Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús orando en el huerto con el PadreMateo 26, 36-56: “Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: “Sentaos aquí, mientras voy allá a orar”. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo”. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: “¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: “Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega”. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: “Al que yo bese, ese es: prendedlo”. Después se acercó a Jesús y le dijo: “¡Salve, Maestro!”. Y lo besó. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿a qué vienes?”. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?”. Entonces dijo Jesús a la gente: “¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas”. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”.

Serían de las 10 a las 12 de la noche cuando salió Jesús del Cenáculo, bajo el barranco el valle del Cedrón y salió de la ciudad por la puerta de la Fontana; tomó después la dirección norte. Los discípulos iban llenos de miedo, conturbados por las predicciones del Señor: le abandonarían, negación de Pedro… También aumentaba su tristeza al ver a su Maestro visiblemente triste. Llegaron a Getsemaní, que significa lugar de aceite, porque sin duda, había uno tallado en la roca en el que se molía la aceituna de los numerosos olivos allí cultivados.

Era el huerto de algunos de sus discípulos lugar en el que tenía costumbre de retirarse para pasar la noche. A la entrada del huerto dejó ocho de sus Apóstoles: “Sentaros aquí mientras yo voy más allá y hago oración”.

Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan. Los tres que habían admirado los resplandores de la Transfiguración del Señor en el Tabor. Aquella fue su preparación para que ahora no se escandalicen de los abatimientos de la Pasión. Y les hizo testigos de la más profunda de cuantas humillaciones había de sufrir ¡Cómo se esconde la divinidad! El Hijo de Dios mendigando el consuelo de sus Apóstoles, “Triste está mi alma hasta la muerte”.

Mateo 26, 38: “Permaneced aquí y orad conmigo”. Lucas 22, 40: “Orad para que no caigáis en tentación” “Y se retiró de ellos a la distancia de un tiro de piedra”. Antes de salir del Cenáculo, había tenido otra despedida más tierna y más costosa: la de su Madre. Jesús por mí… y yo, ¿qué hago por Él? Mateo 26, 39: “Y adelantándose un poco, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú”. ¡Misterio profundo! Todo un Dios hecho niño; hombre que pasa hambre y sed, que llora y que ahora ante la inminencia de la Pasión siente despertarse en Él la angustia que en todo corazón humano precede al sacrificio.

Luego volvió a donde quedaron los tres Apóstoles, Marcos 14, 37-38: “Vino y los encontró dormidos, y dijo a Pedro: Simón ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está pronto, más la carne es flaca”.

Pedro que poco antes se jactaba de ir con Cristo a la cárcel y hasta la muerte. ¡Orad!

Volvió a orar Jesús y volvió a encontrar a los discípulos dormidos. Dejándoles dormir vuelve a orar por tercera vez, Mateo 26, 45-46: “Luego vino a los discípulos y les dijo: “Dormir ya y descansar, que ya se acerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en mano de los pecadores (Levantaos, vamos; ya llega el que va a entregarme)”.

A Cristo hay que acudir para que aleje de nosotros el dolor, la tribulación pero añadiendo siempre: Pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Porque quizás sea mejor que venga el dolor y la tribulación para avanzar por el camino de la perfección y hacer méritos de vida eterna.

¡Velad y orad conmigo! Los apóstoles se durmieron ¡cuántas veces en nuestra vida espiritual las grandes caídas y traiciones se han producido por dejar la oración! La tristeza de Jesús era tan grande que, como Él mismo dijo, era suficiente para causarle la muerte. Lucas 22, 44: “Lleno de angustia, oraba con más insistencia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra”.

Jesús a Santa Margarita: “En el huerto fue donde sufrí interiormente más que en todo el resto de mi Pasión, viéndome, en total abandono del Cielo y de la tierra cargado de todos los pecados de los hombres. Comparecí ante la santidad de Dios, que sin mirar mi inocencia, me trituró en su furor, haciéndome apurar el cáliz que contenía toda la hiel y amargura de su justa indignación y como si hubiese olvidado el nombre de Padre para sacrificarme en su justa cólera. No hay criatura alguna que pueda comprender la inmensidad de los tormentos que entonces sufrí”. ¡Acércate a Jesús, consuélale!

¿Que sufrió? “cargó con nuestros pecados”.

Los evangelistas, para expresarlo multiplican las palabras: Lucas 22, 44: “Lleno de angustia”. Mateo 26, 38: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Mateo 26, 37: “Comenzó a entristecerse y angustiarse”. Marcos 14, 33: “Comenzó a sentir temor y angustia”. Miedo, temor natural a la muerte, lo sienten todos los hombres. También nos asaltará nosotros. Aceptarla. Asco, náuseas, tedio, angustia de verse Él, pureza infinita y santidad esencial, como anegado en las iniquidades y pecados de todo el mundo.

Isaías 53, 6: “Y se cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros”.

Los de Sodoma, Gomorra, Nínive, Babilonia, robos, asesinatos, perjurios, blasfemias, apostasías.

¡Mis pecados causaron los sufrimientos de Jesús! ¡Horror a toda mancha, amor a la pureza!

Isaías 53, 4: “Fue Él quien soporto nuestros sufrimientos y cargo con nuestros dolores”. Tristeza hondísima, desalientos íntimos, producido por la visión de la ingrata correspondencia de los más de sus Redimidos.

Jesús a Santa Margarita: “Lo que me es más sensible de todo cuanto sufrí en mi Pasión; es la ingrata correspondencia de los redimidos, de suerte tal, que si ellos me correspondieran con algo de amor, estimaría Yo en poco cuando he hecho por ellos y querría, si fuese posible, hacer aún más…” ¡Jesús, te amo!

Procuremos tomar parte en los sufrimientos de Jesús. Reparemos ¿Qué voy a hacer por Él? Los sufrimientos de su Madre Santísima también le hacían sufrir ¡La amaba tanto! Afirmarse en las resoluciones tomadas ¡Hágase tu voluntad!

Misericordia Divina a Santa Faustina: “Tus oraciones me consolaron en Getsemaní”.

Santa Teresa de Jesús nos dice: “Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del Huerto: qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella. (C, 26, 5). De sólo ver al Señor caído con aquel espantoso sudor en el Huerto, aquello le basta para no solo una hora si no muchos días, mirando con una sencilla vista quién es y cuán ingratos hemos sido a cargar pena. (6 M, 7, 11). Mirad que dice el buen Jesús en la oración del Huerto: “La carne es enferma”; y acuérdeseos de aquel tan admirable y lastimoso sudor. Pues si aquella carne divina y sin pecado, dice Su Majestad que es enferma, ¿cómo queremos la nuestra tan fuerte que no sienta la persecución que le puede venir a los trabajos? (CAD 3, 10).