Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (41)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Virgen del Carmen - ChileA las “ansias misioneras” de la Madre Patria hay que atribuir: el alumbramiento de veinte pueblos, dirá también Su Santidad al embajador chileno (244).

(244) Don Raúl Irarrazábal pertenece a la distinguida familia Irarrazábal y Audi a, oriunda de Deva (Guipúzcoa). Entre sus progenitores se cuentan don Carlos Irarrazábal, segundo Capitán General de Chile, don Fernando, don Diego y otros destacados varones que, durante la colonización española, desempeñaron importantes cargos de gobierno en: Nueva Extremadura.

“Como descendiente de alguien que, con los audaces conquistadores, holló entre los primeros la tierra chilena y fue, consiguientemente, testigo, no sólo de la epopeya que mereció ser cantada en estrofas inmortales, sino también de la pacífica conquista realizada por los soldados de la Cruz, vuestra excelencia sabe comprender perfectamente la parte predominante que jugaron las ansias misioneras de la Madre Patria en la formación espiritual de aquellos numerosos países de América que, como el noble pueblo chileno, se precian de haber recibido de ella la verdadera Religión y la lengua y cultura hispánicas”.

(Discurso al nuevo embajador extraordinario y plenipotenciario de Chile ante la Santa Sede, doctor Raúl Irarrazábal, 29-XII-1951.)

Y en un precioso discurso que el gran Papa pronunció al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador español, señor Ruiz Giménez, Su Santidad afirma sin rodeos que la religión y el espíritu misionero jugaron un papel de primer orden en aquel impulso al exterior que fue la conquista de América. Y ¿quién lo dudará un instante, por poco que advierta—como explica el Pontífice—que la verdad católica había hecho nacer en los pechos cristianos el deseo de acercarse a los pueblos que habían de existir al otro lado del mar desconocido, para llevarlos al conocimiento de Jesucristo? La doctrina católica, en efecto, enseñaba a aquellos cristianos convencidos que el Hijo de Dios había redimido a todos los hombres, pero que, de hecho, nadie se podía salvar sin la fe en su divina misión. De ahí el inmenso anhelo que invadió a multitud de navegantes y conquistadores de arriesgarlo todo a fin de poder atraer a nuestra santa fe a los hombres que habitaban al otro lado del Atlántico.

A esta verdad (la verdad católica), como justamente se ha observado, le debe ésa Nación (España) la trabazón misma de su temprana nacionalidad, la inspiración de sus grandes artistas, las elucubraciones de sus profundos pensadores, los vuelos altísimos de sus místicos incomparables y, hasta una buena parte de aquel impulso, que la llevó a romper con el límite de lo conocido para poder llevar aquella doctrina y aquella salvación a un Mundo Nuevo, que Vuestra Excelencia acaba de recorrer y donde habrá podido constatar que la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia” (246).

(246) El señor Ruiz Giménez, profesor de Derecho Internacional en la Universidad Central de Madrid, fue elegido Presidente Internacional de Pax Romana, y como tal visitó—poco antes de su nombramiento de Embajador— los principales centros universitarios de Europa y América.

(Discurso a don Joaquín Ruiz Giménez, nuevo embajador de España ante la Santa Sede, 12-XII-1948.)

Todos los discursos de Pío XII rezuman estima por el valor espiritual de la obra colonizadora de España; pero quizá donde aparece más patente el elevado concepto que se había formado el Pontífice del espíritu misionero de esa gesta es en el famoso radiomensaje que dirigió al archipiélago filipino en 1950, con ocasión del Congreso Mariano Nacional. Las palabras que Pío XII pronunció en aquella fecha, explanando la esencia de la obra realizada por España, son grandemente expresivas, y constituyen, a no dudarlo, la carta magna de la Hispanidad.

Ya hemos utilizado en nuestras citas el trascendental documento, y más adelante volveremos a sacar extractos. Ahora, contentémonos con citar un trozo que interesa concretamente a lo que vamos probando.

En este pasaje, lleno todo él de sentido, se afirman principalmente tres cosas: el valor estratégico misional de Filipinas católica frente al Asia pagana; el mérito inigualado de una conquista que supo enlazar en uno, el ideal misionero y el ideal colonizador; y la fecunda unión de la Iglesia y del Estado en la realización de este cometido, unión simbolizada en la Cruz de Cristo que remataba siempre los estandartes reales de los conquistadores.

“Vuestro pueblo, situado en un punto vital del globo terráqueo, representa en el sudeste asiático la única gran nación católica que, por su posición como barrera natural entre dos inmensos mares, zona de fricción de civilizaciones y de gentes, nudo vital de rutas y de corrientes, no puede menos de estar llamado a desempeñar un papel providencial en el teatro de la historia.

Por eso el ímpetu evangelizador y colonizador de la España misionera, uno de cuyos méritos fue el saber fundir en una ambas finalidades, no pudiéndose contener ni siquiera en las inmensidades del Nuevo Mundo, saltó aquellas cordilleras inaccesibles, se lanzó a las soledades del Pacífico y llegó de arribada a vuestras playas, enarbolando una Cruz sobre el pendón morado de Castilla; la primera misa en Butrian, el 30 de marzo de 1521; los primeros religiosos de la familia agustiniana, el 13 de febrero de 1565; y, en esta última expedición, aquél gran Legazpi, “el gobernador más celoso de la honra de Dios” (247).

(247) Miguel López de Legazpi (+ 1572) conquistó pacíficamente las Filipinas en 1565. En su expedición, que partió de Méjico, iban los cinco primeros misioneros de Oceanía.

Y aquel genial Urdaneta, primera planta de una generación apostólica, a cuya sombra se plasmó el alma nacional de vuestro pueblo”.

(Radiomensaje al Congreso Mariano Nación de Filipinas, 5-XII-1954.)

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Pasemos a analizar, siempre bajo la luz radiante de Pío XII, otro aspecto cautivador de la obra realizada en Indias: La sublime vocación misionera, de España, origen y fuente de todas sus realizaciones y aciertos en la extensión del Evangelio.