Catalanismo y tradición catalana (3)

Francisco Canals

Mons. Josep Torras i BagesLos complejos caracteres del momento cultural romántico en Cataluña no podrían ser explicados por una hipótesis exclusivamente extrinsecista. La problemática coherencia de sus rasgos aparentemente opuestos se pone de manifiesto si se remonta la consideración a momentos anteriores de la vida y de la cultura de Cataluña. Torras y Bages, enfrentándose con el desarraigo modernizante de algunos sectores del catalanismo, señalaba el peligro de construir ficticiamente “una Catalunya de paper”. Había que buscar las raíces remotas, las corrientes capaces de fecundar auténticamente el resurgir contemporáneo de la conciencia de Cataluña. Con un empeño análogo, aunque con diversa orientación, el padre Ignacio Casanovas consagró también gran parte de su tarea de historiador a la investigación de aquellas raíces.

La obra del padre Ignacio Casanovas señala un giro decisivo en la interpretación del renacimiento catalán. Era punto de vista tradicional entre los hombres del catalanismo la consideración del siglo XVIII como siglo de muerte cultural para Cataluña, producido por la acompasada uniformidad oficial, impuesta por el Decreto de Nueva Planta y la fundación de la Universidad de Cervera, subsiguiente a la supresión de los antiguos Estudios Generales catalanes. Reaccionando contra esta concepción que califica de rápida y simplista, Ignacio Casanovas reivindica el carácter espiritualmente catalán de Cervera: “Aquella universidad misteriosa, fulgurante y huidiza como la estrella que guió a los Reyes hacia la cuna del Redentor, es la que nos ha de llevar a nosotros hasta la cuna de la nueva cultura catalana. El siglo de muerte para nosotros es el siglo XVII, el siglo XVIII es de verdadera resurrección, y ha llevado tras de sí por la fuerza de las cosas todo lo que ahora tenemos”.

Para el insigne apologista e historiador buscar en la Edad Media la cultura madre de la Renaixença implica un salto misterioso que podría ser imaginado por un poeta, pero que no podría dar razón de las causas efectivas del resurgir de la cultura catalana. Remontando hacia arriba en nuestro árbol de familia en busca de los padres de quienes lo fueron de nuestro renacimiento hay que hallar el tronco y la raíz de la moderna cultura catalana en el siglo XVIII. La generación de Balmes, Aribau, Roca y Cornet, Milá y Fontanals, Rubió y Ors, Martí d’Aixela, Javier de Llorens, Bofarull y otros, que son los verdaderos iniciadores de la Renaixença es hija de la de Ramón Llàtzer de Dou, el último canciller de Cervera, Vega y Sentmenat, Capmany… y por medio de éstos hereda la cultura personificada en la gran figura de Finestres. El sentido humanista y crítico, el espíritu jurídico, la mentalidad antiguo-nova típica de la escuela filosófica cervariense, la renovación científica concretada en las instituciones creadas por la Junta de Comercio Barcelonesa, son los rasgos fundamentales de esta cultura catalana del siglo XVIII cuya herencia se centra en Barcelona después de trasladarse aquí la única Universidad de Cataluña.

Estos rasgos burgueses de una cultura que constituyó el mayor esfuerzo por integrarse en la Ilustración europea producido en el seno de una Universidad tradicional y eclesiástica definen una escuela -que fue la más ilustrada entre las tradicionales, y que fue también la más ortodoxa de las que se esforzaron por pertenecer a la corriente del siglo- y se prolongan a lo largo de una larga evolución, pero con entronque indudable en la cultura de la generación romántica catalana, la de mayor espíritu tradicional y sentido restaurador católico en la España nueva que trabajosamente se iba a formar en el reinado de Isabel II.

La tesis del padre Casanovas, expresada sobre todo en sus estudios sobre Finestres y Jaime Balmes, parece, pues, sólidamente probada en este punto. Podría, sin embargo, dejarnos perplejos en otra dimensión fundamental del problema. La afirmación de este arraigo en la cultura del siglo XVIII, en una resurrección cultural de signo humanista y “europeo”, parece llevarnos de nuevo a una posición extrinsecista; sobre todo si consideramos que la cultura catalana de aquel siglo muestra una innegable connaturalidad con los nuevos valores sociales y políticos implantados en España por el advenimiento de la dinastía de los Borbones.

Refiriéndose a los cervarienses de la última época, la del canciller Ramón Llàtzer de Dou, tiene que reconocer el padre Casanovas que “aquellos hombres, que amaban de corazón a Cataluña, tenían una gran reverencia por Felipe V y por todas sus disposiciones; todas las intromisiones regalistas de Carlos III, si no las defendían, las toleraban.

(VERBO)