Dios oscurecida en nuestros días. Nosotros podemos reparar la gloria de Dios. San Juan de la Cruz decía que “Vale más un acto de amor a Dios que la creación entera” ¡Dios mío, te amo! ¡Jesús en tí confió! ¡Virgen Santísima, te quiero mucho! ¡Jesús hazme humilde como Tú!
Y los ángeles cantan: “Paz a los hombres de buena voluntad”. San Gregorio decía: “Ninguna cosa hay más rica, ni más amable, ni más pacífica que la buena voluntad”. Cuando nuestra voluntad se entrega generosa a la voluntad divina todo es paz, anchura de corazón, alegría. La Paz se pierde por el pecado mortal: “¿Quién jamás ha resistido a Dios y gozado de paz?” (Job 2, 4). También se pierde por nuestra falta de generosidad con Dios y con el prójimo. No nos engañemos. La paz no está en gozar las cosas desordenadamente. La paz está en Jesús, en Belén, en aquella pobre cueva con María y José.